Ciertos argumentos, que permiten profundizar en
los motivos racionales de la inmoralidad de la clonación, muestran
la continuidad ética entre la clonación reproductiva y la
terapéutica. Son argumentos unidos por una profunda
complementariedad, porque desarrollan diversos aspectos éticos
racionales derivados de la dignidad ontológica del embrión humano, y
están entre sí en íntima relación con el estatuto antropológico y
ético del embrión, que debe ser el punto de partida inicial en toda
esta problemática.
a) Insuprimible probabilidad del carácter humano de los embriones
obtenidos
La obtención de embriones humanos por clonación, tanto con fines de
reproducción como de terapia e investigación, implicaría la
destrucción de gran parte de ellos. Por ejemplo, para la oveja
"Dolly", fue necesario "desperdiciar" centenares de embriones. Más
aún, el elevado riesgo de transmisión de enfermedades o
malformaciones que implicaría esta técnica añade nuevas razones para
su prohibición ética. Esto vale especialmente por lo que atañe a la
clonación "terapéutica".
De este modo, resulta obvio que la obtención de
células madre embrionarias conlleva la producción (y sucesiva
destrucción) de un embrión, que muchos de esos investigadores ya no
insisten en definir como "un cúmulo de células", concepto elaborado
para eludir la cuestión antropológica, y en consecuencia ética, del
embrión. En efecto, reconocen que estas técnicas suponen la
producción de lo que denominan "early embryo", es decir, embrión en
fase inicial. Pero, entonces, se plantea una pregunta: ¿qué sería
ese embrión? ¿Cuál sería su estatuto ético y jurídico? Esa pregunta
remite a otra subyacente: ¿cuál es el estatuto de todo embrión
humano?
La afirmación según la cual al ser humano se le debe respetar y
tratar como persona desde el momento mismo de la concepción es
central para un correcto planteamiento del problema de la identidad
y del estatuto del embrión humano. "La formulación, en estos
términos, del deber ético fundamental con respecto al nascituro se
ha hecho sumamente necesaria con vistas a los problemas planteados
por el desarrollo biotecnológico".
La expresión "pre-embrión" se ha utilizado precisamente para evitar
la pregunta antropológica y ética fundamental sobre el estatuto del
embrión. "El problema es -se dice- que el embrión en su fase inicial
no goza de individualidad e identidad, ya que, al estar formado por
células totipotentes, en él no son aún identificables uno y varios
individuos humanos. Pero razonemos. El embrión (nos referimos al así
llamado "pre-embrión") es un ser. Con esta expresión -ser-
entendemos una realidad existente y viva que es susceptible de
desarrollo biológico propio, diferenciado y autónomo (tiene en sí
mismo la fuerza evolutiva) relativamente al medio adecuado y
necesario para su subsistencia y para "alimentar" ese desarrollo
propio y autónomo.
Además, y sobre todo, se desarrolla por sí mismo,
sin desempeñar ningún "papel" externo a su propio ser. Una célula no
es un ser individuo porque "funge" como parte de un conjunto, su
desarrollo forma parte del desarrollo del conjunto en el que está
insertada. En cambio, el embrión no forma parte de ningún conjunto,
no es fundamental para la vida (biológica) de la madre; si "producimos"
embriones en el laboratorio, estos, como tales, no tienen "utilidad"
-salvo que se los implante en un útero femenino para proseguir el
ciclo biológico que lleva al nacimiento, o que, con la misma
finalidad, se desarrolle toda la fase de gestación en el laboratorio-;
y eso es verdad hasta el punto de que con el tiempo, cuando no son
implantados, se los "descarta", "destruye" o, simplemente, se los "mata",
términos que, en este caso, son sinónimos".
En efecto, si la pregunta sobre el embrión es antropológica y
éticamente exacta, es preciso decir también que desde el punto de
vista ético se plantea una cuestión previa, muy importante para la
ética: ¿qué cosa no es?
