El 1 de diciembre de 1979 se anunciaba en El
Salvador una inquietante profecía. Eran las fiestas jubilares en
Santiago de María, la anterior diócesis de monseñor Romero, antes de
ser nombrado arzobispo de San Salvador (el 3 de febrero de 1977). A
él le dedicaban ese día para unos homenajes. Uno de los números, en
el que participaron sacerdotes y amigos suyos, fue la escenificación
del martirio de santo Tomás Moro: aquel hombre entregado a la causa
de los desposeídos, que no se arrugó en denunciar la vida corrupta
del monarca, negándose a reconocerle como el jefe de la Iglesia de
Inglaterra. Casi cuatro meses después, el 24 de marzo de 1980,
Romero era asesinado, a la hora de la cena, durante el ofertorio de
la misa, en la capilla de un hospital de cancerosos. El mártir
Romero se convertía en el santo Tomás Moro de Latinoamérica.
Fue una misteriosa carambola que, el pasado 12 de
marzo, día del 30 aniversario del asesinato de Rutilio Grande, el
jesuita cuyo martirio produjo lo que monseñor Romero llamaba su “conversión”,
por todo el mundo se pregonara la noticia de la posible sanción del
Vaticano a Jon Sobrino, el autor de “El Resucitado es el Crucificado”.
Al igual que Rutilio, Jon Sobrino fue, junto a su compañero, el
jesuita y mártir Ignacio Ellacuría, otra piedra angular en la
“conversión” de monseñor Romero. Jon Sobrino está vivo de “casualidad”:
alguien tenía que estar ausente, de viaje, para poder recoger el
manto de Elías, cuando los escuadrones de la muerte masacraron a
toda su comunidad. Pero desde hace años los guardianes de la
ortodoxia de la Sinagoga bien montada (expresión del obispo
Casaldáliga) están controlando sus libros. A una comunidad cristiana
de Madrid que tiene como lema escuchar la Palabra de Dios en el
fondo de los acontecimientos, no se le podía escapar el
impresionante “detalle” del salmo propio del día: Lamento del levita
desterrado (Salmo 42). Y el evangelio: Lo empujaron fuera del pueblo
hasta un barranco, con la intención de despeñarlo. Había proclamado
la liberación de los oprimidos y la buena noticia a los pobres (Lc
4,24-30). Y en el 27 aniversario de martirio de Romero, todas las
lecturas propias del día, sábado 24, vienen como anillo al dedo: Así
surgió entre la gente una división por causa de Jesús (Jn 7, 40-53).
Se dice que la casualidad es el sinónimo de Dios cuando no firma.
Otras veces, como aquí, la lleva con rúbrica.
Fue “un mes de junio sangriento” aquel de 1975 en
la diócesis de Santiago de María. En el cantón Las Tres Calles, un
grupo de campesinos que regresaban de la celebración litúrgica, fue
interceptado por la Guardia Nacional que, amparada en la bula de sus
uniformes, descargó sus metralletas, asesinando a seres inocentes.
Un acto premeditado, que el Gobierno justificó alegando que los
campesinos portaban armas subversivas. Ciertamente, se demostró
después, sus únicas “armas” eran sus Biblias. El obispo Romero (había
tomado posesión en diciembre) consoló y socorrió caritativamente a
los familiares de las víctimas; pero se negó a condenar públicamente
los asesinatos, desoyendo el clamor de una buena parte del clero y
de sectores cristianos. Él optó por un tibio silencio de
“resignación cristiana” enviando una dura carta personal al
Presidente, su amigo, un demócrata-cristiano. El funeral por las
víctimas derivó en un acto de protesta: un grito unánime de
liberación de un pueblo sometido, sin voz.
La tibia reacción del obispo dio motivos a la
oligarquía y al Gobierno –de militares, sustentado económicamente
por aquella, a cuyos intereses servía- para confiar que contaban con
un obispo a su medida que no interferiría en la cruzada de los
Cuerpos de Seguridad contra la subversiva pastoral medellinista (de
opción preferencial por los pobres) a la que acusaban de “marxista”.
Se entiende que, dos años después, cuando el nuncio les pidió sus
pareceres, tanto el Gobierno como la oligarquía cafetalera y las
clases influyentes dieran su aprobación, por unanimidad, para
catapultar a Romero como arzobispo de la capital de la República. El
verdadero reto del nuncio era convencer al clero más influyente.
