Esta parábola nos enfrenta con el juicio humano y
divino. El fariseo penetra en el templo y ocupa su puesto delante de
Dios. Sabe que tiene derecho a hacerlo así ¿no está su conducta
definida en todos los detalles por la ley que Dios mismo dio a su
pueblo -por no hablar de las innumerables normas que los ancianos y
los fariseos habían deducido de ella y que habían establecido como
piedra de toque de la piedad? El dominio de Dios es su propio
dominio; pertenece a él, reivindica los derechos de Dios y Dios
reivindicará los suyos. El dominio de Dios es su ley, y el hombre
que la obedece, que la amplía, es ciertamente recto.
Está dentro de la visión formal de las cosas del
Antiguo Testamento; la ley, en el Antiguo Testamento, si se la
obedece, puede hacer justo al hombre dentro de los términos de la
alianza. Una cosa que la ley no podía dar era la vida eterna, porque
la vida eterna es conocer a Dios y a aquel que él envió, Jesucristo
(Juan 17, 3); pero no desde fuera, como el fariseo le conocía a él,
el legislador omnipotente, sino dentro de la relación íntima de una
vida común («Vosotros en mí y yo en vosotros», Juan 14,20). El
fariseo lo sabe todo sobre la acción, pero no sabe nada sobre el
ser. En su vida entera de justicia hay una cosa con la que jamás se
ha tropezado, que nunca ha percibido: que entre Dios y él puede
existir una relación de amor mutuo.
El jamás la buscó ni se encontró nunca con el
Dios de Isaías, cuya santidad es tal, que delante de él toda nuestra
justicia es como un árbol derribado por un huracán. Cree que entre
Dios y su criatura existe una relación que está fijada, fosilizada y
es inmutable. Jamás ha descubierta en las Escrituras la historia de
amor de Dios y el mundo que él ha creado y al que amó tanto que
habría de darle a su Hijo unigénito para que pudiera salvarse. Vive
dentro de una alianza que él toma por un contrato, sin relación
alguna. De Dios conoce la ley, no la persona. Carece de términos de
referencia que le condenen; es justo, frío, muerto.
¿No nos reconocemos a nosotros mismos en este
cuadro, y también a otros y a grupos humanos enteros? Hay una breve
estrofa que expone esto admirablemente:
Nosotros somos la minoría predilecta y escogida,
Aún quedan mansiones en el infierno para vosotros, Nosotros no
deseamos que nuestro cielo esté atestado.
En cambio, el publicano sabe que es malo, porque
tanto la ley de Dios como el juicio de los hombres están en contra
de él. Él viola la ley de Dios, se sirve de ella y la maneja para su
propio provecho.
Quebranta, solapada o arrogantemente, según las
circunstancias, las leyes de los hombres y se sirve de ellas en
beneficio propio; por eso es despreciado y odiado por los hombres.
Por eso cuando va, no se atreve a traspasar la entrada del templo,
porque el templo es el lugar de la presencia y él no tiene derecho;
evita entrar en la presencia de Dios. Se detiene entonces y
contempla aquel espacio sagrado que se extiende delante de él, que
parece transmitir la inmensidad de Dios y la infinita distancia que
hay entre él y la santidad: Dios. Este templo es tan grande como la
Presencia misma, y tan aterrador, tan trágico como el juicio, que
significa el enfrentamiento entre el pecado y la santidad.
Y de esta experiencia humana dura y cruel surge
la oración insondablemente profunda y auténtica: «Dios mío, ten
misericordia de mí, que soy un pecador.» ¿Qué ha aprendido él de la
vida? Sabe que dondequiera que se aplica la ley sin mitigación, allí
hay sufrimiento; que bajo el imperio ilimitado de la ley no hay
misericordia. Es la ley que él usa y de la que abusa para coger en
trampa a sus deudores, para arrinconar a sus víctimas; la ley que
astutamente manejada le justificará a él cuando envíe a la cárcel a
sus deudores insolventes; esa ley con cuyo poder puede contar para
acumular riquezas y posesiones, inhumanamente y sin compasión.