En otras palabras, ¿podemos estar seguros de que el embrión así
engendrado no es humano? Desde el punto de vista moral, ya la
admisión de la probabilidad (insuprimible en el estado actual de los
estudios) de estar ante un ser humano, como producto de las técnicas
de clonación, tiene un peso decisivo. Es evidente que quien se
encuentra ante una sombra y duda si es un animal o un hombre, si le
dispara, se hace culpable de homicidio. Antes de disparar, tiene el
estricto deber moral de asegurarse de que no es un hombre. Este
principio ético se viola en esas prácticas, en las que la obtención
de células madre embrionarias humanas implicaría la creación y
destrucción de un embrión en las primeras fases de vida.
b) La dignidad del embrión humano
El resultado de una fecundación es un nuevo individuo biológico
unicelular totipotente, al que se le suele llamar cigoto. Hay que
reconocer que el resultado de la clonación efectuada es totalmente
análogo al que deriva de la fecundación. No hay ningún fundamento
para afirmar que, a pesar de las anomalías genéticas, la clonación
no produce un cigoto. Por consiguiente, se debe establecer una
estricta analogía entre fecundación y clonación. Es preciso decir,
además, que no hay ningún motivo racional para negar a los embriones
obtenidos por clonación los mismos derechos que tienen los obtenidos
por fecundación artificial y, por tanto, a fortiori, todos los demás
embriones engendrados en el proceso natural de fecundación humana. ¿Cuál
sería, por ejemplo, la diferencia esencial entre unos y otros,
teniendo en cuenta la totipotencialidad de las células que los
componen, que nadie pone en duda?
El desarrollo del embrión es la fase inicial del
individuo humano. El p. Angelo Serra analiza las tres propiedades
principales que caracterizan el proceso epigenético humano, el cual,
según C.H. Waddington, se puede definir como "la continua emergencia
de una forma de fases precedentes", es decir:
1) La coordinación. "El desarrollo embrional, desde la fusión de los
gametos o "singamia", hasta la aparición del disco embrional, a los
catorce días y más allá, es un proceso que manifiesta una secuencia
coordinada y la interacción de una actividad molecular y celular,
bajo el control del nuevo genoma". Esta propiedad requiere una
rigurosa unidad del sujeto que se está desarrollando. No es un
racimo de células, sino un individuo real.
2) La continuidad. La singamia inicia un nuevo ciclo de vida. "Todo
indica que hay una diferenciación ininterrumpida y progresiva de un
individuo humano bien determinado, según un plan único y
rigurosamente definido que comienza desde la fase de cigoto". Esta
propiedad de la continuidad implica y establece la unicidad o
singularidad del nuevo sujeto humano.
3) La gradualidad. La forma final debe alcanzarse gradualmente. Es
un desarrollo permanentemente orientado desde la fase de cigoto
hasta la forma final, a causa de una intrínseca ley epigenética.
Todo embrión humano mantiene su propia identidad, individualidad,
unidad. El embrión vivo, desde la fusión de los gametos, no es un
mero cúmulo de células disponibles, sino un individuo humano real en
desarrollo. Sí, es hijo desde aquel momento. El embrión es un
individuo humano. La introducción abusiva del término pre-embrión
fue una estrategia para tranquilizar la conciencia y permitir la
experimentación hasta el final de la fase de implantación, es decir,
en la especie humana, alrededor de catorce días después de la
fecundación. Así, se concluye cómodamente que el embrión no
existiría durante las primeras dos semanas que siguen a la
fertilización.
c) El embrión, incluso en la fase unicelular, tiene dignidad
humana
Así pues, el rechazo a reconocer condición humana al embrión
obtenido mediante clonación (tanto con finalidad reproductiva como
para extraer de él células madre embrionarias) en los primeros días
de su desarrollo, se sitúa en la discusión sobre el estatuto
antropológico y ético del embrión humano. A estos embriones se les
niega el carácter de individuo y se dice que no tienen "vida humana".
Es una contradicción. Si se trata de embriones, y no sólo de "ovocitos
que se han dividido" (y en vías de extinción), se trata de
individuos humanos, dotados de vida humana, y no de "grupos" de
células.
El investigador I. Wilmut (famoso por haber obtenido la primera
oveja clonada, "Dolly", hoy firme opositor de la clonación humana
reproductiva, pero claramente favorable a la terapéutica) reconoce
que "cuando se crea un embrión, se pone en auto-pilot en su
desarrollo inicial". Si el embrión fuera un "cúmulo de células",
como dicen, no sería "piloto de sí mismo", no tendría autonomía ni
teleología propia y unitaria, como en cambio muestra tener.
