Este 2007 será por mi recordado como un año
diferente: llego a mis 35, cumplo 10 años de matrimonio... pero
sobre todo ha sido el año donde por fin me doy cuenta de la gracia
que estoy recibiendo a diario de parte de Dios.
En realidad no entendía que Dios me estaba
haciendo un fuerte llamado a regresar a El, o más bien a aceptar su
amor que me regala sin merecer. Y claro, se vale de lo que sea para
llamar nuestra atención y hacer entender a un cabeza dura como yo.
Anterior a esto sinceramente estaba llevando una
vida muy plácida, el trabajo bien, el sueldo bien, el matrimonio,
los hijos, la familia, la salud, los amigos, la juventud... en fin
todo bien. Y por supuesto no podía hacerme el que no me daba cuenta
y entonces para acallar mi conciencia estaba llevando una vida
espiritual muy Light. ¿Orar? Bueno, no todos tenemos ese don, me
decía, así que rezaba de vez en cuando. ¿Comulgar? Bueno, ya podré
hacerlo el próximo domingo, ¿ir a misa? Esta vez no se pudo, no pasa
nada. ¿Apostolado? Ahí estuvimos en el Movimiento Familiar Cristiano
pero ahora con los niños "no se podía", como si fuera la única
opción. ¿Evangelizar? Bueno, algún día podré hacerlo con esmero.
Por lo pronto me conformaba con no robar, afectar
ni matar a nadie. Reírme de los demás y criticarlos, pues era parte
de la chistosada del momento, no había "mala intención".
Es decir, vivía mi religiosidad muy hacia fuera y
nada hacia adentro. No interiorizaba, ni quería hacerlo, pensaba que
tal vez llegado el momento de la muerte habría tiempo para arreglar
las cosas, por lo pronto había mucho éxito y desarrollo profesional
que alcanzar, mucho dinero por conseguir para poder comprar todo lo
que la gente bien debe tener, y poder viajar y conocer y que los
míos estuvieran bien. ¡Que buena vida he conseguido! -me decía- y
claro sabía que se lo debía a Dios pero El era un ser algo lejano
para mí y no alcanzaba a comprender el fondo de las cosas. Aprendí a
aparentar ser un buen cristiano, aprendí los argumentos suficientes
para dar razón de mi fe y que se pudiera pensar que era un buen
católico. Yo mismo me aplaudía esa palabra acertada que había dicho
en el momento preciso.
Pero que lejos estaba de lo que Dios quería para
mí. Por eso me puso delante un acertijo al que siempre le saqué la
vuelta, algo que nunca logré dominar y que ahora afloraba como una
jugada sucia e injusta de no se quien. Y es que lo que me pasaba
cuando no me podía sacar de la mente esa obsesión era que me llenaba
de angustia, muchas veces fue terror o pánico, me sentí desolado,
abandonado, indigente, perdí la fe, llegué a pensar muy seriamente
que quizás era cierto de que Dios no existía, no había manera de
escapar de ese pensamiento aterrador que me atormentaba a cada
momento.
Total que obviamente me deprimí, estuve
afortunadamente sólo como una semana así seguido en la total
depresión, ¿para que vivir? Nunca pensé en el suicidio ni nada de
cosas extremas porque algo me decía que algún sentido tenía todo lo
que había vivido y mis hijos y Caro mi esposa y sus boletines y su
página web me daban ánimos. Pero la verdad no entendía nada, ni
ganas tenía de hacer nada, ni para qué hacerlas ni porqué las hacían
los demás. Era como pensar que los demás estaban mal de la cabeza y
que yo había encontrado la verdad de la vida pero era una verdad
cruel llena de desesperanza.
Ahí empecé por gracia de Dios a tener un poco más
de fe, un poco más de paz, a sentirme un poco más confiado en El.
Pero era un vaivén, a veces bien, a veces muy mal.
