Existen algunos sentimientos nocivos, que cuando
alguno de ellos está vivo en nosotros, somos incapaces de perdonar.
Es importante considerar unos de esos sentimientos. Necesitamos
descubrirlos en nosotros y aprender a eliminarlos de nuestra vida.
Pero, necesitamos ser honestos con ellos, es decir, reconocerlos,
declarar sobre ellos la verdad, sin disculparnos, sin defendernos,
sin fingir. Esto nos exige manifestarlos, lanzarlos fuera de
nosotros.
El gran problema es que esos sentimientos y
emociones, muchas veces, los mantenemos ocultos, no dejamos que se
curan, perjudicando así nuestro equilibrio y nuestra capacidad de
ser felices, de tener relaciones satisfactorias. Iniciaremos nuestra
reflexión sobre el sentimiento más nocivo, el rey de los malos
sentimientos, el odio, que si se enquista en nosotros, destruye y
nos destruye, pues “quien odia a su hermanos es un asesino” (1 Jn
3,15). Anestesiar el odio, por ejemplo, el dolor o la rabia que él
produce con drogas, alcohol, trabajo, etc, en vez de descargarnos y
aligerarnos de él nos va destruyendo poco a poco.
Era Tarde.
Dos novios platicaban dentro del coche, Fernando
inquieto y preocupado tomó la palabra: "Sabes, mi amor, le dijo a
Mónica, conviene que antes de formar nuestro matrimonio platiquemos
sobre nuestro pasado para que no sea motivo de pleitos y reclamos en
un futuro. Te pido que seas sincera, tú sabes que te amo y nada me
va hacer cambiar de opinión. Yo por mi cuenta seré franco". Ella no
dudó y con mucha confianza accedió a la petición de su prometido.
Hizo una profunda pausa y comenzó a hablar; "Primero quiero decirte
que no soy virgen. Antes de conocerte tuve algunas experiencias
sexuales con algunas personas”.
Ella guardó silencio. Él, en su decepción y
dolor, escondió la cabeza entre sus manos. "Créeme que lo hacía
porque necesitaba sentirme amada; sentir que a alguien le importaba!
¡No tengo mas pasado que esto y me da vergüenza! ¡Pero ahora que te
tengo a ti me siento amada, segura, protegida, apreciada! Tú me has
devuelto el valor y el sentido de las cosas. ¡ Te amo tanto que no
estoy dispuesta a renunciar a tu amor, a tus detalles, a tu
paciencia!
Conforme continuaba hablando, el pensamiento de
Fernando se perdía imaginando a su amada en brazos de otros. Su
corazón comenzó a hacerse más humano: a transformar sus sentimientos
en algo que no lo iba a dejar descansar jamás. ¡Cállate!,
interrumpió Fernando: "no quiero escuchar más". La despedida fue
fría. Su amor hacia ella comenzaba a transformarse. De regreso a
casa la cabeza del joven era toda una confusión.
Las palabras le martillaban el corazón, le
atormentaban, le causaban un dolor que con el tiempo se llegaría a
convertir en un odio profundo contra Mónica. Meses después, la vida
de Fernando se hundió; la paz de su corazón se disipó: ya nada tenía
sentido; la decepción había matado toda esperanza. El amor se había
convertido en enemigo del corazón. Para no volver a sufrir, su
corazón amargado y endurecido se prometió no volver a amar. Por más
que Fernando luchaba, por perdonar, su corazón permanecía frío, mudo,
inaccesible, odiando, protegiendo su orgullo herido. Al final su
corazón, enceguecido por el odio, ha sido incapaz de perdonar.
Estudios recientes han demostrado que las personas que guardan odios,
los somatizan llegando a sufrir enfermedades tan graves como el
cáncer.