El embrión, desde el momento de la concepción, en
la fecundación, se presenta como una entidad dotada de autonomía,
que en su desarrollo progresa inmediatamente de una manera gradual,
continua, armónica, y en él se da la integración y la cooperación
teleológica constante de todas sus células. Se trata de un organismo
que progresa sin interrupción según el programa trazado en su genoma.
Así, llega a ser sucesivamente, sin intervención directiva desde
fuera, cigoto, mórula, blastocito, embrión implantado, feto, niño,
adolescente y adulto. Si esto acontece en la fecundación natural, ¿por
qué no sucedería lo mismo en la clonación?
En este punto encontramos una contradicción cuando niegan al
resultado de una eventual clonación lo que reconocen al resultado de
la fecundación. Esta distinción (embrión clonado, embrión fecundado)
remite a la falsa distinción entre el así llamado "pre-embrión" y el
embrión, distinción errónea, como hemos señalado antes, que en la
práctica se ha convertido en el mayor obstáculo al reconocimiento de
un estatuto del embrión humano. Si el embrión humano clonado no
fuese humano, entonces ¿qué "cosa" sería? ¿A qué especie animal
pertenecería? ¿Tendría un genoma humano, pero no sería humano?
No es necesario insistir aquí en las
contradicciones que implican esas negaciones. Un embrión humano, así
reconocido por la razón como individuo humano, dotado de un
organismo propio, tiene una dignidad propia y por eso merece respeto.
No se trata de una "dignidad" debida a alguna añadidura externa,
sino fundada en su ser, en sí y por sí mismo.
Si al embrión se le niega la dignidad humana, con el pretexto de que
no tiene conciencia actual, también se debería negar la dignidad a
la persona que duerme o que está en estado de coma. Quien niega la
dignidad al embrión, entonces también debería negar su dignidad al
niño.
El ser humano, cualquiera que sea su condición económica, física o
intelectual, no se puede usar como un medio, como un objeto. La
malicia de la ofensa a este principio fundamental se agrava cuando
este ser humano no puede defenderse contra el agresor injusto. Si
uno acepta tratar a un ser humano como medio y no como fin, entonces
debe aceptar que también él mismo pueda ser tratado un día de la
misma manera.
Y no deberá protestar. Aunque se demostrara
claramente la aplicación terapéutica de las células madre obtenidas
mediante creación-destrucción de embriones humanos (cosa que no se
ha verificado), la moral, la sensatez y el buen juicio se opondrían:
no se puede hacer el mal por una causa buena. El fin no justifica
los medios. La historia de la humanidad está llena de enseñanzas a
este respecto. Como decía el filósofo J. Santayana, "quien no conoce
la historia, está condenado a repetirla".
d) Personalidad del embrión
Así pues, la valoración moral de la clonación humana depende
esencialmente de su objeto, de su finalidad objetiva, y no deriva
primariamente de la intención subjetiva con que se emplean esas
técnicas. Ya la incertidumbre sobre la naturaleza humana del
producto de la aplicación de esas técnicas al hombre impone el deber
de no realizarla. Pero, más allá de este estricto deber moral de no
crearlos, hay muchos y graves motivos para considerar no sólo que a
los embriones así producidos se les debería respetar de acuerdo con
la dignidad humana, sino también que son personas humanas primero
manipuladas y después destruidas.
e) Inhumanidad de la producción y consiguiente
destrucción del embrión en la clonación "terapéutica"
Los defensores de la así llamada "clonación terapéutica" insisten
siempre en que su intención no es realizar una clonación
reproductiva, sino destruir el embrión humano así creado en los
primeros días de su desarrollo. Según sus razonamientos (ampliamente
recogidos por la prensa, por los medios de comunicación y en los
discursos políticos), este modo de actuar sería "ético", mientras
que la clonación reproductiva no lo sería.
La clonación humana que podría llevar al nacimiento de un ser humano
se ha de considerar un método inmoral de procreación artificial. En
la "clonación terapéutica", ese proceso se interrumpe
intencionalmente: se crea voluntariamente un embrión humano para
destruirlo después, con el fin de extraer células madre embrionarias.
