A vosotros, Responsables de los intereses
supremos de la humanidad, Gobernantes, Diplomáticos, Representantes
de las Naciones, Políticos, Filósofos y Científicos, Publicistas,
Industriales, Sindicalistas, Militares, Artistas, todos cuantos
intervenís en los destinos de las relaciones entre los Pueblos,
entre los Estados, entre las Tribus, entre las Clases, entre las
Familias humanas,
A vosotros ciudadanos del mundo; a vosotros,
jóvenes de la generación que avanza; Estudiantes, Maestros,
Trabajadores, Hombres y Mujeres; a vosotros, que pensáis, que
esperáis, que desesperáis, que sufrís; a vosotros, Pobres, Huérfanos,
y víctimas del odio, del egoísmo y de la injusticia que sigue
predominando aún,
A todos vosotros osamos dirigir una vez más la
voz humilde y fuerte, en cuanto profeta de una palabra que está por
encima de nosotros y nos inunda; en cuanto abogado vuestro y no de
nuestros intereses, hermano de toda persona de buena voluntad,
samaritano que se acerca a todo el que llora y espera socorro;
siervo, como nos declaramos, de los siervos de Dios, de la verdad,
de la libertad, de la justicia, del desarrollo y de la esperanza,
para hablaros, también en este nuevo año 1973, de la Paz. ¡Sí, de la
Paz! No rehuséis escucharnos, por más que de este tema lo conocéis
todo, o creéis conocerlo.
Nuestro anuncio es tan sencillo como un axioma:
la paz es posible.
Todo un coro de voces nos envuelve, más aún, nos
acosa y nos sofoca: no sólo es posible, es real. La paz es algo ya
establecido, se nos responde. Llevamos todavía luto por las
innumerables víctimas de las guerras, que han ensangrentado, más que
los siglos pasados, este siglo [XX] ápice del progreso; se notan
todavía en el rostro de nuestra generación adulta los surcos de las
horribles cicatrices producidas por los últimos conflictos bélicos y
civiles; las últimas llagas, que han quedado abiertas, renuevan aun
en los miembros del pueblo nuevo el estremecimiento de terror, cada
vez que se presenta la acostumbrada hipótesis de una nueva guerra.
La cordura ha triunfado finalmente: las armas callan y se enmohecen
en los depósitos, como instrumentos inútiles de la locura superada;
instituciones insignes y universales garantizan a todos la
incolumnidad y la independencia; la vida internacional está
organizada a base de documentos, de los que en realidad ya no se
discute, y sobre instrumentos de acción inmediata en orden a
resolver con las tablas del derecho y de la justicia toda posible
controversia; el diálogo entre los pueblos es cotidiano y leal;
además, un tejido formidable de comunes intereses hace solidarios a
los pueblos entre sí. La paz es ya algo adquirido para la
civilización. No perturbéis la paz, se nos dice, poniéndola en duda.
Tenemos otras cuestiones nuevas y originales que tratar; la paz es
real, la paz es segura; esto queda ya fuera de discusión.
¿De veras? ¡Ojalá fuese así!
Pero la voz de estos sostenedores de la paz
victoriosa por encima de toda realidad contraria a ella, se va
haciendo más tímida e incierta y admite que realmente, y por
desgracia, existen aquí y allá situaciones dolorosas, donde la
guerra se enciende feroz. ¡Ah! Entonces no se trata de conflictos
sepultados en los anales de la historia, sino actuales; no son
episodios efímeros, porque se trata de conflictos que duran desde
años; no superficiales, porque repercuten profundamente en las filas
de los ejércitos, más que armados, y en las muchedumbres inermes de
las poblaciones civiles; de no fácil arreglo, porque todo el arte de
las negociaciones y de las mediaciones se ha demostrado impotente;
no inocuos al equilibrio general del mundo, porque están incubando
un creciente potencial de prestigio herido, de venganza implacable,
de desorden endémico y organizado; no son episodios sin importancia,
como si el tiempo fuese su remedio natural, porque su acción tóxica
penetra en los ánimos, corroe las ideologías humanitarias, se hace
contagiosa y se trasmite a las generaciones más jóvenes con un fatal
compromiso hereditario de revancha. La violencia se vuelve a poner
de moda y se reviste incluso de la coraza de la justicia. Se propaga
como una cosa normal, favorecida por todos los ingredientes de la
delincuencia alevosa y por todas las astucias de la vileza, del
chantaje, de la complicidad, y se perfila como un espectro
apocalíptico armado de medios inauditos de mortífera destrucción.