Naturaleza del
odio:
el odio es una aversión hacia personas o cosas,
una cólera disfrazada que supura, una herida mal curada, un
resentimiento, un manantial de sentimientos de venganza, de rencor y
de todo mal. Odiar es sinónimo de destruir, de desear el mal, de
buscar para el otro la desgracia; es una pasión que consume a quien
lo profesa. Para odiar no se necesita aprendizaje, no se necesita
maestro; y se convierte en una ocupación de tiempo completo. Esta
aversión es generada comúnmente por el dolor, la impotencia, el
rencor resultante de la violencia, la injusticia, la ofensa, la
agresión, la mentira, etc. El odio es producto de resentimientos y
generalmente se define como el sentimiento contrario del amor. Si en
el amor se desea el bienestar para la persona amada, en el odio se
le desea toda clase de mal. La persona que odia manifiesta una
conducta hostil, agresiva y repulsiva.
El odio más grave es el odio a Dios: el deseo de
causarle daño, la disposición para frustrar su Voluntad, el gozo
diabólico en cometer el pecado por ser un insulto a Dios. Los
demonios y los condenados odian a Dios, pero, afortunadamente, no es
éste un sentimiento corriente entre los hombres, ya que es el peor
de todos los sentimientos y pecados. Del odio a Dios proceden la
blasfemia, las maldiciones, los sacrilegios, las persecuciones a la
Iglesia. El odio al prójimo reviste muchas formas. Una de ellas es
la antipatía. Para nuestra tranquilidad, ha que aclarar que el
sentimiento de antipatía natural que podamos sentir hacia una
persona no es pecado sino cuando es voluntaria. Lo que va en
detrimento de la caridad no es sentir antipatía, sino aceptarla y
manifestarlas externamente, haciendo acepción de personas o
mostrando rechazo e indiferencia.
Cómo se libera
del odio:
El odio es una de las perturbaciones mentales más
comunes y destructivas que puede acompañar nuestra vida casi todos
los días. Para solucionar el problema del odio, necesitamos: primero
identificarlo, luego, aplicar los métodos para apagar nuestro enfado
en la vida diaria y evitar que vuelva a surgir. Ordinariamente, es
necesario iniciar apagando el fuego con oración de perdón. No pensar
en la causa del enfado. Posteriormente liberarnos de la mente
destructiva, que en vez de benficiarnos nos va destruyendo
lentamente. Y para ello, no exagerar los defectos, creando la imagen
de una persona que no tiene sino faltas, pues esta imagen lleva a
perjudicarla, despreciándola. Necesitamos observar nuestra mente y
nuestro corazón permanentemente y con mucha atención para reconocer
el odio en cuanto empiece a surgir y detenerlo.
El círculo del
Odio y el del Amor:
Cuentan que un importante señor gritó al director
de su empresa, porque estaba enfadado en ese momento. El director
llegó a su casa y gritó a su esposa, acusándola de que estaba
gastando demasiado, porque había un abundante almuerzo en la mesa.
Su esposa gritó a la empleada porque rompió un plato. La empleada
dio una patada al perro porque la hizo tropezar. El perro salió
corriendo y mordió a una señora que pasaba por la acera, porque le
cerraba el paso. Esa señora fue al hospital para ponerse la vacuna y
que le curaran la herida, y gritó al joven médico, porque le dolió
la vacuna al ser aplicada.
El joven médico llegó a su casa y gritó a su
madre, porque la comida no era de su agrado. Su madre, tolerante y
un manantial de amor y perdón, acarició sus cabellos diciéndole: - "Hijo
querido, prometo que mañana haré tu comida favorita. Tú trabajas
mucho, estás cansado y precisas una buena noche de sueño. Voy a
cambiar las sábanas de tu cama por otras bien limpias y perfumadas,
para que puedas descansar en paz. Mañana te sentirás mejor". Bendijo
a su hijo y abandonó la habitación, dejándolo solo con sus
pensamientos. En ese momento, se interrumpió el círculo del odio,
porque chocó con la tolerancia, la dulzura, el perdón y el amor.
