Padre nuestro, buenas noches. No creo que te
parezca raro el tema que hoy te traigo, ante ti tengo la suficiente
confianza o temeridad por mi escasa competencia, la carta de mi
hermano Benedicto XVI.
En un momento tan colérico como el que vivimos,
cuando todos, unos por una razón y otros por otra, pronunciamos tu
nombre con tanta facilidad y en apoyo de nuestros intereses, pienso
que ha sido obra de tu Espíritu que alguien gritara claro cuál es tu
nombre: Amor. Gracias una vez más.
Era la primera carta pastoral de nuestro Obispo
de Roma, un personaje muy mediático como se dice ahora, y todos
esperábamos con impaciencia que nos explicara su proyecto.
Especialmente, después de su trayectoria conservadora y excluyente,
temíamos una declaración dogmática, una denuncia de los males del
mundo. Te confieso, tú lo sabes, que yo no esperaba nada bueno, no
me da buenas vibraciones y ha sido, descubro sorprendido gratamente,
incluso místico en algunos pasajes como el dedicado a la oración. La
prueba de lo sorprendidos que nos ha dejado a todos es la escasa
aparición de titulares.
Te ruego me ayudes y nos ayude, también y
especialmente a él, nuestro hermano, a aclarar algunas dudas que
pienso se perciben en su carta. Tú conoces mi insuficiente formación
de laico, abuelo ya, y la experiencia profundamente amorosa con mi
compañera desde hace más de 40 años que marca mi vida. De ahí mis
dudas y la confianza de cementarlas contigo.
Aunque no condena el amor de los humanos, no lo
reconoce suficientemente en sí mismo; parece que no se atreve a
valorar lo humano como lo más grandioso, la imagen del creador.
La descripción del Eros, con ese miedo a los “instintos”,
además de no haberlo experimentado parece que no lo ha actualizado
teóricamente distinguiendo amor pasión, amor romántico, amor razón y
en todos ellos, desde luego, también amor ágape; porque el amor, el
que conocemos, el que hemos experimentado, que también puede sufrir
patologías, es y tiene un lecho: es don, ofrecimiento y aceptación y
recibo. El amor que damos y recibimos los humanos es pasión, ardor,
espera, silencio, pregunta y diálogo, aceptación, entrega, sequedad,
compañía y fusión transformadora. Todo eso es el amor en una riqueza
siempre viva y siempre frágil.
Parece referirse sólo a la unión matrimonial como
imagen de Dios y yo pienso que “Dios los creó a su imagen, hombre y
mujer” como un todo, no es necesario que para llegar a ser imagen de
Dios tengan que unirse. Cada hombre, cada mujer, es la imagen de
Dios. ¿No utiliza los textos bíblicos forzándolos para fundamentar
su propuesta? ¿De forma apologética quizás?
Por otra parte parece que toda la CARIDAD se
concentra y se expresa exclusivamente en los bienes económicos o
materiales ¿dónde queda hacer el bien en la libertad, la unión, el
diálogo? ¿Qué decir de la excomunión, de la marginación, de la
persecución… por pensar y decir de otra manera?
¿No te parece que concibe la caridad como
asistencia no como restitución de la dignidad humana en toda su
plenitud? ¿Cómo se explica la represión de la libertad y de la
conciencia en la iglesia?
¡Qué distancia entre lo proclamado y lo que se
hace en la iglesia! ¿Por qué elude siempre a todo el hombre,
espíritu, conciencia, pensamiento, en la caridad?
Sigo insistiendo que es reduccionista la
concepción de la caridad, no hay caridad sin justicia, la justicia
es expresión del plan divino.
El tema del neoliberalismo, el de la justicia y
su relación con la caridad no me parecen nada claro, su tratamiento
es ambiguo y confuso. Igualmente la exposición sobre la Doctrina
Social de la Iglesia que parece añorar una cierta influencia
normativa o, peor, una desvaloración de la acción humana, de la
sociedad y la necesidad de proteccionismo sobre ella por parte de
esa Iglesia. ¿A ti que te parece, la comunidad de Jesús tiene que
ser tan evidente y poderosamente protagonista o anónima? Yo creo que
Jesús nos pidió que sólo por el amor nos reconocieran.
Bueno, otro día seguimos. Danos hoy tu pan de
cada día, ilumina y fortalece nuestros espíritus.