Estamos lejos de la época en que se pensaba
dicotómicamente que la ciencia era neutra y que sólo la política, la
economía, o la ética tenían que ver con los asuntos relacionados con
los valores. En este momento vivimos una etapa de pensamiento "postmoderno",
es decir de un pensamiento (¿y también una sensibilidad?) que ha
hecho una severa crítica a la ciencia y sus pretensiones ingenuas de
objetividad. Estamos en una época en que de nuevo se vuelve a caer
en la cuenta de que la ética está por encima y es la que tiene que
guiar a la ciencia en su capacidad de servir a la humanización del
hombre.
Es posible que la ciencia brinde los medios y el
conocimiento para construir una estación aeroespacial, pero es la
ética la que juzgará si es lícito o no el usarla o el desarticularla.
La ciencia, -si quiere ser tal- es ciega pero no neutra. No es
neutra ni en los usos que se le pueda dar, ni en los medios que
utiliza para alcanzar su fin, que es el conocimiento. Desde la
física o la biología -en las que los mismos métodos de observación
que se usan "construyen" una realidad diferente según los que sean,-
hasta las ciencias de la comunicación social -en las que la forma de
presentar la noticia muchas veces deforma una "realidad" de acuerdo
a lo que le interesa al periodista-, es evidente que el riesgo de
manipular la realidad para los intereses valorativos del ser humano,
es un hecho que acecha permanentemente cualquier area del saber y de
la acción humana.
Estamos pues, en un mundo en el que cada vez se
hace más necesaria la clarificación de los dilemas éticos que
presenta la acción humana. El siglo XXI será probablemente el siglo
de la ética. Y eso, por múltiples factores.
Uno de ellos es que los avances de la bio-medicina,
especialmente de la tecnogenética, que introduce en la conducta del
hombre capacidades insospechadas de manipulación de la naturaleza
biológica y humana que hasta ahora no eran posibles. Si hasta el
momento la evolución de las especies se producía por mecanismos más
o menos naturales, ahora el hombre es capaz de romper esas barreras
e intervenir en las mismas leyes que gobiernan la evolución. ¿Vale
la pena que nos preguntemos por cual debe ser el límite adecuado
para esta intervención? ¿O seguiremos pensando que el valor absoluto
y por encima de todo es el avance del conocimiento por sí mismo? ¿Acaso
es "bueno" para el hombre que el conocimiento se convierta en un fin
en sí mismo, y ponga en riesgo otro valor -que a mi juicio es mucho
más importante-: la convivencia armónica entre los seres humanos?
Hace unos años nos parecían asuntos "teóricos" o propios de los
países desarrollados ciertos problemas éticos provocados por el
avance de la ciencia y de la tecnología. Ahora, el hecho de que
caiga lluvia ácida en un país subdesarrollado como el Uruguay o que
el Cuareim -uno de sus ríos más interiores- esté severísimamente
contaminado, no es ninguna novedad. Que un país haya desarrollado
tecnología para tener niños por fecundación in vitro no es ya
noticia porque estos procedimientos ya forman parte de los
tratamientos que se plantean normalmente a las parejas estériles.
Pronto será posible diagnosticar por medio del análisis cromosómico
de una muestra de sangre periférica, a costos accesibles a cualquier
madre, las características genéticas del niño que pocos días atrás
ha sido concebido.
Otro de los factores que ha llevado a revalorizar
la ética es la caída del sistema económico centralizado de los
países del este, y su sustitución por otro de mercado. El año 1989
va a pasar a la historia como pasó a ella la revolución bolchevique
de 1917 o la revolución francesa de 1789. Podría pensarse
ingenuamente que de ahora en adelante entramos en una era en que, el
precio fijado por la oferta y la demanda será lo único que determine
el verdadero "valor" de las cosas y de las acciones humanas. En la
práctica, la ética de la sociedad capitalista es "tanto tienes,
tanto vales".
No obstante, cada vez hay más conciencia de que
una economía dejada a sus solas fuerzas salvajes de oferta y demanda
termina construyendo o manteniendo horrendas diferencias sociales,
indignas de una humanidad que ha declarado en 1948 la igualdad de la
gran familia humana. El desafío que tiene la sociedad del siglo XXI
es la de introducir correctivos a la economía de tal manera que se
supere la insolidaridad y el egocentrismo para construir una
humanidad fraterna tal como ha sido afirmada por casi todos los
países del mundo en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Así, de nuevo caemos en la cuenta que una economía sin una ética se
hace ciega e inhumana. Sólo una toma de conciencia de que es el "sujeto"
humano el que tiene que asignar valor a las cosas y establecer los
criterios para distribuir los bienes escasos para beneficio de todos,
es lo que hará posible una convivencia humana sin nuevos "bloques"
que terminen siendo peores que los que se derribaron con el muro de
Berlín.
A diario recibimos información de cualquier canal
de televisión del mundo por medio de las antenas parabólicas y
podemos acceder a la base de datos de cualquier país por medio de la
informática o de los telefax. Un periodista con dos valijas
apropiadas puede trasmitir desde cualquier rincón de la tierra una
noticia que valga la pena ser conocida. Los problemas sociales,
éticos, políticos o religiosos de cualquier región de la tierra
tienen implicación en los demás. Pero ninguno de estos problemas se
podrán resolver si no se apela a la ética. El derecho no es más que
la positivación de los valores éticos. Pero las leyes no pueden
formularse sin una previa reflexión de la sociedad, que busque las
convergencias axiológicas sin discriminar las minorías de ningún
tipo. Por otra parte, ninguna legislación, código o constitución es
capaz de agotar en su positivación todos los dilemas éticos que se
plantean en la convivencia social. De ahí que cada vez sea más
necesaria una formación moral a todos los niveles de la sociedad.