Y, sin embargo, su misma experiencia humana le ha
enseñado algo distinto, completamente ilógico, abiertamente
contrario a su visión de la vida. Recuerda momentos de su vida y de
la vida de los otros tan crueles y sin compasión como él mismo,
cuando quizás, armado con todo el poder de la ley, se enfrenta con
la miseria y el terror que ha infligido a una familia, con el
sufrimiento de una madre, con las lágrimas de un niño, y en el mismo
momento en que todo es suyo, con pasmado asombro de sus socios, a
pesar de la ley, a pesar de la lógica inhumana de su raza, detiene
su mano, mira alrededor en silencio, sonríe quizás triste o
amablemente y dice: «Dejadlos.»
Quizás sepa también que su vida ha sido salvada
de la ruina o la bancarrota, de la cárcel o la ignominia por un
gesto absurdo y extraño de camaradería, de generosidad o compasión,
y que semejantes acciones ponen límites a la ley de la jungla inicua
que era su mundo. Algo en él ha rebasado los confines de su rigidez;
esos gestos de compasión o de solidaridad son la única esperanza en
un mundo de maldad. Por eso, permaneciendo fuera, a la entrada del
templo en el que no puede penetrar, porque dentro reina la ley y la
justicia tiene su asiento, porque su sentencia está escrita en el
corazón de las cosas, a la puerta, pide misericordia. No demanda
justicia; la justicia le hubiera condenado. En el siglo VI, el gran
asceta san Isaac el Sirio escribió: «No digáis nunca que Dios es
justo. Si fuera justo, estaríais en el infierno. Contad sólo con su
injusticia, que es misericordia, amor y perdón».
Tal es la situación del publicano y lo que había
aprendido sobre la vida. ¡Cuánto podemos aprender nosotros de él! ¿Por
qué no, como él, con conciencia oscura o clara de nuestro estado de
pecado, permanecemos humilde y pacientemente a la entrada? ¿Podemos
exigir el derecho de ver a Dios cara a cara? ¿Tenemos algún puesto,
como si estuviéramos en el reino de Dios? Si él escoge venir a
nosotros, como lo hizo en la encarnación, en los días de su vida en
la carne y a través de la historia humana, para salir a nuestro
encuentro como Salvador y Redentor, caigamos a sus pies con
admiración y gratitud. Entretanto, permanezcamos a la puerta y
digamos al Señor: «Si tú, Señor, retienes los pecados, ¿quién podrá
subsistir? Señor, recíbeme en el reino de tu gracia, y no en el de
la justicia y la retribución.»
Sin embargo, nosotros hacemos imposible esta
acción de gracias volviendo a la ley, convirtiéndonos en fariseos;
no porque emulemos su adusta y costosa fidelidad a la ley de Dios y
a las reglas de los mayores, sino participando de su mentalidad
vacía de esperanza y de caridad. El fariseo al menos era recto según
la ley; nosotros ni siquiera somos eso, aunque nos suponemos dignos
de ocupar un puesto delante de Dios. Si al menos nos detuviéramos
ante la puerta y llamáramos humildemente, tímidamente, esperando la
invitación a entrar, podríamos descubrir con admiración y asombro
que del otro lado hay también Alguien llamando: «Mira que estoy a la
puerta y llamo», dice el Señor (Apocalipsis 3,20).
Podríamos descubrir que por su lado la puerta
está sin cerrar; es por nuestro lado donde está cerrada; es nuestro
corazón el que está sellado y, ¡ay!, tan mezquino, tan sin ganas de
aceptar el riesgo de desentenderse de la ley y de entrar en el reino
del amor, donde todo es tan frágil y tan inconquistable como el amor
y la vida misma. Pero Dios sigue llamando con esperanza, con
insistencia, con paciencia, incesantemente, por medio de la gente,
de las circunstancias y de la voz silenciosa y débil de nuestra
conciencia, como llama el mendigo a la puerta del rico; porque
habiendo escogido ser pobre, espera que nuestro amor y nuestra
caridad quieran abrirle un corazón auténtico y humano. Y lo que él
necesita para entrar y cenar con nosotros es que desechemos nuestro
corazón de piedra y adquiramos un corazón de carne (Ezequiel ll,l9);
lo que él nos ofrece es perdón y libertad.