No es lo normal que en la Iglesia, en los puestos
de arriba, se den procesos de conversión a lo Romero. Salvo contadas
excepciones, sucede todo lo contrario: cuanto más alto en el
escalafón, más “conservador” y acomodado, o atrapado, en las
estructuras (de poder) de la Institución. Y más alejado del
“abajamiento” de la cruz, tan presente en la teología de Jon
Sobrino: asumir más el destino de los pobres, saliendo en su defensa
y denunciar y desenmascarar a los poderosos. “No es un prestigio
para la Iglesia estar a bien con los poderosos” declararía Romero el
17 de febrero de 1980, en vísperas de su asesinato. Por eso llaman
la atención los papas Juan XXIII (vuelta primaveral a los orígenes),
o de Juan Pablo I. En el caso del papa Luciani, observa un sacerdote
identificado con su causa y su figura, se aprecian tres etapas: la
conservadora; la de conversión al Concilio; y la profética: señalar
los males de la Iglesia y apuesta decidida, (pase lo que pase) al
cambio. “Usted es el papa. Es libre de decidir y yo obedeceré. Pero
sepa que estos nombramientos significarían la traición a la herencia
de Pablo VI”, le espetó, según testimonios fidedignos, el Secretario
de Estado Vaticano, horas antes su muerte (El día de la cuenta,
págs. 137-38).
Monseñor Romero era un sacerdote y obispo
conservador, siempre dócil a Roma; su proceso de “conversión” se
acrecentó al ascender al cargo de arzobispo y asumir la
“responsabilidad” de la Iglesia salvadoreña. En una carta a Juan
Pablo II le decía: “Creo en conciencia que Dios pide una fuerza
pastoral en contraste con las inclinaciones ‘conservadoras’ que me
son tan propias, según mi temperamento”. Habituado a la pastoral
sacramentalista, él desconfiaba de los experimentos pastorales de la
teología de la liberación. Su receta de más piedad y oración, y
menos cantos de protesta social chocaba con la praxis de los curas
más jóvenes, especialmente con los jesuitas de la Universidad
Centroamericana (UCA), ellos eran el blanco de los ataques de su
pluma. A Romero aún no le había llegado la hora de denunciar desde
el púlpito que “Una religión de misa dominical pero de semanas
injustas no gusta al Señor” (4/12/1977).
Cuando el nuncio le comunicó (el 21 de abril de
1970) el deseo del Papa de nombrarle obispo, Romero se lo tuvo que
pensar 24 horas, pidiendo ayuda a sus consejeros (uno del OPUS y
otro jesuita). Le pesaba la fría acogida que tuvo entre el clero en
San Miguel, sus pulsos con los sacerdotes más jóvenes. Aunque “en lo
que a la caridad se refiere, Romero era insuperable”, “siempre
samaritano”. “¡Tenía que ser un 21!” apuntó Romero en su diario (casualmente
todos los 21 estaban dedicados a la advocación de la virgen de la
Paz, devoción promovida por él). Llama la atención otro “detalle”:
el ceremoniero de su consagración episcopal, el 21 de junio de 1970,
fue el jesuita Rutilio Grande, el mártir que sorprendentemente pasó
el testigo a Romero.
Su primer destino, como obispo auxiliar en la
archidiócesis, estuvo acompañado de tensiones. Romero no sintonizaba
mucho con la línea pastoral, medellinista, que practicaban por allí;
incluso dejó de asistir a las reuniones del clero, porque, según él,
se fomentaba la desunión: “la única cosa que se hacía era criticar a
la Iglesia, al papa y a los superiores”. El arzobispo, por
circunstancias, le puso al frente del semanario Orientación, el
principal órgano divulgativo y educativo de la fe y de la vida
eclesial de la archidiócesis (el arzobispo tuvo que cesar al
director, un sacerdote muy progresista de su confianza, por la
publicación de un artículo ensalzando al cura guerrillero Camilo
Torres); el auxiliar Romero dio un giro copernicano a Orientación,
convirtiéndolo en una sucursal del L’Observatore Romano. Las ventas
se desplomaron; pero lo importante para el nuevo director era
salvaguardar la ortodoxia: “¡Hemos guardado la fe!”, fue su último
editorial como director, al ser nombrado obispo titular de la
diócesis de Santiago de María en 1974.
