Muchos, al oír hablar de perseverancia, piensan
inmediatamente en la machaconería, en repetir fórmulas y palabras;
nunca en esa oración más profunda de encuentro silencioso,
iluminador, con la verdad de Dios que nos revela nuestra propia
verdad y nos esclarece la situación humana. Es ésta la oración que
es indispensable y necesaria, porque es el clima en que nace y
madura la fe y la vida.
La oración fortalece la esperanza cristiana, que
no podemos confundir con la simple espera de algo que quizá se
realice. La esperanza cristiana consiste en la certeza de conseguir
algún día en plenitud y para siempre, lo añorado en lo más íntimo y
verdadero de nuestro corazón, a pesar de todas las situaciones y
contradicciones que hagan difícil mantener esta actitud. Una
esperanza que respeta el "tiempo de Dios", pero que lleva a trabajar
para adelantarlo.
Si la oración es la forma habitual de alimentar
nuestra comunión con Dios y con los hombres, dejar de orar es
exponernos a su lejanía, dejar de tener el "sentido de Dios" en los
acontecimientos. Si la oración es tan importante para el hombre, ¿nos
extrañaremos de la ausencia de Dios y de la radical injusticia en
una sociedad que no reza? (...).
Orar hoy y siempre.-¿Puede uno imaginarse un hijo
y un padre sin hablar nunca entre sí? ¿Y unos enamorados que no
hablasen o lo hiciesen sólo de vez en cuando? ¿Y unos amigos sumidos
en un mutismo diario? Serían ciertamente especímenes rarísimos; muy
poco humanos.
Precisamente uno de los dones que el hombre
aprecia más, porque le permite relacionarse directamente con los
demás, es el de la palabra. A través de la palabra el hombre puede
decir al otro su amor o su odio, su respeto o su desdén, su
confianza o su inquietud, su admiración o su desprecio. Es
inimaginable un hombre que no hable con aquél que, de un modo u otro,
ame.
Y sin embargo, en el cristianismo tenemos que
esforzarnos por convencernos de la necesidad de la oración cuando la
oración es sólo y únicamente hablar con Dios, con ese Dios al que
decimos amar y seguir.
Orar para el cristiano debería ser tan natural
como lo es hablar para el hombre; porque debería ser natural la
necesidad de ponerse en contacto con Dios para decirle que le amamos
y que le necesitamos. Ciertamente que, tal como se indica en la
homilía, el hombre debe hacer un esfuerzo para hablar con Dios al no
encontrar, inmediatamente, la relación directa que encuentra aquí
con "el otro" a quien se dirige. Pero no es menos cierto que si
tenemos una fe viva y operante crecerá la exigencia de acudir al
Señor, y aun ejercitándose en un monólogo aparentemente sin
respuesta, poner cerca de El todas las inquietudes de nuestra vida.
Jesús insiste cerca de sus apóstoles en la
necesidad de orar. Por algo será. Y hasta se toma el trabajo de
enseñarles cómo hay que hacerlo y qué es lo que hay que decir cuando
se dirijan al Padre.
En momentos especialmente dolorosos y peligrosos
para El y los suyos les prevendrá de su posible deserción
advirtiéndoles que oren para no caer en la tentación (/Mt/26/41
/Mc/14/38 /Lc/22/40/46).
¡Y es tan fácil caer en la tentación! No
precisamente en una tentación, pudiéramos decir extraordinaria, como
la que vivían los apóstoles en el momento en el que Jesús les
formuló la advertencia que comentamos, sino en la tentación diaria
de la indiferencia, de la abulia, de la vida acomodaticia y fácil,
tan sencillamente de encontrar en el mundo que nos toca vivir.
Jesús quiere que oremos por encima de cualquier
sensación de fracaso en la oración. Quiere que oremos con la
insistencia con la que, en la vida, se pide justicia, por ejemplo.
Es decir, con la insistencia que acometemos lo que de verdad nos
interesa en la tierra. La mujer viuda, indefensa por consiguiente,
consiguió del juez que le atendiera y no porque se sintiera
inclinado a hacerlo sino porque le venció la insistencia tenaz de la
mujer.
