1. Me alegra encontrarme con vosotros en este año
de gracia, en el que Cristo nos llama con fuerza a una adhesión de
fe más convencida y a una profunda renovación de vida. Os agradezco
sobre todo el compromiso que habéis manifestado en los encuentros
espirituales y culturales que han caracterizado estas jornadas.
[...]
Sí, porque Cristo no es el signo de una vaga
dimensión religiosa, sino el lugar concreto en el que Dios hace
plenamente suya, en la persona del Hijo, nuestra humanidad. Con él
"el Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la parte y Dios
asume el rostro del hombre" (Fides et ratio, 12). Esta "kénosis" de
Dios, hasta el "escándalo" de la cruz (cf. Flp 2, 7), puede parecer
una locura para una razón orgullosa de sí. En realidad, es "fuerza
de Dios y sabiduría de Dios" (1 Co 1, 23-24) para cuantos se abren a
la sorpresa de su amor. Vosotros estáis aquí para dar testimonio de
él.
2. El tema de fondo sobre el que habéis
reflexionado, La universidad para un nuevo humanismo, encaja muy
bien en el redescubrimiento jubilar de la centralidad de Cristo. En
efecto, el acontecimiento de la Encarnación toca al hombre en
profundidad e ilumina sus raíces y su destino, y lo abre a una
esperanza que no defrauda. Como hombres de ciencia, os interrogáis
continuamente sobre el valor de la persona humana. Cada uno podría
decir, con el antiguo filósofo: "Busco al hombre".
Entre las numerosas respuestas dadas a esta
búsqueda fundamental, habéis acogido la respuesta de Cristo, que
brota de sus palabras pero, mucho más, brilla en su rostro. Ecce
homo: "he aquí el hombre" (Jn 19, 5). Pilato, mostrando a la
muchedumbre exaltada el rostro desfigurado de Cristo, no imaginaba
que se convertiría, en cierto sentido, en portavoz de una revelación.
Sin saberlo, señalaba al mundo a Cristo, en quien todo hombre puede
reconocer su raíz, y de quien todo hombre puede esperar su salvación.
Redemptor hominis: esta es la imagen de Cristo que, ya desde mi
primera encíclica, he querido "gritar" al mundo, y que este Año
jubilar quiere hacer resonar en las mentes y en los corazones.
3. Inspirándoos en Cristo, que revela el hombre
al hombre (cf. Gaudium et spes, 22), en los congresos celebrados
durante estos días habéis querido reafirmar la exigencia de una
cultura universitaria verdaderamente "humanística". Y, ante todo, en
el sentido de que la cultura debe ser a medida de la persona humana,
superando las tentaciones de un saber plegado al pragmatismo o
disperso en las infinitas expresiones de la erudición y, por tanto,
incapaz de dar sentido a la vida.
Por esta razón, habéis reafirmado que no existe
contradicción, sino más bien un nexo lógico, entre la libertad de la
investigación y el reconocimiento de la verdad, a la que tiende
precisamente la investigación, a pesar de los límites y las fatigas
del pensamiento humano. Hay que subrayar este aspecto, para no caer
en el clima relativista que insidia a gran parte de la cultura
actual. En realidad, si no está orientada hacia la verdad, que debe
buscar con actitud humilde, pero al mismo tiempo confiada, la
cultura está destinada a caer en lo efímero, abandonándose a la
volubilidad de las opiniones y, quizá, cediendo a la prepotencia, a
menudo engañosa, de los más fuertes.
Una cultura sin verdad no es una garantía para la
libertad, sino más bien un riesgo. Ya lo dije en otra ocasión: "las
exigencias de la verdad y la moralidad no menoscaban ni anulan
nuestra libertad, sino que, por el contrario, le permiten crecer y
la liberan de las amenazas que lleva en su interior" (Discurso a la
III asamblea general de la Iglesia italiana en Palermo, 23 de
noviembre de 1995, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 1 de diciembre de 1995, p. 7). En este sentido, sigue
siendo perentoria la advertencia de Cristo: "La verdad os hará
libres" (Jn 8, 32).
4. Arraigado en la perspectiva de la verdad, el
humanismo cristiano implica ante todo la apertura al Trascendente.
Aquí residen la verdad y la grandeza del hombre, la única criatura
del mundo visible capaz de tomar conciencia de sí, reconociéndose
envuelta por el misterio supremo al que la razón y la fe juntas dan
el nombre de Dios. Es necesario un humanismo en el que el horizonte
de la ciencia y el de la fe ya no estén en conflicto.
Sin embargo, no podemos contentarnos con un
acercamiento ambiguo, como el que favorece una cultura que duda de
la capacidad de la razón de alcanzar la verdad. Por este camino se
corre el riesgo del equívoco de una fe reducida al sentimiento, a la
emoción, al arte, en síntesis, una fe privada de todo fundamento
crítico. Pero esta no sería la fe cristiana, que, por el contrario,
exige una adhesión razonable y responsable a cuanto Dios ha revelado
en Cristo. La fe no brota de las cenizas de la razón. Os exhorto
vivamente a todos vosotros, hombres de la universidad, a realizar
todos los esfuerzos posibles para reconstruir un horizonte del saber
abierto a la Verdad y al Absoluto.
