El término conversión ha pasado a designar
propiamente una transformación radical, amplia, profunda y
permanente de una persona; una reestructuración de la vida moral en
torno a un nuevo núcleo. "Por eso muchas veces comienza por ser una
reorganización interna de los principios intelectuales que presiden
la vida moral y afectiva del individuo. La transformación ha de ser
amplia y profunda en el complejo de la actividad pensante y moral
del individuo, como lo fue en los que llamamos grandes convertidos:
San Pablo, San Agustín, Raimundo Lulio, etc.".
No tomamos en cuenta aquí las conversiones
superficiales, es decir, aquellas que no son permanentes y duraderas;
éstas en el fondo pueden llamarse falsas o menos auténticas.
1. Tipos de conversión
No todas las facultades del convertido se
convierten o transforman en el mismo momento o con la misma
profundidad; pero siempre repercuten en todo su ser. De ahí que
pueda establecerse una clasificación. De este modo tenemos:
1) Según el término en que desemboca la
conversión se habla de conversiones a la fe (en ellas es la
inteligencia la que primariamente se transforma con un nuevo
contenido intelectual), conversiones a la gracia (se trata del paso
a la gracia después de una vida de pecado; aquí es la voluntad y la
vida pasional o afectiva las que parecen principalmente
transformadas), y conversiones a la perfección (designando con esto
el trabajo serio por la santidad; en espiritualidad se habla en este
sentido de "segunda conversión").
2) Según el modo en que se producen, se pueden
distinguir las conversiones comunes u ordinarias (aquellas que se
realizan sin sobrepasar los límites de lo normal, de lo ordinario,
sin fenómenos extraordinarios), las conversiones extraordinarias (las
que se producen de modo misterioso, con predominio de influjos
extraordinarios de la gracia, y son a veces el comienzo de una vida
intensamente mística), las conversiones graduales y prolongadas (aquellas
en que todo el proceso toma su tiempo, como en el caso de Newman o
de Vernon Johnson), las conversiones fulgurantes o repentinas (como
la de San Pablo, Alfonso Ratisbona, Paul Claudel), y las
conversiones con luchas y contrastes (que parecen caracterizarse por
largas luchas interiores, como los casos de San Agustín, Libermann).
3) Por razón de la causa cabe distinguir entre
conversiones intelectuales-discursivas (en éstas predomina
psicológicamente el trabajo lento y discursivo de la inteligencia
como se ve, por ejemplo, en Newman –descrita en su Apologia pro vita
sua–, Manning –Por qué me convertí al catolicismo–; el trabajo
intelectual no es el único porque siempre la voluntad y afecto,
presupuesta la racionalidad de la fe, empujan y determinan en este
trabajo), conversiones intuitivas (en estas parece como si la luz se
hiciera en un momento de intuición, en el cual el convertido es
ilustrado repentinamente por Dios; así, por ejemplo, San Pablo
camino a Damasco –cf. He 9,1-9–, el judío Alfonso Ratisbona mientras
visitaba la iglesia de Sant’Andrea delle Fratre en Roma, etc.), y
las conversiones volitivas (aquellas en que el factor principal
parece ser la voluntad deliberada; éstas son más frecuentes en la
conversión a la vida de la gracia y en las conversiones a la
perfección).
2. El proceso psicológico
La conversión se caracteriza –psicológicamente
hablando– por un doble "sentimiento": una sensación de crisis y un
fuerte deseo de Dios.
Toda conversión comienza por una crisis o una
situación relacionada con alguna especie de sufrimiento (que puede
ser físico, moral o espiritual), es decir, con una dialéctica
interior. Junto a esto se da una convicción más o menos profunda y
al menos confusa de que sólo en Dios el alma puede encontrar
tranquilidad en esa lucha. Si sólo se da el aspecto de crisis, el
proceso no terminaría en conversión sino en desesperación y tal vez
en el suicidio.