Y es que en las cosas humanas actuamos tenazmente.
Con insistencia solicitamos justicia o reparación. Con insistencia
perseguimos el negocio y hablamos con quien sea necesario y cuantas
veces haga falta para llegar hasta aquél que puede echarnos "una
mano" en la empresa que acometemos, con insistencia hablamos con el
médico que pensamos puede curarnos, con la persona que creemos que
puede querernos. Pues con esta insistencia quiere Jesús que oremos,
es decir, que nos dirijamos a Dios para pedirle o simplemente para
decirle que lo amamos.
No sé si en la actualidad hay crisis de oración.
Es posible que este hombre nuestro tan lleno de ruidos, de prisa, de
orgullo, de competitividad, de grandes logros y de no menos grandes
y ruidosos fracasos, se haya olvidado de que ahí, cerca de él y aun
en la intimidad de su ser, Dios está esperando que le dedique unos
minutos de su preciosa vida para decirle con absoluta sencillez lo
que piensa, lo que teme, lo que desea, lo que padece y lo que goza.
Porque eso es orar.
Hoy -y ayer y mañana- la oración es
imprescindible en la vida del creyente. es necesario orar y orar sin
solución de continuidad.
Pero la oración no se agota en la fórmula
recitada o en las expresiones verbales: "No todo el que dice Señor,
Señor..." Las palabras, por bien que suenen y por bien que estén
trenzadas, son sólo palabras, son nada si no van refrendadas por la
vida. Para que la oración, que recitan nuestros labios o se le
escapa a nuestro corazón, sea auténtica tiene que ser la expresión
oral o mental de nuestra manera real de ser cristianos.
Y esa manera real de ser, que se expresa en
nuestra petición, es una existencia en dependencia de Dios. Sólo
cuando el hombre, vencidas todas las autosuficiencias, se siente
existencial y realmente pendiente de Dios, sólo entonces está en
condiciones de poder exteriorizar honestamente su propia realidad,
su necesidad de Dios, aceptar nuestra dependencia respecto a Dios;
pero, al mismo tiempo, orar es aceptarnos a nosotros mismo,
reconocer -y hacer- todo cuanto podemos realizar con la gracia de
Dios. Por eso, rezamos en la medida que nos esforzamos en secundar
la voluntad de Dios y en pedirle justicia.
No es casual que Jesús "para explicar a sus
discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse", les
proponga la parábola de la viuda que clamaba justicia. Ni es casual
que Jesús saque esta conclusión: "Pues Dios ¿no hará justicia a sus
elegidos que le gritan día y noche?".
Hay que rezar, es decir, hay que manifestarle a
Dios que queremos justicia. Y hay que rezar sin interrupción. Pero
la oración no consiste en decir de palabra que queremos, sino en
decirlo cuando realmente queremos, buscamos y hacemos justicia.
¿Qué sentido tendría expresar un deseo... que no
deseamos? La oración es necesaria. La mentira no. Ahora bien, ¿podemos
pedir de verdad a Dios justicia y piedad y misericordia y perdón, si
somos injustos, despiadados, inmisericordes, vengativos?
El problema decisivo que está en peligro no es
propiamente el problema de la oración, sino el problema de la fe.
Esto quiere decir lo siguiente: no es que hay que hacer oración para
mantener la fe, como si la fe dependiera de la oración. En esto
corremos el peligro de engañarnos muchas veces: al pensar así se
identifica la fe como una serie de estados de alma, de experiencias
internas. Es la oración la que depende de la fe, la intensidad de la
oración depende de la vivacidad de la fe, la oración, en una palabra,
es una exigencia de la propia fe. No se trata de un problema de
oración sino de un problema de vida. Amar al otro es el único camino
posible para encontrar en la oración al otro.
A nadie se le oculta la importancia capital que
todo esto tiene para adquirir una verdadera educación en la vida de
oración.
Educar finamente nuestro mundo de relaciones
personales, de tal manera que se intente superar la relación "objetivante"
de los otros, para pasar a una verdadera relación personal, es
camino indispensable para tener un verdadero encuentro con Dios en
la oración.
