En el seno de la Iglesia católica hay, desde hace
tiempo, un deseo expresado por las mujeres de ser tenidas en cuenta
de manera seria. En el siglo XXI parece obvio que ya no se puede
decir que las mujeres sean un macho frustrado (Tomás de Aquino) ni
que su objetivo en la tierra sea el de proveerla de hijos. El
feminismo, que apareció de la mano de les primeras mujeres
universitarias europeas y norteamericanas, ha impregnado toda la
sociedad con ideas que les dan seguridad ante los infundios
estereotipados que durante siglos se han dicho de ellas. A causa de
este pensamiento misógino se han construido teorías nefastas para
las mujeres y se han avalado comportamientos masculinos que hoy en
día vemos que no están fundamentados de ninguna manera en el
Evangelio. Pensemos en frases como: el hombre es la cabeza de la
mujer; la mujer ha de estar sometida al marido, o el sacerdocio
ministerial esta esencialmente reservado a los hombres, etc. dichos
que reflejan más la conveniencia de mantener el control masculino
(clerical o laical) sobre la mujer que un pensamiento surgido de las
enseñanzas de Jesús. Hoy, mujeres católicas de todo el mundo
reclaman con insistencia a la jerarquía de la Iglesia poder formar
parte, como los hombres, del estamento eclesial. A menudo se afirma,
para demostrar la imposibilidad de ésta demanda, que la tradición
demuestra que nunca se ha dado un hecho así y por tanto la Iglesia
no se siente autorizada a admitir mujeres al sacerdocio ministerial
(J.P.II)
Pero resulta que investigaciones arqueológicas,
hechas por mujeres, demuestran que sí que ha habido mujeres que han
ejercido cargos importantes dentro de la Iglesia. Teresa Forcades
nos informa que en un estudio publicado el 1996 por Ute Eisen,
afirma que de las 2.000 inscripciones cristianas de los primeros
siglos de cristianismo revisadas por ella, 350 tienen como
protagonistas mujeres, cosa que significa el 17’5%. Están escritas
en griego o latín y son de los siglos II hasta el final de la época
bizantina e inicio de la Edad Media. La mayoría indican el nombre y
el título o cargo de la difunta. En el calendario del 2006, la
arqueóloga Dorothy Irvin presenta el mapa donde se han encontrado
las tumbas de estas mujeres que fueron obispos, diáconos o
presbíteras, con el nombre de cada una: Flavia, Basilisa, Artemidora,
Sophia, Apollonia, Epikto, Timothea, Phoebe, Leta, Kale, Veneranda,
etc. La revista Golias (Hors serie n.2 junio 2005) publica un
extenso reportaje sobre las mujeres que ejercían con autoridad en
las comunidades cristinas primitivas con un amplio estudio sobre los
restos arqueológicos que avalan su existencia: Presidían las
iglesias y en las lápidas funerarias encontradas al lado del nombre
aparecen nombrados sus cargos, epíscopa, diacono o presbítera. El
Concilio de Laodicea en el siglo IV y el Papa Gelasio I, siglo V,
aconsejaron no ordenar mujeres, lo cual demuestra que había obispos
que lo estaban haciendo.
Se ha celebrado en París (20 y 21 de Enero 2006)
un encuentro a nivel internacional que bajo el título Colloque
femmes prêtes, enjeux pour la société et por les Eglises, Coloquio
de mujeres presbíteras, retos para la sociedad y para las Iglesias.
El tema de las ordenaciones de mujeres se ha puesto de manera
descarada sobre la mesa después que algunas hayan sido ordenadas
dentro de la Iglesia católica. De momento tres de elles son obispos
que ordenan a otras mujeres.
Afirman que de manera consciente han transgredido
una ley que consideran injusta, no una ley divina, señalan, sino una
ley humana dictada por personas únicamente de sexo masculino. Si
creemos, aseguran, que hay una ley injusta es necesario buscar
estrategias efectivas para cambiarla. Patricia Fresen, ordenada en
Bellaterra (Barcelona) en el transcurso de la celebración del II
Sínodo Europeo de Mujeres (5, 10 d’agosto 2003) dice que no se trata
de una desobediencia profética sino más bien de una obediencia
profética que implica tomar partido por la justicia ante la
injusticia y la discriminación que existe dentro de la Iglesia que
continua considerando, siguiendo a san Agustín, que las mujeres son
intrínsecamente inferiores a los hombres. Esta manera de pensar esta
reflejada en la estructura de la Iglesia y reglamentada en el Código
de Derecho Canónico que, como todas las leyes, se puede modificar,
pero no se puede decir que esté fundamentada ni bíblicamente ni
teológicamente.
