Creo que va siendo hora de comenzar a ver en la
parábola del “Hijo Pródigo” una imagen maternal de Dios. El
trasfondo de la parábola aparece tan claro que solo un sentido tan
patriarcal de la sociedad y de la Iglesia durante tantos siglos nos
haya impedido descubrir este mensaje maravilloso.
Una vez más nos hemos quedado con letra y por
intereses o, ¡vete a saber por qué!, no hemos querido traspasar las
fronteras culturales y llegar a descubrir que el lenguaje de la
parábola en aquel momento era el único que podía ser para poder
presentar el mensaje insuperable de la misericordia sin límites por
parte de Dios. Nos ayudará a entenderlo un breve recorrido por la
narración tal y como nos la presenta el evangelista Lucas.
En el Israel del tiempo de Jesús, como en tantos
pueblos y países de hoy en día, la “Patria potestas” solamente la
tenía el padre de familia (el hombre = sexo masculino). Por tanto,
solamente él podía declarar heredero a un hijo o rechazarlo. De la
misma manera el hijo solamente podía dirigirse al padre para
reclamarle la herencia. Lo cual nos lleva a deducir que habría
resultado por parte de Jesús, a la vez que la gente no lo habría
entendido, el hecho de haber presentado la madre como la poseedora
de la herencia y que el hijo se hubiera dirigido a ella para
reclamársela.
“Todavía estaba lejos cuando el padre, al verle,
se compadeció y, corriendo, se arrojó a su cuello al tiempo que le
cubría a besos”. Si nos fijamos atentamente, nos daremos cuenta que
ésta es una actitud totalmente maternal (sexo femenino). Ello no
significa que un padre (sexo masculino) no sea capaz de compadecerse,
de abrazar y de besar, entre otras cosas, ¡solo faltaba! Pero en el
caso en la parábola, en un ambiente totalmente patriarcal que
predominaba, vuelvo a recordar, habría costado más y, en todo caso,
pienso que habría acabado cediendo una vez que la madre le hubiera
insistido y después de haber visto restablecido su sentido de
autoridad.
Una madre, en cambio, yo diría que casi nunca se
siente herida, por muy grave que sea la acción que le haya podido
hacer un hijo. Por tanto no resulta extraño que sea él (ella en el
caso que nos atañe) quien dé el primer paso y salga al encuentro del
hijo que vuelve. Haciéndolo además de manera totalmente gratuita,
sin pasársela por la cabeza el hecho de que él (ella) había sido
despreciado o herido anteriormente.
El fragmento que sigue corrobora aún más esta
visión femenina: “el vestido, el calzado, el anillo, etc.”. No es
que el vestido exterior no importara al padre respecto al hijo que
había vuelto, y más aún si tenemos en cuenta las circunstancias en
qué seguramente volvió. Pero la parábola no habla solamente de
vestirlo para salir del paso, sino de estética (“el vestido mejor,
la ropa mejor, la túnica más nueva”, según las diferentes
traducciones); todo ello más próximo, creo, al sentido femenino.
Pero existe un detalle muy importante por lo que
a la regeneración exterior del hijo pródigo se refiere: el anillo.
Aquel hijo necesitaba recobrar la dignidad, es decir, volver a
convertirse en hijo y diferenciarse de los criados. Creo que el
anillo en el dedo es quizás una de las maneras más visible de
manifestarlo. Cosa que solamente el padre (quien poseía la “patria
potestas”) podía hacerlo: recibiéndole en casa y convirtiéndole de
nuevo en heredero.
Jesús no podía significar este “restablecimiento”
si no era a través del padre (sexo masculino). Aunque el verdadero
restablecimiento ya se lo había concedido el padre (la madre) desde
el momento que le había recibido con los brazos abiertos.
Finalmente nos encontramos con la escena de la
celebración festiva y el rechazo por parte del hermano mayor. En
primer lugar, nos dice la parábola que “el padre salió suplicándole
que entrara”. Demasiado fuerte eso de “suplicar” por parte del padre
para una sociedad patriarcal como la de entonces. En cambio, esta
actitud estaría en perfecta sintonía con una madre que es capaz de
rebajarse hasta el extremo, si con ello consigue la paz familiar y
la reconciliación entre hermanos.
En cambio el último detalle, “Hijo mío, todo lo
que tengo es tuyo”, Jesús solo lo podía poner en boca de un padre,
porque es quien poseía la capacidad legal de los bienes. Detalle
éste que, como todos los anteriores, no debe ser utilizado para
desvirtuar o rechazar la perspectiva femenina de la parábola.