Él busca en nosotros un encuentro. Este tema del
encuentro es central en la experiencia del mundo cristiano, y es
también la base de toda la historia de la salvación, de toda la
historia humana. Es el centro de la buena nueva del Nuevo Testamento.
En el Antiguo Testamento ver a Dios era morir; en el Nuevo
Testamento encontrarse con Dios es vivir. El mundo cristiano hoy
está llegando a una comprensión cada vez más clara de que todo el
Evangelio puede concebirse y debe experimentarse y vivirse como un
encuentro siempre renovado, que abarca al mismo tiempo la salvación
y el juicio.
Precisamente antes del relato del Nuevo
Testamento, el primer acto de creación de Dios es un encuentro,
querido por Dios, llamado por Dios a la existencia; todo el mundo
creado emerge de la nada, y con un sentimiento de admiración
primordial descubre a la vez al Creador, al Dios vivo, al Dador de
la vida, y a cada una de sus criaturas y de sus obras. ¡Qué
admiración! ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Aquí comienza el proceso
de transformación, que un día habrá de llevarnos a aquella
abundancia de vida que describe san Pablo diciendo: «Dios será todo
en todas las cosas», cuando seamos, como dice san Pedro, «participantes
de la divina naturaleza» y participemos de la naturaleza de Dios.
Primer encuentro, que es el primer paso en el
camino que ha de conducirnos a un último encuentro, no meramente
cara a cara, sino en comunión; una comunión de vida, una unión
perfecta y milagrosa que es nuestra plenitud. Y cuando el hombre
volvió la espalda a su Creador, cuando se encontró solo y huérfano
en un mundo que había traicionado traicionando a Dios y olvidando su
llamada, el misterio del encuentro continuó, pero de una manera
nueva; Dios envió a sus profetas, a sus santos, a sus ángeles y a
sus jueces para recordarnos el camino que habría de devolvernos a él
y a nosotros mismos.
Y cuando todas estas cosas estaban preparadas,
tuvo lugar el encuentro principal, el encuentro por excelencia, el
gran encuentro, a través de la encarnación, cuando el Hijo de Dios
se transforma en el Hijo del hombre; la palabra se hace carne, la
plenitud de Dios se revela a través de la materia misma. Encuentro
universal y cósmico, a través del cual la historia humana y la
totalidad del cosmos son potencialmente colmados.
Dios se hizo hombre, habitó en medio de nosotros;
pudo ser visto, percibido por los sentidos humanos, tocado. Curó.
Las palabras que ahora leemos y repetimos fueron dichas por él y dio
vida a la gente. Una vida nueva, una vida eterna. Y en torno a él se
encontraron hombres, mujeres y niños unos con otros de una manera
que jamás habían experimentado, que jamás antes habían soñado. Se
habían visto antes unos a otros; pero en presencia del Dios vivo se
habían descubierto como nunca antes se habían conocido.
Y este encuentro, que es al mismo tiempo juicio y
salvación, prosigue de siglo en siglo. Como al principio, estamos en
presencia de nuestro Dios. Como en tiempo de Cristo, estamos frente
a frente de un Dios que quiso hacerse hombre, y como antaño, día
tras día, los seres humanos se encuentran frente a frente de una
manera completamente nueva después de haber reconocido en Jesús de
Nazaret al Hijo de Dios y, a través de él, de haber visto al Padre.
Este encuentro tiene lugar siempre, pero nuestra conciencia es tan
oscura, que olvidamos su significado, sus inconmensurables
posibilidades y también lo que reclama de nosotros.
Un verdadero encuentro rara vez se experimenta,
si le damos su pleno significado. Los caminos de la gente se cruzan,
se enfrentan los unos a los otros. ¿Cuántos pasan junto a nosotros
en el curso de un solo día sin que los veamos? ¿Y cuántos son los
que miramos sin verlos, aquellos a los que ni siquiera dirigimos una
mirada, una palabra o una sonrisa? Y, sin embargo, cada una de esas
personas era una presencia, una imagen del Dios vivo, la cual puede
Dios habernos enviado con un mensaje o recibir un mensaje de Dios a
través de nosotros, mediante una palabra, un gesto, una mirada de
reconocimiento, de compasión, de comprensión.