Las formas más comunes de la crisis son tres:
1) Crisis moral: parte de la experiencia del
pecado, como conciencia de bancarrota moral y sentido de suciedad;
se caracteriza por el remordimiento causado por los pecados
cometidos, por el sentimiento de vacío interior y por el ansia de
paz interior. Muchas veces el alma se comporta inicialmente como
huyendo de esa mirada hacia su adentro. Un testimonio más que
elocuente es este texto de las Confesiones de San Agustín: "Narraba
estas cosas Ponticiano, y mientras él hablaba, tú, Señor, me
trastocabas a mí mismo, quitándome de mi espalda, adonde yo me había
puesto para no verme, y poniéndome delante de mi rostro para que
viese cuán feo era, cuán deforme y sucio, manchado y ulceroso.
Veíame y llenábame de horror, pero no tenía adónde huir de mí mismo.
Y si intentaba apartar la vista de mí, con la narración que me hacía
Ponticiano, de nuevo me ponías frente a mí y me arrojabas contra mis
ojos, para que descubriese mi iniquidad y la odiase. Bien la conocía,
pero la disimulaba, y reprimía, y olvidaba".
2) Crisis espiritual: se da más bien en la
segunda conversión o despegue hacia la santidad. Se caracteriza por
la conciencia de la mediocridad y superficialidad de vida. No es más
fácil que la conversión del pecado a la gracia; porque a este
converso le parece que se le pide todo y que abandone todo y no
entiende el verdadero sentido de la libertad. Es la crisis que no
pasó, por ejemplo, el joven rico del Evangelio.
3) Crisis física: tiene lugar por una catástrofe
inesperada tal como el enfrentarse a la muerte de un ser querido,
una enfermedad, un fracaso, o cualquier sufrimiento que obliga al
alma a plantearse el sentido de la vida, o la dirección de su vida.
René Bazin ha escrito en Etapas de mi vida: "Dios es el Pastor. El
dolor es su perro. A veces muerde con fuerza, pero es para su bien".
Cuando el dolor golpea a la puerta de un hombre "el alma se ve de
improviso obligada a mirar dentro de sí misma, a examinar las raíces
de su ser y escrutar en los abismos de su espíritu... La historia de
las conversiones de todos los tiempos está llena de documentos que
confirman el papel redentor que a menudo juega el dolor",. Así
Máximo Acri encontró a Dios en los campos de concentración,
Francesco Cornelutti lo hizo ante la vista de sus seres queridos
moribundos, el oficial de las S.S. alemanas Olvald Pohl, en la
cárcel de criminales de guerra antes de su ejecución.
Para introducir la crisis que lleva a una persona
a la conversión, Dios se sirve de medios sumamente diversos, no
atándose a ningún medio humano. A veces es el ejemplo de una persona
santa, cuya presencia y modo de ser golpea y acusa al converso (ejemplo
de esto tenemos en la conversión de Agostino Gemelli); otras veces,
es algo puramente fortuito, que los lleva a pensar sobre la vida y
el destino (como vemos, verbigracia, en la conversión del barón de
Eckersdorff).
Junto con esta crisis se da en la psicología del
convertido el deseo de purificación del pecado, de alcanzar la paz
del alma, o directamente deseo del mismo Dios. A veces toma la forma
de "que se es buscado por Alguien" y suele mezclarse con cierto
miedo a entregarse a ese Alguien por temor a ser totalmente "devorado"
o "absolutizado" por Él; hay sobre esto magníficas descripciones
como la de Francis Thompson en El Lebrel del Cielo o Miguel de
Unamuno en El Cristo de Velázquez.
Escribe Thompson (en la versión de Carlos Sáenz):
Le huía noche y día a través de los arcos de los
años, y le huía a porfía por entre los tortuosos aledaños de mi
alma...
He escalado esperanzas, me he hundido en el
abismo deleznable, para huir de los Pasos que me alcanzan:
persecución sin prisa, imperturbable, inminencia prevista y sin
contraste.
Los oigo resonar... y aún más fuerte una Voz que
me advierte: "Todo te deja, porque me dejaste".
Unamuno dice algo semejante:
...Y con amor furioso persigues a quien amas, y
si te huye le acosas con ahínco y acorralas sin dejarle vivir; de
sed se muere, y tiembla detenerse en los arroyos ante tus fieros
ojos en acecho de víctimas. Temblando a lo que anhela, cree sentir
tras las rocas resoplidos de tu resuello, y cuando, al fin,
rindiéndose, de ojos cerrados, tu zarpazo espera, parado el corazón,
de hielo el rostro, siente tu sangre que la sed le apaga, siente el
abrazo de la dulce muerte que le lleva a la vida a que escapaba, y
que es comerte ser por ti comido. ¡Rey del desierto, León de Judá!