Las mujeres ordenadas hasta ahora manifiestan que
han sido llamadas porqué son Iglesia, Pueblo de Dios, y que siguen a
Jesús dentro de una comunidad de iguales. Geneviève Beney, ordenada
el mes de junio 2005, en Lyón, Francia, decía: yo no me he hecho
capellana yo misma, soy demasiado vieja. Me han llamado. Cristo
llama también a las mujeres a tomar la palabra.
Entrar a formar parte de la clerecía no es una
cuestión inocente. Hay el peligro, señala la obispo Fressen, de
comprometerse y hacerse cómplice de un sistema corrompido por el
abuso de poder de la clerecía sobre el laicado. Durante siglos las
mujeres han estado excluidas injustamente del sacerdocio, así pues
ordenar mujeres es restituirles aquello que es de justicia y les
corresponde porqué también la humanidad se expresa en las mujeres y
las mujeres también son responsables como miembros, no únicamente,
ni forzosamente, pasivas, de la marcha de la Iglesia en el mundo.
Efectivamente es necesario renovar la teología de los ministerios
pero no en función de los sexos sino en función de los servicios.
Pero las mujeres no han de esperar que los clérigos, cuando les
parezca oportuno o necesiten efectivos humanos, dispongan de las
mujeres, sino que desobedeciendo la injusticia establecida se dejen
llamar y puedan escoger libremente diciendo sí a la llamada que
sienten en su interior. El sacerdocio ministerial tiene que estar al
servicio del sacerdocio real de todo el Pueblo recibido en el
bautismo. Estamos viviendo una etapa nueva que invita a la reflexión
porque, como se puso de manifiesto, hay más de centenar de mujeres
preparadas con formación teológica y dispuestas a ponerse
inmediatamente al servicio de la comunidad.
Partimos de la idea ampliamente extendida de que
la mujer no puede ser icono de Cristo a causa de tener un sexo
distinto al de él. Jesús históricamente vivió su vida como verdadero
hombre. Pero fue glorificado por el hecho de formar parte de la
Trinidad de Dios. Jesús es Dios y Dios no es un ser sexuado. El
sacerdote no ha de representar a Cristo por su sexo sino por su
persona y como hemos visto la persona “Jesús” es Dios. Nunca un
varón, por digno que sea, estará a la altura de Dios solamente por
ser varón. No hay, por tanto, ninguna excusa para continuar diciendo
que solamente el varón, por indigno que sea, puede ser icono de
Cristo (Pablo VI) y representarle, porqué Cristo ya no es humano
sino divino. Si el sacerdote está “In persona Christi”, tan persona
es la mujer como el varón. Efectivamente para los protestantes el
sacerdote no es el icono de Cristo, simplemente preside la comunidad.
Parece evidente que la Iglesia, como la humanidad,
solamente puede ser verdaderamente fecunda si cuenta por igual con
el hombre y la mujer. Michèle Jeunet, religiosa de la comunidad de
Notre Dame du Cénacle, dijo que ama a la Iglesia porqué le ha dado
Cristo. El día que conoció a Cristo tuvo el impulso de ser capellana:
Doy gracias a la Congregación y estoy contenta porqué me permite
vivir una vida de apóstol y pastora. Añoro la vida religiosa y
pastoral que viven los hombres como los jesuitas o dominicos que
pueden ser religiosos y sacerdotes a la vez. Yo estoy disponible
para el ministerio presbiteral. Es un derecho que siento mío y que
reivindico. Ahora lo que me impide ser sacerdote es una ley
eclesiástica, no una ley divina. A la Iglesia católica, cuando dice
esto, le falta credibilidad.
Yvonne Bergeron afirmaba que la ordenación de las
mujeres es un reto muy importante que tiene la Iglesia y se pregunta
si la Iglesia católica considera determinante el partenariado
integral entre mujeres y hombres, ya que en la realidad no lo es;
decía: ¿Es que no hemos sido creadas iguales? Pero denuncia la
incoherencia del discurso sobre la igual dignidad de los humanos con
la práctica de la paradoxal discriminación de las mujeres. Alice
Gombault fue muy clara cuando dijo: no queremos un trozo del pastel.
Queremos otro pastel y queremos hacerlo con más ingredientes y
distintos para que salga un nuevo pastel al gusto de todos y todas.
Es necesario cambiar la teología de los ministerios. Esta es la
reflexión que tiene pendiente la Iglesia que va alargando el tiempo
sin afrontar de cara este reto urgente.