Hemos de aprender a mirar y a ver; a mirar
atentamente, reflexivamente, captando en los rasgos de una cara, en
su expresión, el mensaje de un semblante y de unos ojos. Hemos de
aprender cada uno de nosotros, y también en nuestros grupos humanos
sociales, políticos, raciales y nacionales, a vernos unos a otros en
profundidad, mirando pacientemente, tanto como sea necesario, a fin
de ver quién es el que está delante de nosotros.
Todos nosotros pertenecemos a comunidades humanas
que han estado separadas u opuestas entre sí durante siglos. Durante
cientos de años a veces hemos vuelto la espalda, rehusando mirarnos
unos a otros a los ojos, trasladándonos incluso más lejos aparte.
Luego nos hemos parado; nos hemos vuelto para ver a aquel que había
sido nuestro hermano y que se ha convertido en un extraño, e incluso
en un enemigo. Pero nos encontrábamos ya demasiado lejos para poder
distinguir sus rasgos, y mucho menos para poder ver la imagen de
Dios en él. Así es como el fariseo veía al publicano, como las
naciones ven a las naciones, las clases a las clases, las iglesias a
las iglesias, los individuos a los individuos.
Hemos de comenzar una verdadera peregrinación,
una larga peregrinación. Estamos bastante cerca ahora para poder
mirarnos directamente a los ojos, llegando más allá de la mirada,
hasta lo profundo de unos corazones vivos, observando los
pensamientos, valorando los hechos, sacando de todas estas
percepciones recientemente adquiridas conclusiones atentas y
cuidadosas respecto a lo que piensan, intentan o quieren otros
hombres que no menos que nosotros deseaban comprender y cumplir la
voluntad de Dios. Es demasiado fácil ver en los otros lo que nos
repugna, lo que nos hace extraños a ellos. Es fácil no ver en
aquellos que están de nuestro lado otra cosa que las cualidades más
atractivas.
Mas, ¡cuán difícil es ser justo! Normalmente
concebimos la justicia como atribución o retribución, como concesión
de lo que a cada uno se le debe; pero la justicia va más allá y
exige más, mucho más, de nosotros. Comienza en el momento en que veo
a mi prójimo, individual o colectivo, como diferente de mí, a veces
irreductiblemente diferente, y re conociendo su pleno derecho a ser
así; en el momento en que acepto el hecho de que es él mismo y no
tiene razón alguna para ser meramente una réplica de mí.
Es criatura de Dios tanto como lo soy yo; fue
hecho no a imagen mía, sino a la de Dios. Está llamado a ser
semejanza de Dios, no a ser semejanza mía; y si me parece que está
muy lejos de ser parecido y semejante a Dios, si se me antoja una
caricatura repulsiva y no una imagen de Dios, ¿no tiene él tanto
motivo para verme a mí igualmente? En realidad, todos somos muy
deformes, y también muy miserables, y debiéramos mirarnos
compasivamente los unos a los otros.
Pero afirmar este acto básico de justicia está
cargado de riesgo y de peligro. Peligros físicos primeramente;
aceptar a los que nos aman de una manera positiva, sin ser
interiormente destruidos y dejándoles con la responsabilidad de
nuestra ruina, es bastante difícil; pero aceptar la existencia de un
adversario, de alguien que nos niega y rechaza, del que desearía
borrarnos de la existencia, es un acto de justicia muy costoso. Sin
embargo, es preciso realizarlo; y esto sólo puede hacerlo la caridad,
aquella caridad -y permítaseme recordar que caridad es afín a estima,
no a dar una limosna de mala gana- que encuentra su expresi6n última,
después de la última cena, en el jardín del monte de los Olivos y en
la cruz de Cristo.