3. Obstáculos para la conversión
Los obstáculos que más frecuentemente retrasan el
acto de fe y la conversión suelen ser de dos órdenes: intelectivos o
morales.
1) Obstáculos de orden intelectual. Propiamente
no se trata de obstáculos racionales sino de prejuicios de orden
filosófico e intelectual. La Iglesia no tiene miedo a la razón; al
contrario, mientras más rigurosa es la razón más abre camino para
una aceptación serena de la fe. La fe, lejos de suprimir la razón y
la libertad del espíritu, la refuerza maravillosamente. Es elocuente
a este respecto el diálogo entre la atea –luego conversa– Greta
Palmer y Mons. Fulton Sheen: "La segunda vez que se encontraron le
dice estas palabras: ‘No se preocupe de ponerme argumentos
racionales a favor del Catolicismo. Estoy ya dispuesta a admitir que
el entendimiento es un arma despuntada, incapaz de tener razón en
los argumentos que más me molestan. El hombre, en efecto, ha
comenzado a razonar desde el primer momento en que comenzó a existir
y ha terminado en Hiroshima. Hábleme de la fe, sólo de la fe;
independientemente del entendimiento’. Mons. Fulton Sheen le
responde: ‘No se puede menospreciar la razón. Este es el error
cometido por los seguidores de Hitler. Precisamente por esto hay
gente que cree que un hombre en Moscú, en Idaho, puede ser un Dios,
sólo por el hecho de que él afirma que lo es. Deje que le diga lo
que nosotros los católicos creemos y, si su razón lo rechaza, váyase
en paz, que yo la bendigo. Pero le ruego, como amigo, que no se
niegue a emplear el entendimiento’".
Armando Carlini, otro converso, decía: "Sólo el
hombre religioso, sólo el Filósofo cristiano está plenamente libre
en el pensamiento. Como la mayor parte de los convertidos, he
hallado en la Iglesia católica una libertad que ensancha el espíritu,
exactamente lo contrario de lo que temen muchos de aquellos que
están fuera de la llamada construcción dogmática de la Iglesia.
Jamás me he sentido limitado, encajonado, estorbado por el sistema
dogmático de la Iglesia".
Los obstáculos son, pues, prejuicios.
Especialmente tienen lugar en almas imbuidas de racionalismo,
panteísmo, materialismo, agnosticismo o escepticismo. Junto a la
profesión de estas doctrinas hay que señalar también otras causas,
como por ejemplo: la ignorancia religiosa, la falta de un mínimo
espíritu de reflexión, la deficiente preparación filosófica que
incapacita para pensar metafísicamente; la inadaptación mental en
sus formas de hipercrítica, escrupulosidad intelectual, etc. También
hay que añadir los defectos de un espíritu exclusivamente técnico o
defectuosamente especializado que intenta aplicar métodos apropiados
para unas ciencias (por ejemplo, matemáticas o fenomenológicas) al
campo filosófico o histórico.
Significativo es el testimonio de la ya citada
conversa Greta Palmer: "Leí libros mucho más precisos que los de
Chesterton. Leí también obras anticatólicas. Pero, examinadas
críticamente, éstas presentaban siempre puntos vulnerables. Las
razones del catolicismo presentadas por Santo Tomás no ofrecían, en
cambio, motivos de excusa. Mi conversión estuvo llena de repugnancia.
Llamé a todas las puertas para asegurarme de que tras ellas había
algo más que el vacío, antes de llegar a admitir que esta única
puerta estuviese de verdad abierta sobre los secretos del universo.
Descubrí que toda dificultad, toda duda que quedaba de mi ateísmo
había sido respetuosamente examinada y resuelta siglos antes de que
yo existiera. Vi que no existe hecho o hipótesis de la moderna
física y astronomía que no puedan ser confortablemente recibidos en
brazos de la Iglesia. Descubrí que, históricamente hablando, la
gente parece querer dejar la Iglesia porque está deseosa de cosas
prohibidas, pero no deseosa de verdades profundas".