Desde el punto de vista ético, este procedimiento es aún peor.
Aceptarlo implicaría aceptar una igualdad radical
entre la especie humana y las demás (P. Singer). Rechazar la
posibilidad de matar una vida humana para curar otras vidas humanas,
no procede de una posición específicamente religiosa, sino de la
fuerza de argumentos y razones de buen sentido, y de la fuerza de
una antropología coherente y de una bioética personalista.
f) La clonación humana se opone a la dignidad de la vida y de la
procreación
La aplicación de las técnicas de clonación al hombre, con la
intención de crear embriones, tanto para implantarlos luego en un
útero (reproductiva) como para extraer células madre y después
destruirlas (terapéutica y de investigación), no sólo hiere la
dignidad de la vida humana y sus derechos insuprimibles, sino que
también se opone al valor moral de la unión intrínseca entre vida,
sexualidad y procreación. La orientación de la sexualidad humana
hacia la procreación no es una añadidura "biológica", sino que
corresponde a la naturaleza humana y se manifiesta en la inclinación
natural del hombre a la procreación. En cambio, estas técnicas
separan los aspectos procreadores de los unitivos, propios de la
sexualidad humana, y se oponen a la dignidad de la sexualidad y de
la procreación.
Las técnicas de clonación son, en sí mismas y siempre, "reproductivas".
Las experiencias recientes muestran también que la clonación humana,
a pesar de enormes dificultades, en principio no es imposible. El
interrogante ético afecta, por tanto, no sólo a la dignidad de la
vida humana y la instrumentalización y eventual destrucción del
embrión, sino también a la del modo específico de procreación humana,
que es precisamente sexual y que tiene su valor moral, que esas
técnicas no respetan.
g) La clonación de embriones humanos se opone a la dignidad de la
familia
Existe también un importante factor ético que conviene considerar, y
que a menudo se pasa por alto. El ser humano es un ser social. La
dinámica sexual y procreadora en el hombre se desarrolla
naturalmente en un marco en el que la sexualidad y la procreación se
insertan armónicamente en la realidad del amor conyugal que da pleno
sentido a la sexualidad humana abierta a la vida. Amor y
responsabilidad se encuentran en el matrimonio en la apertura a la
vida y continúan en la tarea de la educación, mediante la cual los
padres ejercen de modo integral el cuidado de sus hijos.
La clonación humana rompe toda esta dinámica. En
la clonación, la vida se presenta como un elemento completamente
externo a la familia. El embrión "aparece", por decirlo así, al
margen no sólo de la sexualidad, sino también de una genealogía.
Todo ser humano tiene derecho a nacer del amor integral -físico y
espiritual- de un padre y una madre, a recibir sus cuidados, a ser
acogido como un don por sus padres y a ser educado.
Cuando en el horizonte surge la inquietante
posibilidad de que se pueda manipular y someter a experimentos la
vida del ser humano concebido, para luego destruirla, una vez
obtenidas del embrión las células o los conocimientos biológicos que
se buscan, entonces es el mismo concepto de filiación y de
paternidad-maternidad lo que se pone en tela de juicio, y es la
misma idea de familia la que queda destruida.
Conclusión
Los recientes avances de las ciencias muestran que la clonación
humana, a pesar de las notables dificultades técnicas y las
profundas objeciones éticas y antropológicas, es algo más que una
hipótesis y se está convirtiendo en una posibilidad. Los diversos
intentos de impedir, mediante la ley y los acuerdos internacionales,
que esta posibilidad se transforme en realidad, y de obtener un
reconocimiento de su condición de crimen contra la persona humana,
no se fundan en un miedo impreciso al progreso y a la técnica, sino
en importantes y sensatas motivaciones éticas y en una concepción
antropológica bien determinada de la persona humana, de la
sexualidad y de la familia.
Corresponde a las autoridades públicas, a los
Parlamentos y a los organismos internacionales tomar una postura
coherente. Se trata verdaderamente de un problema clave para el
futuro de la humanidad y para la salvaguardia de la dignidad de la
investigación científica y de los esfuerzos en favor de la vida, de
la salud y del bienestar de los seres humanos, que justifica la toma
de medidas oportunas por parte de la comunidad de los pueblos que
constituyen la gran familia humana.