Allí se encontró con una experiencia piloto de
pastoral popular, “Los Naranjos”, acusada de subversiva por el
Gobierno y por otros cristianos. Era una experiencia de
catequización y evangelización, nacida del espíritu de Medellín,
donde se impartía la palabra de Dios en clave de concienciación
política, para un pueblo oprimido, sin voz, que pedía liberación.
Monseñor Romero, como precaución, la clausuró temporalmente,
causando contrariedad entre sus promotores. Pero se comprometió a
estudiarla; y, tras corregir algunas desviaciones, propuso llevarla
a todas las parroquias, bajo la supervisión de los párrocos. Allí
empezó a barruntar que las cosas no había que verlas sólo desde la
mirada del nuncio, del Gobierno, o de la oligarquía católica, sino
también desde la perspectiva de su clero. Algo se movía dentro de
él. Tuvo un gran gesto de humildad: “¡Ayúdenme a ver claro!”,
suplicó en una reunión.
Su firmeza en la defensa del magisterio frente a
“ciertos liberadores a la moda”, y la prudencia con que resolvió la
experiencia de Los Naranjos, o el suceso dramático de Las Tres
Calles (y otras), colocaban a Romero, a los ojos del nuncio, como el
mejor candidato para suceder al arzobispo. Cuando el rumor de su
nombramiento corría, el pesimismo cundió de nuevo entre el clero más
joven y los laicos más comprometidos. El nuncio tuvo que rogar,
especialmente al provincial de los jesuitas, para que apoyaran el
nombramiento de Romero, y lo arroparan.
Sangre y luz en la conversión de Romero, se
titula uno de los epígrafes de un libro muy interesante sobre la
biografía de monseñor Romero. En él se dice que tras aquel dramático
suceso de Las Tres Calles, “otra experiencia dura que tuvo que
afrontar el obispo Romero, tan simpatizante con las esferas
gubernamentales y amigo tan allegado a Armando Arturo Molina, el
coronel que entonces estaba en la presidencia de la República y era,
por consiguiente, comandante general de las Fuerzas Armada”, Romero
empezó a interpelarse ante el drama de su pueblo, buscando luz en la
Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, y releyendo de nuevo, más a fondo,
el Documento de Medellín. Tantos gritos de liberación de un pueblo
pobre y oprimido, empezaron a hacerle mella (Oscar A. Romero:
Biografía, Jesús Delgado, UCA).
Fue el asesinato del sacerdote jesuita Rutilio
Grande, el 12 de marzo de 1977 (apenas 20 días después de su toma de
posesión como arzobispo) lo que provocó en Romero el “abajamiento”
del crucificado (tan presente en Jon Sobrino), al que percibió en la
violencia ejercida por el poder contra los campesinos pobres sin
voz, y contra sus sacerdotes y laicos asesinados impunemente por
causa del evangelio. Allí palpó definitivamente el cinismo de
aquellos gobernantes “amigos”, que se tenían por muy cristianos.
Eran ellos -los mismos que daban las órdenes de matar, apresar o
torturar a sus sacerdotes o laicos comprometidos- los primeros en
llamarle acto seguido por teléfono para darle el sentido pésame. Y
no sólo no movían un dedo por aclararle los asesinatos, sino que se
justificaban contándole una “sarta de mentiras”.
Romero comenzó a comprender que “el poder
corrompe; y cuanto más poder, más corrompe”. Lo comprobó en sus
antiguos compañeros cursillistas, cristianos honrados, que al medrar
en la estructura económico-política de la sociedad, trucaban el
evangelio por otros “ídolos”. Al nuncio le disgustó la firme
decisión de Romero de no asistir a más a más reuniones con el
Gobierno mientras no le aclarasen tantos asesinatos. En su decisión
se cumplían las palabras del salmo “Dichoso el hombre que no va a
reuniones de malvados” (Sal 1) que escuchábamos este mes junto a la
parábola del rico epulón: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas,
aunque resucite uno de entre los muertos, no se convencerán.» (Lc.
16, 19-31).
El asesinato del jesuita Rutilio, junto a dos
campesinos colaboradores, produjo, como añadidura, el milagro de la
multiplicación de los panes: la unidad del clero formando una piña
con su arzobispo (el gran anhelo del nuncio). Los sacerdotes,
religiosos y religiosas decidieron, en asamblea, convocar a una gran
misa en la catedral, única para toda la archidiócesis, privando (y
eximiendo) de la misa dominical en las parroquias. Tal iniciativa
intranquilizó a monseñor Romero, pero decidió sumarse: ¿cómo
desaprovechar esa gran oportunidad para sellar la unidad del clero?