5. Sin embargo, debe quedar claro que esta
dimensión "vertical" del saber no implica ningún aislamiento
intimista; al contrario, se abre por su misma naturaleza a las
dimensiones de la creación. ¡No podía ser de otra forma! Al
reconocer al Creador, el hombre reconoce el valor de las criaturas.
Abriéndose al Verbo encarnado, acoge también todo lo que ha sido
hecho por él (cf. Jn 1, 3) y por él ha sido redimido. Por eso, es
necesario redescubrir el sentido original y escatológico de la
creación, respetándola en sus exigencias intrínsecas, pero, al mismo
tiempo, disfrutándola desde la libertad, responsabilidad,
creatividad, alegría, "descanso" y contemplación.
Como nos lo recuerda una espléndida página del
concilio Vaticano II, "gozando de las criaturas con pobreza y
libertad de espíritu, (el hombre) entra en la verdadera posesión del
mundo como quien no tiene nada y lo posee todo. "Pues todas las
cosas son vuestras, vosotros de Cristo, Cristo de Dios" (1 Co 3,
22-23)" (Gaudium et spes, 37).
Hoy la más atenta reflexión epistemológica
reconoce la necesidad de que las ciencias del hombre y las de la
naturaleza vuelvan a encontrarse, para que el saber recupere una
inspiración profundamente unitaria. El progreso de las ciencias y de
las tecnologías pone hoy en las manos del hombre posibilidades
magníficas, pero también terribles. La conciencia de los límites de
la ciencia, considerando las exigencias morales, no es oscurantismo,
sino salvaguardia de una investigación digna del hombre y al
servicio de la vida.
Amadísimos hombres de la investigación
científica, haced que las universidades se transformen en
"laboratorios culturales" en los que dialoguen constructivamente la
teología, la filosofía, las ciencias humanas y las ciencias de la
naturaleza, considerando la norma moral como una exigencia
intrínseca de la investigación y condición de su pleno valor en el
acercamiento a la verdad.
6. El saber iluminado por la fe, en vez de
alejarse de los ámbitos de la vida diaria, está presente en ellos
con toda la fuerza de la esperanza y de la profecía. El humanismo
que deseamos promueve una visión de la sociedad centrada en la
persona humana y en sus derechos inalienables, en los valores de la
justicia y de la paz, en una correcta relación entre personas,
sociedad y Estado, y en la lógica de la solidaridad y de la
subsidiariedad. Es un humanismo capaz de infundir un alma al mismo
progreso económico, para "promover a todos los hombres y a todo el
hombre" (Populorum progressio, 14; cf. Sollicitudo rei socialis,
30).
En particular, es urgente que trabajemos para
salvaguardar plenamente el verdadero sentido de la democracia,
auténtica conquista de la cultura. En efecto, sobre este tema se
perfilan tendencias preocupantes, cuando se reduce la democracia a
un hecho puramente de procedimiento, o cuando se piensa que la
voluntad expresada por la mayoría basta simplemente para determinar
la aceptabilidad moral de una ley.
En realidad, "el valor de la democracia se
mantiene o cae con los valores que encarna y promueve. (...) En la
base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles "mayorías"
de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva
que, en cuanto "ley natural" inscrita en el corazón del hombre, es
punto de referencia normativa de la misma ley civil" (Evangelium
vitae, 70).
7. Queridísimos profesores, también la
universidad, al igual que otras instituciones, experimenta las
dificultades de la hora actual. Y, sin embargo, sigue siendo
insustituible para la cultura, con tal de que no extravíe su
originaria figura de institución entregada a la investigación y, al
mismo tiempo, a una función formativa vital y, diría, "educativa",
en beneficio sobre todo de las jóvenes generaciones. Hay que poner
esta función en el centro de las reformas y de las adaptaciones que
también esta antigua institución puede necesitar para adecuarse a
los tiempos.
Con su valor humanístico, la fe cristiana puede
ofrecer una contribución original a la vida de la universidad y a su
tarea educativa, en la medida en que se dé testimonio de ella con
fuerza de pensamiento y coherencia de vida, mediante un diálogo
crítico y constructivo con cuantos promueven una inspiración diversa.
Espero que esta perspectiva se profundice también en los encuentros
mundiales en los que participarán próximamente los rectores, los
dirigentes administrativos de las universidades, los capellanes
universitarios y los mismos alumnos en su foro internacional.
8. Ilustrísimos profesores, en el Evangelio se
funda una concepción del mundo y del hombre que no deja de irradiar
valores culturales, humanísticos y éticos para una correcta visión
de la vida y de la historia. Estad profundamente convencidos de esto,
y convertidlo en criterio de vuestro compromiso.
La Iglesia, que ha desempeñado históricamente un
papel de primer orden en el mismo nacimiento de las universidades,
sigue mirándolas con profundo aprecio, y espera de vosotros una
contribución decisiva para que esta institución entre en el nuevo
milenio reencontrándose plenamente a sí misma como lugar donde se
desarrollan de modo cualificado la apertura al saber, la pasión por
la verdad y el interés por el futuro del hombre. Ojalá que este
encuentro jubilar deje dentro de cada uno de vosotros un signo
indeleble y os infunda nuevo vigor para esta ardua tarea.
Con este deseo, en nombre de Cristo, Señor de la
historia y Redentor del hombre, os imparto a todos con gran afecto
la bendición apostólica.
[Juan Pablo II, Jubileo de los Universitarios, 9
de Septiembre de 2000].