Reconocer el derecho de otro hombre a ser él
mismo, no a parecerse a mí, es el acto fundamental de justicia, el
único que nos permitirá mirar a un hombre sin intentar vernos y
reconocernos a nosotros mismos en él, sino reconocerle a él y mas
allá y dentro de él discernir la imagen del Señor. Pero esto puede
ser más peligroso de lo que suponemos, cuando ese reconocimiento
pone en peligro nuestra propia existencia o nuestra integridad. Daré
un ejemplo de ello. Durante la revolución rusa fue encarcelada una
mujer joven. Siguieron días de solitario confinamiento y noches de
interrogatorio. Durante una de estas noches sintió que le fallaban
las fuerzas, su fortaleza y su disposición a pasar por la prueba se
iban debilitando, y de repente experimentó que el odio y la ira
brotaban de su corazón.
Deseaba fijar la mirada en su interrogador,
desafiarle con toda la violencia que podía mostrar para romper la
serie de aquellas noches de tortura interminables y sin esperanza,
aunque tuviera que morir por ello. De hecho le miró, pero no dijo
nada, porque al otro lado de la mesa vio a un hombre tan
completamente exhausto como lo estaba ella, desesperado, pálido, con
la misma expresión de desesperación y desgracia en su rostro, y de
repente se dio cuenta de que, propiamente hablando, no eran enemigos.
Estaban sentados en lados contrarios de la mesa,
se encontraban en una tensión irreconciliable y opuestos; sin
embargo, ambos estaban cautivos de la misma tragedia histórica,
cogidos en el mismo torbellino de la historia, que había lanzado a
una en una dirección y a otro en otra; ninguno era libre, ambos eran
víctimas. Y en aquel momento se dio cuenta, porque vio en el otro
hombre una víctima igual que ella misma, que también él era un ser
humano una víctima igual que ella misma, y no una simple función. No
era un enemigo, era un semejante, cogido juntamente con ella,
inseparable de ella, en la tragedia. Le sonrió al hombre. Aquello
era el acto de reconocimiento que es la justicia esencial.
Pero no basta mirar y ver; hemos también de
aprender a escuchar a fin de oír. Con mucha frecuencia ocurre que en
la conversación, cuando las opiniones difieren o chocan -mientras
nuestro interlocutor está intentando hacernos comprender sus puntos
de vista, abriéndonos su corazón, permitiéndonos el acceso a
reconditeces secretas y con frecuencia sagradas de su mente-, en
lugaR de escuchar lo que dice, entresacamos de sus palabras materia
suficiente para aprestarnos a contradecirle en el momento en que
guarda silencio (si es que podemos esperar hasta entonces). Eso es
lo que erróneamente llamamos diálogo; el uno habla y el otro no
escucha. Y después del primer turno, cambia uno de sitio, de suerte
que al final cada uno ha hablado y ninguno ha escuchado.
Así pues, escuchar es un arte que hemos de
aprender. No son palabras que hemos de oír y juzgar en su
significado literal; ni solamente frases que hemos de reconocer
porque nosotros mismos las usamos. Hemos de escuchar con tal
discernimiento, que podemos sorprender en una frase, frecuentemente
inadecuada, el resplandor evanescente de la verdad, de una verdad
que lucha por expresarse, aunque sea oscuramente, aunque sea a
tientas; la verdad de un corazón que se esfuerza por hacernos
conocedores de sus tesoros y de su agonía. ¡Ay!, con demasiada
frecuencia nos damos por satisfechos con oír simples palabras, y a
ellas dirigimos nuestra respuesta. Si hubiéramos aceptado el riesgo
de hacer más, de estar atentos al tono de la voz, hubiéramos podido
descubrir que las palabras más simples estaban cargadas de angustia;
entonces nos hubiéramos sentido moralmente obligados a responder a
esta angustia con compasión, caridad y compromiso. Mas, ¡cuán
peligroso es esto! Y por eso escogemos escuchar las palabras y no
responder más que a ellas; permanecemos sordos al espíritu; y, sin
embargo, «la letra mata, sólo el espíritu vivifica».