2) Obstáculos morales. A pesar de cuanto pudiera
parecer los principales obstáculos para la conversión –incluso para
la conversión a la fe– no vienen del intelecto sino de la voluntad.
Entre estos hay que indicar, en primer lugar, el
orgullo. Manuel García Morente ha escrito: "Ante el problema de Dios
los filósofos modernos suelen sentir extraordinario pavor y tiemblan
literalmente cuando en el horizonte de sus meditaciones surge
majestuosa, pero indeseada para ellos, la imponente noción del ser
por sí, acaso porque en esta coyuntura la filosofía moderna no tiene
la conciencia muy limpia".
También hay que añadir el deseo de gloria humana,
como dice el mismo Jesús: ¿Cómo podéis creer vosotros que buscáis la
gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios?
(Jn 5,43-44). Asimismo la falta de docilidad a Dios y la sensualidad
que quiere seguir apegada a sus desordenes morales, etc.
4. El desenlace de la conversión
La conversión sincera trae para el convertido una
experiencia totalmente única que se manifiesta en forma de "descubrimientos";
en efecto, los convertidos –según sus propios testimonios–
experimentan uno o varios de estos efectos:
–El descubrimiento de la razón: muchos temen
inicialmente que "creer" signifique renunciar a la libertad de
espíritu y a la propia razón, pero terminan dándose cuenta de que la
fe, lejos de suprimir la razón y la libertad del espíritu, refuerza
uno y otra.
–El descubrimiento de nuevos horizontes: "Ha
pasado más de un año de mi conversión –escribía George Harrison– y
cada semana se abren nuevas puertas, se consiguen nuevas
experiencias, las raíces se profundizan". El general Pohl, antes de
su ejecución confesó que siempre había temido que el catolicismo
fuese la negación de su personalidad, pero después de aceptarlo en
la cárcel dejó escrito: "el catolicismo es, en su misma esencial, el
sí a todo el hombre, al hombre en la plenitud de su vida".
–El descubrimiento de una religión ideal: o sea,
de la verdad que satisface en plenitud la mente y el corazón.
–El descubrimiento de la libertad: el convertido
vuelve a sentirse dueño de sí mismo y al mirar hacia atrás comprende
que fue verdadera esclavitud la presunta libertad sin Dios, que
antes poseía. Mons. Knox escribió: "Había supuesto que el resultado
inmediato de mi sumisión a Roma sería la impresión de tener mi
libertad coartada de mil maneras... Estaba dispuesto a sufrir esto;
en cambio, ¡es curioso!, sucedió precisamente todo lo contrario: me
sentí, y me sigo sintiendo, invadido por una maravillosa sensación
de libertad, la magnífica libertad de los hijos de Dios".
–El descubrimiento de la luz, la vida y el
sentido: muchos convertidos descubren que la vida, las cosas y los
acontecimientos humanos adquieren un nuevo significado, y que viejos
problemas encuentran en el cristianismo soluciones sencillas pero
totalmente satisfactorias. Sobre su propio caso dijo Owen Francis
Dudley: "Me habían dicho que, si me hacía católico, mi mente se
vería cohibida y mi religión sofocada; que no podría volver a pensar
por mi propia cuenta. Pero he visto lo contrario: que la Iglesia
católica me coloca sobre una plataforma de verdad, desde la que
hasta una pobre mente como la mía, puede elevarse a alturas
inconmensurables. He hallado la verdad que libera al hombre. Me
habían dicho que en la Iglesia católica todo se estancaba o estaba
en decadencia. En cambio, he visto que la misma vida de Dios late en
todas las venas del Cuerpo Místico. Fue como salir de una pequeña
habitación cerrada, con las ventanas atrancadas, y hallarme, de
buenas a primeras, sobre la cima de un alto monte, en torno al cual
soplan todos los vientos del cielo. Aquí he hallado la vida".
–El descubrimiento del gozo: Chesterton al
convertirse afirmó: "Es demasiado hermoso para ser verdadero; pero
es verdadero". "El cristianismo –dijo por su cuenta Luis Santucci–
es capaz de sepultar con una palada de gozo un abismo de dolores".
Cuanto más largo y sembrado de dificultades esté el camino de la fe,
tanto mayor es la alegría que se experimenta cuando se ha llegado a
la meta.