Pero el nuncio se escandalizó, y Romero recibió una reprimenda
cuando le informó de la iniciativa. También amigos católicos de la
alta sociedad intentaron disuadirlo; hubo protestas por quienes se
veían privados del cumplimiento del precepto dominical. Cerca de
100.000 personas llegaron a esa eucaristía desde todas partes de El
Salvador. Pero faltaba una: el nuncio del Vaticano que,
escandalizado, puso tierra por medio ausentándose a Guatemala.
Romero había optado por sus sacerdotes, comprometidos con el pueblo
sufriente, por el Dios de la vida, antes que agradar al nuncio, tan
distante de los sufrimientos de aquel pueblo tan humillado y
creyente. La sensibilidad del nuncio sólo se activaba ante las
respuestas del sector reaccionario de los poderosos.
“Cuchicheos de muerte” empezaron a escucharse,
inmisericordemente, en medio de una iglesia, aquel 10 de mayo de
1977, en la misa funeral por el ministro asesinado. Un murmullo de
complicidad se expandía entre los miembros del Gobierno y las clases
adineradas del país, más estridente aún entre las damas católicas:
“Ay, que Dios me perdone, pero ¡yo deseo la muerte de ese obispo!”.
Se sentían estafados, traicionados por aquel a quién, hacía sólo
tres meses (el 3 de febrero de 1977) habían dado su apoyo sin
reservas para que le ascendieran a arzobispo de la capital de la
República. “Nos hemos equivocado”.
Empezaron las críticas de algunos de sus
compañeros de escalafón –obispos alineados con los postulados de
aquella derecha empeñada en exterminar a 200.000 salvadoreños para
extirpar el “marxismo”- a cuyos gobiernos de turno bendecían. Sus
mitras les tapaban los ojos, impidiéndoles ver. Romero sabía que
estos compañeros se “chivaban” a Roma. A su vez, Roma le enviaba
algún que otro emisario apostólico con funciones detectivescas. Para
despejar malentendidos, y desmontar maquinaciones malintencionadas,
Romero decidió viajar a Roma (su viaje a Jerusalén) en varias
ocasiones. Allí encontró, en dos ocasiones, el aliento del papa
Pablo VI (“¡Ánimo!, no todos comprenden, pero no desfallezca”); pero
también una humillante reprimenda, en la Prefectura para Obispos,
sin darle opción a su legítima defensa. Romero descubrió la
incompatibilidad de la diplomacia con la verdad evangélica. En la
frialdad de la Curia, encontró el ánimo, la solidaridad de algún
monseñor como el cardenal Pironio (casualmente “La persona de Roma”
a quién el papa Luciani confió sus intenciones respecto a las líneas
de su papado; el cardenal amigo a quien visitó Pilar Bellosillo para
hablarle sobre la muerte de Juan Pablo I (“Viaje a Roma de 1985”),
también, en Roma, encontró el apoyo del padre Arrupe, el P. General
de los jesuitas.
En cambio, el primer encuentro de Romero con Juan
Pablo II, en mayo del 79, fue muy descorazonador. Compañeros y
gentes malintencionadas habían entregado al papa informes muy
negativos sobre Romero. Él le entregó un dossier con las
sistemáticas violaciones de derechos humanos en su país, algunos muy
calientes como la matanza del sacerdote Octavio Ortiz y de cuatro
jóvenes menores de 15 años en el recinto “Despertad” donde el
sacerdote impartía un cursillo de iniciación cristiana para jóvenes.
“No me traiga muchas hojas, que no tengo tiempo de leerlas... Y
además, procure ir de acuerdo con el gobierno”, le recriminó su
papa. Romero salió llorando de la audiencia: “El papa no me ha
entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia”.
Su segundo encuentro con Juan Pablo II, en enero
del 80, fue algo mejor, aunque agridulce. El papa esta vez no le
hizo esperar, mostró prisas por felicitarle: Romero no se había
opuesto (para evitar la sangría del país) al golpe revolucionario de
unos jóvenes militares, deseosos del cambio, para derrocar a sus
jefes corruptos. Una salida providencial para Romero en aquellos
momentos; providencialmente, fue un golpe incruento. Detrás estaba
el amigo norteamericano, el que financiaba los escuadrones de la
muerte y gran aliado del papa Wojtyla en la lucha contra el
“marxismo” y la teología de la liberación. Juan Pablo II le alentó
en su defensa por la justicia social, pero advirtiéndole de los
estragos de un marxismo infiltrado en el pueblo cristiano. Romero,
con su habitual espíritu de obediencia al papa, le respondió que el
anticomunismo de las derechas no defendía a la religión, sino al
capitalismo. Ya lo había denunciado, el 15 de septiembre de 1978:
“Hay un ‘ateísmo’ más cercano y más peligroso para nuestra Iglesia:
el ateísmo de capitalismo cuando los bienes materiales se erigen en
ídolos y sustituyen a Dios”.