¿Qué hemos entonces de hacer si deseamos aprender
a ver y a oír? La primera condición se ha establecido arriba: hemos
de reconocer y aceptar la alteridad del otro; el otro es diferente
de mí y está justificado para serlo; yo no tengo derecho a darme por
ofendido o a esperar que se haga semejante a mí. Mas para verle tal
como es, he de acercarme lo bastante a fin de discernir todo lo que
hay que ver; pero no tanto que no vea ya «el bosque a causa de los
árboles».
Una imagen puede ayudarnos a comprender esto.
Cuando deseamos ver una estatua nos colocamos a una determinada
distancia de ella. Esta distancia no es la misma para todos;
dependerá de si vemos bien o no, de si somos miopes o présbites,
pero cada persona ha de encontrar ese punto del espacio que le
permitirá, y puede que solamente a él, ver mejor tanto la totalidad
como cada detalle característico, el punto de equilibrio entre
lejanía y cercanía. Si la distancia aumenta, no veremos ya una
estatua, sino un bloque de piedra que se volverá cada vez más
informe según nos apartamos de él. Si, por el contrario, nos
acercamos demasiado, los detalles adquirirán un relieve indebido, y
según nos vamos acercando se desvanecerán también, no dejando otra
cosa que la estructura de la piedra, En ambos casos, no quedará nada
del mensaje que la estatua había de transmitirnos.
De manera similar hemos de aprender a vernos unos
a otros: a estar lo suficientemente alejados, a distanciarnos
bastante para estar libres de reacciones irracionales y egoístas, de
prejuicios, de todos los errores de juicio que acompañan a la
confusión emocional; y, sin embargo, lo suficientemente cerca para
sentirnos aludidos, responsables, comprometidos. Esto requerirá un
esfuerzo de voluntad y de auténtica abnegación propia. Es fácil
relacionarse de una manera armónica con una estatua. Mucho más
difícil es distanciarnos de una persona a la que amamos o acercarnos
a alguien que nos repugna. Para hacer esto, conquistar temor y deseo
a la vez, hemos de desprendernos de nuestro egoísmo, olvidarnos de
ver todas las cosas como si nosotros fuéramos el centro del mundo.
Hemos de aprender a ver las cosas de una manera
objetiva, como hechos que podemos admitir e investigar sin preguntar
primero: ¿cómo la persona o esta circunstancia me afecta a mí, a mi
bienestar, a mi misma existencia?; a ser de tal forma desapasionados,
que podamos ver a través de las apariencias y a pesar de la
evidencia material, en profundidad, como lo hacia Cristo; recordemos
la vocación de Mateo, el despreciado recaudador de impuestos. ¡Cuán
diferente es el proceder de Cristo de nuestro propio y horrible don
de ver, a través de capas de transparencia y de translucidez y de
luz, la equívoca claridad de la imperfección humana o las tinieblas
de un caos interno todavía sin iluminar, pero rico. ¡No nos damos
por satisfechos con juzgar las acciones sin conceder a la gente el
beneficio de la duda; preguntamos incluso por sus motivos,
sospechamos de sus intenciones en lugar de «creer en todas las cosas,
de esperar en todas las cosas».
Hemos de proceder sin contemplaciones contra esta
tendencia que tenemos a juzgarlo todo desde el punto de visto de
nuestro pequeño yo. El primer paso en el camino hacia el reino lo
define Cristo como «negación de sí mismo». Podemos expresarlo en
términos más ásperos: cuando vemos que una vez más, en lugar de ver
u oír a alguien, nos encerramos en nosotros mismos, hemos de atacar
este «yo» intruso y gritar con rabia: «¡Quítateme de delante,
Satanás (Satanás en hebreo significa adversario), porque no tienes
gusto de las cosas que son de Dios. Lejos de mi camino, que estoy
cansado de ver tu cara.»
El publicano sabía que era malo a los ojos de
Dios y ante el juicio de los hombres; instintivamente sabía apartar
la mirada de sí mismo, porque era poco motivo de gozo entregarse a
la contemplación de la propia fealdad. El fariseo podía mirarse con
complacencia porque, al menos en su pensamiento, la justicia y su
persona coincidían exactamente y veía la ley de Dios perfectamente
reflejada en su vida. Podía deleitarse con toda sinceridad en esta
visión y maravillarse de la perfecta realización de la divina
sabiduría que creía ser él. Piadoso lector, no te apresures a reírte
de él o a expresar tu justa indignación. Pregúntate a ti mismo si
eres tan diferente de él; tú, el buen eclesiástico, tú el ciudadano
observante, tú el miembro respetuoso de tu convencional sociedad.