Si tú eres de los que ingresaron en un círculo de
odio, acuérdate que puedes romperlo con tolerancia, dulzura, perdón
y amor. No caigamos en el círculo del odio pensando que es imposible
encontrar amor: la manera más rápida de recibir amor es darlo, hay
más alegría en dar que en recibir. Perdemos el amor cuando lo
queremos para nosotros, es como el fuego que cuando lo extendemos
nos acaricia con su calor; el amor tiene alas y no hay que
encadenarlo. Es el don más preciado que Dios nos ha regalado, y que
nos da la oportunidad de regalar. Además, cuanto más se da más nos
queda porque se agranda nuestro corazón al amar, este es el secreto
del amor.
Aqui va la siguiente fábula:
Cuentan que en la historia del mundo hubo un día
terrible en que el Odio, rey de los malos sentimientos, defectos y
vicios, convocó a una reunión urgente con todos los sentimientos más
oscuros del mundo y los deseos más perversos del corazón humano.
Cuando estuvieron todos habló el rey Odio y dijo: "Les he reunido
porque deseo matar a alguien". Los asistentes no se extrañaron mucho
pues era el Odio el que estaba hablando y él siempre quiere matar a
alguien, sin embargo, todos se preguntaban quién sería tan difícil
de matar para que el Odio los necesitara a todos. "Quiero que matéis
al Amor", dijo. Muchos sonrieron malévolamente pues más de uno
quería destruirlo.
El primer voluntario fue el Mal Carácter, quien
dijo: "Les aseguro que en un año el Amor habrá muerto; provocaré tal
discordia y rabia que no lo soportarán". Pero no pudo: “lo intento
todo pero cada vez que sembraba una discordia, el Amor la superaba y
salía adelante". Se ofreció la Ambición haciendo alarde de su poder
y dijo: "Desviaré la atención del Amor hacia el deseo por la riqueza
y el poder". Y empezó su ataque: su víctima cayó herida y la adoró
en sus ídolos. Pero, después de luchar por salir adelante, el Amor
renunció a todo deseo desbordado de poder y triunfó de nuevo.
Se presentaron los Celos, que inventaron toda
clase de situaciones para despistar al amor y lastimarlo con dudas y
sospechas. Pero el Amor con valentía y fortaleza se impuso sobre
ellos, y los venció. Se presentaron la Frialdad, el Egoísmo, la
Indiferencia, la Enfermedad y muchos otros que fracasaron siempre,
porque cuando el Amor se sentía desfallecer tomaba de nuevo fuerza y
todo lo superaba. Convencido el Odio de que el Amor era invencible,
les dijo a los demás: "No podemos hacer nada más... El Amor ha
soportado todo, llevamos muchos años insistiendo y no hemos logrado
nada”. De pronto, de un rincón del salón se levantó alguien poco
reconocido, que dijo: "Yo mataré el Amor”. El Odio le dijo: "Vete y
hazlo". No había pasado mucho tiempo cuando el Odio llamó a todos
los malos sentimientos para comunicarles que, por fin, el Amor había
muerto. Todos estaban sorprendidos.
El sentimiento poco reconocido habló: "Ahí os
entrego al Amor muerto y destrozado", y sin decir más ya se iba. "Espera",
dijo el Odio, "en tan poco tiempo lo eliminaste por completo, lo
desesperaste y no hizo el menor esfuerzo para vivir. ¿Quién eres?"
El sentimiento levantó por primera vez su horrible rostro y dijo:
"soy la rutina", una raposa que todo lo extermina. En efecto, rutina
es monotonía, debilidad, falta de vigor, ausencia de amor. Es por
eso, que hay que cuidar los detalles, pues si estos faltan, la
rutina se va haciendo más fuerte dejando el paso a las pequeñas
raposas que destrozan el campo del amor. La dejadez, el abandono de
los detalles, produce el desmoronarse del amor. En los pequeños
detalles se libra la batalla del odio contra el amor.