Renacen los egoísmos colectivos, familiares, sociales, tribales,
nacionales, raciales. El delito ya no causa horror. La crueldad se
hace fatal, como la cirugía de un odio declarado legítimo. El
genocidio se presenta como el monstruo posible del remedio radical.
Y detrás de estos horribles fantasmas se planifica gigantesca, con
cálculo insensible e infalible, la economía de los armamentos y de
los mercados que crean el hambre. La política vuelve entonces por
sus programas irrenunciables de poder.
¿Y la paz?
¡Ah, sí, la paz! Ella, se arguye, puede
sobrevivir igualmente y convivir, en cierta medida, aun en las
condiciones más desfavorables del mundo. En las trincheras de la
guerra, o en las pausas de la guerrilla, o en medio de las ruinas de
todo orden normal hay también ángulos y momentos de tranquilidad; la
paz se adapta enseguida y, a su modo, florece allí dentro. Pero,
¿podemos decir que este residuo de vitalidad sea verdadera paz,
ideal de la humanidad? ¿Es esta modesta y prodigiosa capacidad de
recuperación y de reacción; es este desesperado optimismo lo que
puede aplacar la suprema aspiración del hombre al orden y a la
plenitud de la justicia? ¿Llamaremos paz a sus falsificaciones? Ubi
solitudinem faciunt pacem appelant! (C. Tácito). O también, ¿daremos
a una tregua el nombre de paz? ¿A un simple armisticio? ¿O a una
prepotencia pasada ya a cosa juzgada? ¿A un orden externo fundado
sobre la violencia y el miedo? ¿O incluso a un equilibrio
transitorio de fuerzas contrastantes? ¿A un brazo de hierro en la
tensión inmóvil de potencias opuestas? Una hipocresía necesaria, de
la cual está llena la historia. Es verdad, muchas cosas pueden
prosperar pacíficamente incluso en situaciones precarias e injustas.
Hay que ser realistas, dicen los oportunistas: sólo ésta es la paz
posible: una transacción, una acomodación frágil y parcial. Los
hombres no serían capaces de una paz mejor.
Por tanto, a finales del siglo XX, ¿la humanidad
debería contentarse de una paz resultante de un equilibrismo
diplomático y de una cierta regulación de intereses antagonistas y
nada más?
Admitimos que una perfecta y estable
tranquillitas ordinis, es decir, una paz absoluta y definitiva entre
los hombres, y hasta con un progreso de nivel elevado y universal de
civilización, no puede ser más que un sueño, no falso pero sí
insatisfecho; un ideal no irreal, pero que hay que realizar; porque
todo es móvil en el curso de la historia y porque la perfección del
hombre no es ni unívoca ni invariable. Las pasiones humanas no se
apagan. El egoísmo es una raíz mala, que nunca se logra arrancar del
todo de la sicología del hombre. En la de los pueblos asume
comúnmente la forma y la fuerza de la razón de ser; hace de
filosofía ideal. He ahí pues, para nosotros la amenaza de una duda
que puede ser fatal: ¿es posible la paz? La duda se transforma
bastante fácilmente para algunos en certeza desastrosa: ¡la paz es
imposible!
Una nueva o más bien vieja antropología está
resucitando: el hombre está hecho para combatir al hombre: homo
homini lupus. La guerra es inevitable. ¿Cómo evitar la carrera de
los armamentos? Es una exigencia primaria de la política. Y además
una ley de la economía internacional.