Verse a sí mismo como el «adversario», como lo
único que le cierra el paso a Dios, cuesta más que un pensamiento
pasajero; esta clase de conocimiento se adquiere a través de un
esfuerzo osado y generoso: «Derramad vuestra sangre y Dios os dará
su Espíritu», dice uno de los padres del yermo. Sin embargo, éste es
exactamente el modo de proceder Dios con nosotros: él quiso traernos
a la existencia. Nos creó con todo el esplendor de la inocencia y la
pureza, y cuando hubimos traicionado a ambas y a todo el mundo
creado, cuando perdimos nuestra propia vocación, le volvimos la
espalda y alevosamente entregamos la creación al «poder del príncipe
de este mundo», él aceptó la nueva situación, nos aceptó tal como
nos habíamos vuelto, y al mundo tal como lo habíamos deformado.
Se hizo él hombre para ser el Cristo crucificado,
rechazado por los hombres, porque se puso del lado de Dios; y toleró
el abandono de la cruz, porque se puso del lado del hombre. Así es
como respondió Dios al reto del hombre; nos aceptó en un acto de
justicia que estaba infinitamente lejos de nuestra idea de la
retribución, proclamó nuestro derecho a ser nosotros mismos; pero,
sabiendo lo insensato que era por nuestra parte escoger la muerte en
lugar de la vida, a Satanás en vez de a él, optó por transformarse
en un hombre entre los hombres para que pudiéramos llegar a ser
dioses, por injertarnos en la vid viva, en el olivo vivo (Romanos 11
, 1 6).
Él, además, sabía escuchar. Vemos a través de los
Evangelios cómo escucha Cristo, cómo ve, cómo espía y descubre entre
la multitud a aquel que le necesita o que está dispuesto a responder
a su llamada. Vemos cuán perfectamente se compromete a sí mismo y
acepta el abandono total, el terrible abandono de la crucifixión, de
nuestra muerte. Y asimismo cuán libre permanece, cuán soberano,
siempre él mismo, cualesquiera que sean las tensiones, las
exigencias, los riesgos y el precio, proclamando sin miedo la
exigencia absoluta de Dios sobre nosotros: que hemos de vivir y
estar poseídos por la vida eterna.
No pasemos por alto el hecho de que Cristo nos
conoce a cada uno de nosotros y nos acepta tal como somos, y paga el
precio de nuestras acciones, a fin de abrirnos las puertas de la
vida eterna. Él dijo a sus discípulos en la última cena: «Ejemplo os
he dado para que, como yo he hecho con vosotros, también vosotros lo
hagáis» (Juan 13, 15). ¿No es ésta la primera cosa que hemos de
hacer? ¿No hemos de escuchar al Apóstol, que nos exhorta a «recibirnos
unos a otros como Cristo nos recibió? El fariseo podría haber mirado
al publicano en presencia de Dios y, viéndose a sí mismo condenado,
podría haber descubierto un hermano en el hombre que así despreciaba.
Pero era incapaz de semejante encuentro con Dios; ¿cómo podía él
temer, cómo podía ver al otro, reconocer a su prójimo y la imagen de
Dios en él, cuando no tenía visión alguna de Dios, el Arquetipo?
De vez en cuando vemos y reconocemos a algún otro
en un momento revelador de desgracia o de alegría; pero, como el
fariseo, transponemos el umbral, nuestra percepción se enturbia, y
cuando nos encontramos con el hermano o la hermana que hemos
reconocido, de nuevo vemos a un extraño, destruyendo todas sus
esperanzas. Qué abismo de diferencia en la mente de san Pablo: «siento
gran tristeza, profundo dolor en mi corazón. Hasta desearía yo mismo
ser anatema, ser separado de Cristo en bien de mis hermanos» para
que todo Israel se salvara.