Aquella antigua tirantez de Romero para con los
jesuitas, ahora, tras el martirio de Rutilio Grande, se había tonado
en declarada defensa, solidaridad y admiración por su labor
evangelizadora, de opción por los más pobres (trazado en el famoso
documento de la Compañía de Jesús “Fe y justicia”). Ambos se
convertirían en el blanco del poder económico y de los
tradicionalistas, acusándolos de traidores. Para colmo, un obispo de
su país, en unas lamentables declaraciones a la prensa durante la
reunión episcopal latinoamericana de Puebla, atizaron el fuego al
acusar a los jesuitas, y a monseñor Romero por confiar tanto en
ellos, de ser los males de la Iglesia en El Salvador. Aquellas
élites de El salvador no aceptaban que los educadores a quienes
confiaban la educación de sus hijos, ahora tuvieran tantas
preocupaciones sociales. Ambos, en comunión, practicaban una
pastoral donde se condenaba la violencia estructural, con alusiones
claras a la violencia arbitraria del Estado. “Aun cuando se nos
llame locos, subversivos, comunistas… sabemos que no hacemos más que
predicar el testimonio subversivo de las bienaventuranzas...”.
(Romero, 11/05/1978). Jamás en El Salvador se había visto la
catedral tan abarrotada de gentes sedientas de escuchar la Palabra,
adaptada a los acontecimientos, en las homilías de monseñor Romero.
Como recuerda monseñor Samuel Ruiz, obispo
emérito de Chiapas: “Todo el que opta por el mundo de la pobreza
entra en conflicto... La única pregunta que se nos va a hacer al
final de los tiempos es cómo tratamos al pobre... También entre la
jerarquía que asume esta opción hay mártires, que no son, como
antes, mártires de la fe, sino mártires de la justicia… En la
parábola del Buen samaritano al sacerdote y al levita les importa
más el templo, que contaminarse con lo impuro atendiendo al hombre
malherido tirado en el camino”.
Todo estaba pactado, preparado para el sacrificio;
esperaban, impacientes, la menor excusa. Para confundir y echar
luego la culpa a los otros, le hacían llegar rumores, por boca del
nuncio de un país vecino, de que la izquierda le preparaba un
atentado, algo que él no se llegó a creer, no le encajaba, aunque
sabía que estaba entre dos fuegos. Las acusaciones de algunos
obispos tildando al arzobispo de fomentar la “subversión” del país,
alimentaban el fuego para el sacrificio. Justo un mes antes de su
muerte, monseñor Romero se decidió a denunciar públicamente, en la
homilía dominical del 24 de febrero, las amenazas de muerte contra
su persona. Sabía que aquellas derechas tan católicas habían puesto
precio, hacía tiempo, a su vida. Había vivido aquel misterioso
anuncio, en aquel homenaje donde escenificaron el martirio de santo
Tomás Moro.
Casualmente, la liturgia del domingo, víspera de
su asesinato, hablaba de “no matarás”. Era la Palabra más oportuna
para recordar al Gobierno y al Ejército (especialmente a los
disciplinados soldados) que ante una orden humana de matar debe
prevalecer el mandamiento divino “no matarás”. “Ningún soldado está
obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios ... Les ordeno
en nombre de Dios: ¡cese la represión!”. Pero la profética homilía
sobre el “no matarás”, el Gobierno, interesadamente, la interpretó
en clave de guerra: era un delito, una consigna subversiva. Era la
liturgia del amor frente a la del cinismo de los poderosos. El lunes,
a las 6’26 de la tarde, se consumó el sacrificio. A la hora habitual
de su cena. Rondando esa hora, el nuncio le notificó en su día su
designación para ser consagrado obispo. Misteriosamente, se cumplían
aquellas palabras proféticas tomadas del Apocalipsis (Ap 3,20),
escritas por monseñor Romero durante uno de sus retiros espirituales,
doce años antes: “Y cenaré con él”.