No se exactamente en que momento pero Dios me
hizo entender que tenía que buscar ayuda, primero fui con una
psicóloga, luego gracias con un terapeuta y como no terminaba de
salir de eso fui con la psiquiatra. Las pastillas me han servido
mucho y ya estoy mucho mejor. Pero en verdad creo que ha sido Dios
nuestro Señor quien ha movido todos los hilos, quien ha presionado
los botones necesarios para hacerme sentir bien a través de los
medios terrenales con los que contamos (uno de ellos usted Fray
Nelson). Y al mismo tiempo, me ha hablado a través de mucho de lo
que he leído últimamente y por sobre todo a través de la oración, la
confesión y la comunión.
Cosa curiosa, siempre cuando más estuve
comprometido con mi apostolado, me decía que yo no había recibido
ningún acto o momento de conversión específico. Desde muy pequeño
siempre estuve apegado a la iglesia y ahí fui desarrollando mi fe.
No había tenido ningún acontecimiento que me hubiera cimbrado para
dar un giro a mi vida y sentirme convertido como tanta gente escuché
narrar sus experiencias.
Pero he aquí que sin buscarlo, sin pensarlo, sin
encontrarle primero relación alguna, ahora se que ésta ha sido mi
conversión. Esta ha sido mi experiencia en la que Dios me ha traído
"de la orejita" de vuelta a su casa. ¡Bendito sea nuestro Padre que
no nos deja ni un momento de su mano!
Por eso ahora lo que quiero es dejarme amar por
El, porque como usted dice, no es que uno lo busque, es Dios quien
lo busca a uno, la historia de la salvación es la historia de Dios
Padre en la búsqueda permanente de sus hijos desvalidos por el
pecado. Por eso no dudó en encarnarse, morir y resucitar por nuestra
salvación.
He leído en sus homilías y estoy ahora convencido
que ya no quiero detener ni frenar esa corriente de misericordia que
Dios me entrega. Porque se –como decía Santa Teresa- que Dios no
estaba obligado a crearme, lo ha hecho por amor, no tenía porque
salvarme, lo ha hecho por misericordia. Por eso dice la Biblia: "Pues
¿quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido?
Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras
recibido?" (1 Corintios 4,7)
No quiero ser por eso un obstáculo en su obra de
salvación para los demás. Quiero no juzgar a los demás ni a mi
mismo, quiero aprender a perdonar y a perdonarme, quiero seguir
orando y tener una verdadera comunicación con El. No quiero que mi
fe sea solo una idea, sino descubrir a ese Dios con el cual no había
querido, sabido o podido encontrarme. Quiero retomar los sacramentos
y la vida de piedad como Jesús lo haría.
Quiero botar el orgullo, la codicia y mi
tendencia al racionalismo para pasar a la humildad y a la sana
búsqueda de la verdad siempre confiado en mi Dios que nos ama.
Quiero entregar mis miedos y mi trastorno y confiado en que El es
nuestro sostén poder enfrentarlos y dejarlos ir sabedor de que Dios
no tiene más que cosas bellas para mí.
Quiero vivir mi religiosidad de manera sincera y
con recta intención, dejando la manera de "hágalo usted mismo",
tomando solo lo que me acomodaba. Quiero ser más que una buena
persona, un buen hijo de Dios. Quiero ayudar a esparcir el reino, a
llevar aunque sea una palabra de aliento al necesitado y a morir
aunque sea un poquito a mi mismo para gloria de Dios. "En esto
consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en
que El nos amó y nos envió a su Hijo como sacrificio por nuestros
pecados" (1 Juan 4,10)
Pero quiero ante todo tener aquello que leí en su
página, aquello que enseñaba San Ignacio de Loyola y que el llamaba
"La santa indiferencia" la cual no consiste en que a uno todo le
importe nada, sino consiste en que uno para darle mayor Gloria a
Dios esté tan dispuesto a quedarse como a moverse, tan dispuesto a
ser reconocido como a ser relegado, tan dispuesto a ser amado como a
ser detestado, a que uno esté tan dispuesto a salir por el mundo
entero, o a quedarse para siempre en un sitio. La santa indiferencia
que decía San Ignacio, corresponde a la absoluta disponibilidad al
querer divino.
Todo esto lo deseo y lo pido fervorosamente
confiado en aquel que me ama.