Esta multiplicación del pan se narra en los
cuatro evangelios, lo que solamente se da con muy pocos episodios de
los Evangelios. Se narra además otra multiplicación del pan en Mt
15,32 y Mc 8,1.Posiblemente tal abundancia se debe a que la
multiplicación del pan es uno de los milagros de Jesús que mejor
demuestran su poder absoluto sobre las leyes de la naturaleza. Se
debe también a que los evangelistas veían en ella un anuncio de la
eucaristía, como aparece en Jn 6. Recordemos también que los judíos
en tiempos de Jesús eran un pueblo pobre, demasiado numeroso para
una tierra, que aunque era fértil, tenía muy poca extensión. Los
dominadores romanos se llevaban buena parte de los recursos, y los
políticos, como Herodes, exigían impuestos pesados, en parte
justificados por la necesidad de ocupar la mano de obra sobrante en
obras grandiosas. Muchísima gente no tenía asegurado el pan de cada
día, como sucede hoy en muchos de nuestros países, y Jesús compartía
esta condición junto con los que lo seguían. Jesús se siente
responsable de todos esos hermanos que se habían hecho sus invitados
en ese lugar despoblado (como sucede en Lc 11,5), y realiza el gesto
de la fe. En la vida diaria de aquel tiempo debían ser numerosos (como
lo son hoy) los que compartían sus últimos recursos con alguno más
pobre, confiados en que Dios se lo devolvería. Jesús no podía ser
menos que ellos. El milagro que realiza en ese momento viene a
confirmar en su fe a un sinnúmero de creyentes humildes, tal vez no
muy adictos a la Iglesia, pero que a menudo arriesgan todo lo que
les queda. A Jesús no le importa que su milagro despierte en ellos
un entusiasmo mal orientado, que terminará en una ruptura. No les
había dado el alimento para atraerlos a la iglesia, sino para
cumplir las promesas que su Padre había hecho a los pobres.
De la boca de Dios sale el pan, dice la Biblia, y
también la Palabra que necesitamos. Jesús, al dar el pan, demuestra
que sus palabras son de Dios. Jesús se presenta como Pastor en medio
de sus ovejas. Varios detalles del relato, comparados con algunas
páginas del Antiguo Testamento, nos ayudan a descubrir en Jesús al
Pastor anunciado por los profetas: Dios da pan a su pueblo: Ex 16;
Sal 72,16; Sal 81,17; Sal 132,15; 147,14. Lo que sale de la boca de
Dios: Deut 8,3; Sab 16,26; Mt 4,4. Se sientan en el pasto verde (Sal
23) y todos quedan satisfechos (Sal 78,29). La muchedumbre sentada
para comer es la imagen de la humanidad que Jesús reunirá en el
banquete fraternal del Reino. Levantó los ojos al cielo. Este gesto
de Jesús expresa su relación personal con el Padre, reemplazando
cualquier oración que santos o profetas habrían hecho en tal caso.
De Dios viene el pan, pues ha puesto en la tierra todo lo que
necesita la humanidad para su alimento y para su desarrollo, pero
los problemas de una distribución equitativa son tan complejos como
la naturaleza humana, y ningún sistema puede solucionarlos hasta que
no aprendamos a escuchar la palabra de Dios. A quienes la escuchan
les enseña a construir un mundo de justicia, de paz y de pan
compartido. Jesús sintió compasión de aquella multitud, de la que
sus gobernantes se preocupaban muy poco. Toda aquella gente le había
escuchado durante largo tiempo sin inquietarse lo más mínimo por su
comida; él, a su vez, siendo el Pastor y el Pan verdadero, les dio
el pan y lo distribuyó. El Evangelio de Juan comenta este milagro:
Jesús es el pan que necesita la humanidad.
Es uno de los milagros que más nos impresionan,
pues la palabra "milagro" es con frecuencia desvalorizada. La Biblia
emplea diversas palabras para designar lo que realmente aparece como
una obra de Dios: signo, prodigio, obra poderosa. El milagro, en su
sentido estricto, es todo eso a la vez: un «signo» por el cual Dios
nos descubre su querer y el orden invisible del mundo; un «prodigio»
que desconcierta nuestras previsiones, una «obra» que sólo Dios es
capaz de realizar. La multiplicación de los panes es la clase de
milagros que más choca a nuestros contemporáneos y a su fe absoluta
en las "leyes de la naturaleza", las que ni siquiera Dios tendría el
poder de sobrepasar o de ignorar sin contradecirse. Y aún cuando no
se niegue abiertamente el testimonio de los apóstoles, se prefiere
muchas veces evitar una toma de posición, diciendo por ejemplo: "El
milagro es más bello aún si uno se imagina que Jesús solamente
invitó a la gente a que compartiera sus provisiones individuales, y
así hubo suficiente para todos: "¡un milagro de solidaridad!"Pero el
Evangelio no pretende ensalzar la solidaridad; más bien quiere
celebrar la libertad absoluta de Dios y de Cristo: hasta la
naturaleza debe callarse, porque aquí se resucita a los muertos.
Para un cristiano la creación no es una gran máquina que Dios
entregó a los hombres después de haberla construido; al contrario,
es un reflejo vivo de Dios. Las leyes naturales, que son sombra de
la sabiduría, del orden y de la justicia que hay en Dios, no
excluyen jamás la libertad. A lo largo de la historia cristiana, el
Señor ha multiplicado y sigue multiplicando el pan, los alimentos y
hasta los tarros de conserva, muy especialmente para aquellos que lo
han dado todo o que lo arriesgan todo por él: basta oír los
testimonios.