María es la "Virgen oyente", que acoge con fe la
palabra de Dios: fe, que para ella fue premisa y camino hacia la
Maternidad divina, porque, como intuyó S. Agustín: "la
bienaventurada Virgen María concibió creyendo al (Jesús) que dio a
luz creyendo" (Sermo 215, 4: PL 38, 1074.); en efecto, cuando
recibió del Ángel la respuesta a su duda (cf. Lc 1,34-37) "Ella,
llena de fe, y concibiendo a Cristo en su mente antes que en su seno",
dijo: "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra"
(Lc 1,38) (Ibid.); fe, que fue para ella causa de bienaventuranza y
seguridad en el cumplimiento de la palabra del Señor" (Lc 1, 45): fe,
con la que Ella, protagonista y testigo singular de la Encarnación,
volvía sobre los acontecimientos de la infancia de Cristo,
confrontándolos entre sí en lo hondo de su corazón (Cf. Lc 2, 19.
51).
Esto mismo hace la Iglesia, la cual, sobre todo
en la sagrada Liturgia, escucha con fe, acoge, proclama, venera la
palabra de Dios, la distribuye a los fieles como pan de vida (Dei
Verbum, n. 21) y escudriña a su luz los signos de los tiempos,
interpreta y vive los acontecimientos de la historia.
María es, asimismo, la "Virgen orante". Así
aparece Ella en la visita a la Madre del Precursor, donde abre su
espíritu en expresiones de glorificación a Dios, de humildad, de fe,
de esperanza: tal es el "Magnificat"(cf. Lc 1, 46-55), la oración
por excelencia de María, el canto de los tiempos mesiánicos, en el
que confluyen la exultación del antiguo y del nuevo Israel, porque —como
parece sugerir S. Ireneo— en el cántico de María fluyó el regocijo
de Abrahán que presentía al Mesías (cf. Jn 8, 56) (Cf. Adversus
haereses IV, 7, 1: PG 7, 1: 990-991; S. Ch. 100, t. III, pp.
454-458.) y resonó, anticipada proféticamente, la voz de la Iglesia:
"Saltando de gozo, María proclama proféticamente el nombre de la
Iglesia: "Mi alma engrandece al Señor..." " (Adversus haereses III,
10, 2: PG 7, 1, 873; S. Ch. 34, p. 164.). En efecto, el cántico de
la Virgen, al difundirse, se ha convertido en oración de toda la
Iglesia en todos los tiempos.
"Virgen orante" aparece María en Caná, donde,
manifestando al Hijo con delicada súplica una necesidad temporal,
obtiene además un efecto de la gracia: que Jesús, realizando el
primero de sus "signos", confirme a sus discípulos en la fe en El
(cf. Jn 2, 1-12).
También el último trazo biográfico de María nos
la describe en oración: los Apóstoles "perseveraban unánimes en la
oración, juntamente con las mujeres y con María, Madre de Jesús, y
con sus hermanos"(Act 1, 14): presencia orante de María en la
Iglesia naciente y en la Iglesia de todo tiempo, porque Ella, asunta
al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación
(Lumen gentium, n. 62).
"Virgen orante" es también la Iglesia, que cada
día presenta al Padre las necesidades de sus hijos, "alaba
incesantemente al Señor e intercede por la salvación del mundo" (Sacrosantum
Concilium, n. 83).
María es también la "Virgen-Madre", es decir,
aquella que "por su fe y obediencia engendró en la tierra al mismo
Hijo del Padre, sin contacto con hombre, sino cubierta por la sombra
del Espíritu Santo" (Lumen gentium, n. 63): prodigiosa maternidad
constituida por Dios como "tipo" y "ejemplar" de la fecundidad de la
Virgen-Iglesia, la cual "se convierte ella misma en Madre, porque
con la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e
inmortal a los hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo, y
nacidos de Dios" (Lumen gentium, n. 64). Justamente los antiguos
Padres enseñaron que la Iglesia prolonga en el sacramento del
Bautismo la Maternidad virginal de María.
Entre sus testimonios nos complacemos en recordar
el de nuestro eximio Predecesor San León Magno, quien en una homilía
natalicia afirma: "El origen que (Cristo) tomó en el seno de la
Virgen, lo ha puesto en la fuente bautismal: ha dado al agua lo que
dio a la Madre; en efecto, la virtud del Altísimo y la sombra del
Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), que hizo que María diese a luz al
Salvador, hace también que el agua regenere al creyente" (Tractatus
XXV (In Nativitate Domini), 5: CCL 138, p.123; S. Ch. 22 bis, p.
132; cf. también Tractatus XXIX (In Nativitate Domini), 1: CCL
ibid., p.147; S. Ch. ibid., p. 178; Tractatus LXIII (De Passione
Domini) 6: CCL ibid., p. 386; S. Ch. 74, p. 82.).
Queriendo beber (cf. Lev 12,6-8), un misterio de
salvación relativo en las fuentes litúrgicas, podríamos citar la
Illatio de la liturgia hispánica: "Ella (María) llevó la Vida en su
seno, ésta (la Iglesia) en el bautismo. En los miembros de aquélla
se plasmó Cristo, en las aguas bautismales el regenerado se reviste
de Cristo" (M. Ferotin, Le "Liber Mozarabicus Sacramentorum", col.