Primero la espada, después el arado. Parece como
si esta conjunción prevaleciese sobre todas las demás, incluso para
algunos pueblos en vías de desarrollo, que se van encajando
fatigosamente en la civilización moderna y que se imponen
sacrificios enormes sobre el presupuesto indispensable para las
necesidades elementales de la vida, escatimando los alimentos, las
medicinas, la instrucción, las comunicaciones, la vivienda y hasta
la verdadera independencia económica y política, con tal de estar
armados, de infundir temor e imponerse a los propios vecinos, muchas
veces pensando más en ofrecer no ya amistad, ni colaboración, ni
bienestar común, sino un fiero aspecto en el arte de la afrenta y de
la guerra. La paz, muchos así lo piensan y afirman, es imposible, ya
sea como ideal, ya sea como realidad.
He aquí en cambio nuestro mensaje, el vuestro,
hombres de buena voluntad el mensaje de la humanidad universal: ¡la
paz es posible! ¡debe ser posible!
Sí, porque éste es el mensaje que nos viene de
los campos de las dos guerras mundiales y de otros conflictos
armados recientes, que han ensangrentado la tierra; es la voz
misteriosa y tremenda de los caídos y de las victimas de los
conflictos pasados; es el gemido lastimoso de las innumerables
tumbas de los cementerios militares y de los monumentos sagrados a
los soldados desconocidos: la paz, la paz, no la guerra. La paz es
la condición y la síntesis de la humana convivencia.
Sí, porque la paz ha vencido las ideologías, que
son contrarias a ella. La paz es, sobre todo, una actitud del
espíritu. Finalmente, ella ha penetrado como una necesidad lógica y
humana en las conciencias de tantas personas y especialmente de las
jóvenes generaciones: debe ser posible, dicen éstas, vivir sin odiar
y sin matar. Se impone una pedagogía nueva y universal, la pedagogía
nueva y universal, la pedagogía de la paz.
Sí, porque la madurez de la conciencia civil ha
formulado este obvio propósito: en vez de confiar la solución de las
contiendas humanas al irracional y bárbaro duelo de la fuerza ciega
y homicida de las armas, fundaremos instituciones nuevas, donde la
palabra, la justicia, el derecho se expresen y hagan ley, severa y
pacífica, en las relaciones internacionales. Estas instituciones, la
primera entre ellas, Organización de las Naciones Unidas, han sido
ya fundadas; un humanismo nuevo las sostiene y las honra; un empeño
solemne hace solidarios a los miembros que se adhieren a ellas; una
esperanza positiva y universal las reconoce como instrumentos de
orden internacional, de solidaridad y de fraternidad entre los
pueblos. La paz encuentra en ellas la propia sede e el propio
taller.
Sí, repetimos, la paz es posible porque en estas
instituciones encuentra de nuevo sus características fundamentales,
que una errónea concepción de la paz hace olvidar fácilmente: la paz
debe ser racional, no pasional; magnánimo, no egoísta; la paz debe
ser no inerte y pasiva, sino dinámica, activa y progresiva a medida
que justas exigencias de los declarados y ecuánimes derechos del
hombre reclamen de ella nuevas y mejores expresiones; la paz no debe
ser débil, inútil, y servil, sino fuerte, tanto por las razones
morales que la justifican como por el consentimiento compacto de las
naciones que la deben sostener. Este punto es sumamente importante y
delicado: si estos organismos modernos, de los que la paz debe
obtener apoyo y tutela, no se revelaran idóneos para su propia
función, ¿cuál sería la suerte del mundo? Su ineficiencia podría
originar una desilusión fatal en la conciencia de la humanidad: la
paz saldría derrotada, y con ella el progreso de la civilización.
Nuestra esperanza, nuestra convicción de que la paz es posible,
quedaría sofocada primero por la duda, más tarde por la irrisión y
el escepticismo, y al fin -¡que fin!- por la negación. ¡Repugna
pensar en semejante ruina! Es necesario, por el contrario, volver a
plantear la afirmación fundamental sobre la posibilidad de la paz en
estas dos afirmaciones complementarias:
- la paz es posible, si verdaderamente se la
quiere;
- y si la paz es posible, es un deber.