En la vida no es raro encontrarnos con hombres
que quizás nunca han aprendido a tratar a los demás como personas;
los tratan más bien como cosas; porque en el fondo nunca han
respetado profundamente la inviolable libertad del otro ni se han
entregado a él en la confianza. Tales hombres tratarán a Dios
también como cosa; lo que es tanto como decir que para ellos la
verdadera oración cristiana es sencillamente imposible.
Descubrir de verdad al otro, y a Dios en el otro,
esta es la tarea fundamental de todo aprendizaje de la verdadera
oración.
·Agustín-SAN dice que si Dios no escucha nuestra
oración es: quia malum, quia mala, quia male:
-porque somos malos, o
-porque pedimos cosas malas. o
-porque las pedimos de mala manera.
Un cristiano es un testigo de la propia debilidad
y del poder de Dios que se manifiesta en la resurrección de Jesús.
Quien no tenga esta experiencia, está abocado al fariseísmo o al
paganismo. O se engríe en las propias obras -siempre las hay-
olvidando la conversión del corazón, o se instala en ese
agnosticismo tan de moda, valorando virtudes humanas y arrinconando
la acción de Dios que perdona, anima y fortalece.
Desde esa experiencia de debilidad -experiencia
común- el hombre levanta cada día sus ojos a los montes en busca de
ayuda: ¿De dónde me vendrá el auxilio? ¿Del talento? ¿De la
psicología? ¿Del dinero? ¿Del cambio de estructuras sociales? ¿Del
amigo prepotente? ¿De la comunidad? ¿De la experiencia? ¿De los
libros de teología o de moral?... Y el creyente proclama: "El
auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra; no
permitirá que resbale tu pie".
Orar. No una vez, ni dos, ni tres. Orar
continuamente. Con tiempos fuertes de exclusiva oración, pero
también con un estilo de hablar, de actuar y de luchar, propio de
quien lo hace con temor y temblor por la propia debilidad, y al
mismo tiempo con seguridad y alegría de la fe en que el Señor lleva
las riendas. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará en la
tierra este hombre de fe, o encontrará un hombre secularista que
piensa que, si Dios existe, está más allá de las estrellas? Porque
sólo a un Dios que hemos conocido cercano en Jesús, se puede pedir,
agradecer, alabar y bendecir.
De un tiempo a esta parte, los grupos de oración
se están multiplicando prodigiosamente, lo mismo que los libros que
se escriben sobre la oración. Y son cada vez más las personas que se
retiran los largos fines de semana a orar en los silencios de los
monasterios. No cabe duda que la oración está cobrando un auge
extraordinario.
Claro que también hay mucha gente que pasa de la
oración, que se ha olvidado totalmente de dialogar con Dios, porque
ni lo necesita ni lo estima importante ni se le pasa por la cabeza.
Sin embargo una de las más permanentes recomendaciones y exigencias
del Evangelio es el dedicarse a la oración confiada, escondida,
interior, sin desanimarse, perseverante en todo momento. En esto
Jesús es un ejemplo espléndido. Su oración permanente, en cualquier
circunstancia, de variado contenido, tanto de petición como de
acción de gracias, tanto por Él como por sus seguidores, tanto en el
momento de la alegría como en el tiempo de la soledad y de la
tristeza, ha de servir a todos de estímulo, orientación y pauta a
seguir.
Pero la oración tiene que nacer de la fe, de la
confianza absoluta en el Padre que ama y hará justicia a sus
elegidos. La fórmula que nos enseñó Jesús para dirigirnos al Padre y
que hemos aprendido de memoria desde pequeños tiene todos los
elementos de la oración perfecta. Pero quizás por el hecho de
haberla recitado tantas veces rutinariamente y sin la atención
suficiente no hemos descubierto en ella toda su riqueza. No estaría
mal dedicar hoy cinco minutos -exactamente, cinco minutos- a rezar
pausadamente, sin prisas, con atención y fervor una vez el
PADRENUESTRO.