56.).
Finalmente, María es la "Virgen oferente". En el
episodio de la Presentación de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 22-35),
la Iglesia, guiada por el Espíritu, ha vislumbrado, más allá del
cumplimiento de las leyes relativas a la oblación del primogénito
(cf. Ex 13, 11-16) y de la purificación de la madre (cf. Lev 12,
6-8), un misterio de salvación relativo a la historia salvífica:
esto es, ha notado la continuidad de la oferta fundamental que el
Verbo encarnado hizo al Padre al entrar en el mundo (cf. Heb 10,
5-7); ha visto proclamado la universalidad de la salvación, porque
Simeón, saludando en el Niño la luz que ilumina las gentes y la
gloria de Israel (cf. Lc 2, 32), reconocía en El al Mesías, al
Salvador de todos; ha comprendido la referencia profética a la
pasión de Cristo: que las palabras de Simeón, las cuales unían en un
solo vaticinio al Hijo, "signo de contradicción", (Lc 2, 34), y a la
Madre, a quien la espada habría de traspasar el alma (cf. Lc 2, 35),
se cumplieron sobre el calvario. Misterio de salvación, pues, que el
episodio de la Presentación en el Templo orienta en sus varios
aspectos hacia el acontecimiento salvífico de la cruz.
Pero la misma Iglesia, sobre todo a partir de los
siglos de la Edad Media, ha percibido en el corazón de la Virgen que
lleva al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor (cf. Lc 2, 22),
una voluntad de oblación que trascendía el significado ordinario del
rito. De dicha intuición encontramos un testimonio en el afectuoso
apóstrofe de S. Bernardo: "Ofrece tu Hijo, Virgen sagrada, y
presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre. Ofrece por la
reconciliación de todos nosotros la víctima santa, agradable a Dios"
(In purificatione B. Mariae, Sermo III, 2: PL 183, 370; Sancti
Bernardi Opera, ed. J. Leclereq-H Rochais, IV Romae 1966, p. 342.).
Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de
la redención (Lumen gentium, n. 57) alcanza su culminación en el
calvario, donde Cristo "a si mismo se ofreció inmaculado a Dios"
(Heb 9, 14) y donde María estuvo junto a la cruz (cf. Jn 19, 15) "sufriendo
profundamente con su Unigénito y asociándose con ánimo materno a su
sacrificio, adhiriéndose con ánimo materno a su sacrificio,
adhiriéndose amorosamente a la inmolación de la Víctima por Ella
engendrada" (Lumen gentium, n. 58) y ofreciéndola Ella misma al
Padre Eterno (Cf. Pius XII, Carta Encíclica, Mystici Corporis: AAS
35 (1943), p. 247.).
Para perpetuar en los siglos el Sacrificio de la
Cruz, el Salvador instituyó el Sacrificio Eucarístico, memorial de
su muerte y resurrección, y lo confió a la Iglesia su Esposa (Sacrosanctum
Concilium, n. 47), la cual, sobre todo el domingo, convoca a los
fieles para celebrar la Pascua del Señor hasta que El venga (Sacrosanctum
Concilium, nn. 102 y 106): lo que cumple la Iglesia en comunión con
los Santos del cielo y, en primer lugar, con la bienaventurada
Virgen (Anaphora Iacobi fratris Domini syriaca: Prex Eucharistica,
ed. A. Hanggi-I Pahl, Fribourg, Editions Universitaires, 1968, p.
274.), de la que imita la caridad ardiente y la fe inquebrantable.
Ejemplo para toda la Iglesia en el ejercicio del
culto divino, María es también, evidentemente, maestra de vida
espiritual para cada uno de los cristianos. Bien pronto los fieles
comenzaron a fijarse en María para, como Ella, hacer de la propia
vida un culto a Dios, y de su culto un compromiso de vida. Ya en el
siglo IV, S. Ambrosio, hablando a los fieles, hacía votos para que
en cada uno de ellos estuviese el alma de María para glorificar a
Dios: "Que el alma de María está en cada uno para alabar al Señor;
que su espíritu está en cada uno para que se alegre en Dios" (Expositio
Evangelii secundum Lucam, II, 26: CSEL 32, IV, p. 55, S. Ch. 45, pp.
83-84.).
Pero María es, sobre todo, modelo de aquel culto
que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda a Dios: doctrina
antigua, perenne, que cada uno puede volver a escuchar poniendo
atención en la enseñanza de la Iglesia, pero también con el oído
atento a la voz de la Virgen cuando Ella, anticipando en sí misma la
estupenda petición de la oración dominical "Hágase tu voluntad" (Mt
6, 10), respondió al mensajero de Dios: "He aquí la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Y el "sí" de María
es para todos los cristianos una lección y un ejemplo para convertir
la obediencia a la voluntad del Padre, en camino y en medio de
santificación propia.
[Pablo VI, Exhortación Marialis Cultus, 17-21, 2
de Febrero de 1974].