¡Hombres valientes y conscientes que con vuestra
colaboración tenéis el poder y el deber de construir y de defender
la paz! ¡Vosotros especialmente, guías y maestros de los pueblos! Si
el eco de este cordial mensaje llega a vuestros oídos, que baje
también a vuestros corazones y fortalezca vuestras conciencias con
la renovada certeza de la posibilidad de la paz. Tened la sabiduría
de fijar vuestra atención en esta paradójica certeza, empeñad en
ella vuestras energías, dadle, a pesar de todo, vuestra confianza;
con vuestro poder persuasivo haced de ella tema para la opinión
pública, no para debilitar los ánimos de la generación joven, sino
para corroborarlos hacia sentimientos más humanos y viriles; fundad,
construid en la verdad, en la justicia, en la caridad y en la
libertad la paz para los siglos venideros, empezando desde el año
1973 a reivindicarla como posible, ¡saludándola como real! Este era
el programa que trazaba nuestro predecesor Juan XXIII en su
Encíclica Pacem in terris, de la que se cumplirán los diez años en
abril de 1973: y como hace diez años recibisteis con gratitud su voz
paterna, igualmente confiamos que el recuerdo de aquella gran llama,
que él encendió en el mundo, estimule los corazones a nuevos y más
decididos propósitos de paz.
Estamos con vosotros
Y a vosotros, Hermanos e Hijos en la comunión
católica y a cuantos nos están unidos en la fe cristiana, repetimos
la invitación a la reflexión sobre la posibilidad de la paz,
indicándoos los senderos a lo largo de los cuales esta reflexión
puede profundizar todavía más; son los senderos de un realístico
conocimiento de la antropología humana, en la cual los motivos
misteriosos del mal y del bien en la historia y en el corazón del
hombre nos descubren por qué la paz es un problema siempre abierto,
siempre amenazado por soluciones pesimistas y a la vez siempre
sostenido no sólo por el deber, sino también por la esperanza de
soluciones felices. Nosotros creemos en un gobierno frecuentemente
indescifrable, pero real, de una bondad infinita que llamamos
Providencia y que domina la suerte de la humanidad; conocemos las
singulares pero extraordinarias reversibilidades de todo
acontecimiento humano en una historia de salvación (cf. Rm 8,28);
llevamos esculpida en la memoria la séptima bienaventuranza del
sermón de la montaña: "Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9); nosotros
escuchamos absortos en una esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5),
el enuncio navideño de paz a los hombres de buena voluntad (cf. Lc
2, 14); tenemos continuamente la paz en los labios y en el corazón
como don, saludo y asupicio bíblico, proveniente del espíritu, por
que nosotros poseemos la fuente secreta e inagotable de la paz, que
es "Cristo nuestra paz" (Ef 2, 14), y si la paz es posible en Cristo
y por Cristo, ella es posible entre los hombres y para los hombres.
No dejemos que decaiga la idea de la paz, ni la
esperanza, ni la aspiración, ni la experiencia de la paz; sino que
renovemos siempre en los corazones el deseo de ella en todos los
niveles: en el cenáculo secreto de las conciencias, en la
convivencia familiar, en la dialéctica de los contrastes sociales,
en las relaciones entre las clases y las naciones, en el apoyo a las
iniciativas y a las instituciones internacionales que tienen la paz
por bandera. Hagamos posible la paz, predicando la amistad y
practicando el amor al prójimo, la justicia y el perdón cristiano;
abrámosle las puertas, donde haya sido excluida, con negociaciones
leales y ordenadas a sinceras conclusiones positivas; no rehusemos
cualquier clase de sacrificio que, sin ofender la dignidad de quien
se vuelve generoso, haga la paz más rápida, cordial y duradera.
A los reveses y desengaños trágicos que parecen
constituir la despiadada realidad de la historia de nuestros días, a
las seducciones de la fuerza agresiva, a la violencia ciega que
descarga contra los inocentes, a las insidias escondidas y que se
mueven para especular sobre los grandes negocios de la guerra y para
oprimir y subyugar las gentes más débiles; y, finalmente, a la
angustiosa pregunta que nos asalta continuamente: ¿será posible la
paz entre los hombres?, ¿una paz verdadera?, hagamos surgir de
nuestro corazón, lleno de fe y fuerte en el amor, la sencilla y
victoriosa respuesta: ¡Sí! Una respuesta que nos impulsa a ser
promotores de paz con sacrificio, con sincero y perseverante amor
por la humanidad.
[Mensaje de S.S. Pablo VI por la Jornada Mundial
de la paz de 1973].