1.-
Felicitación desde el misterio de Belén
Las fiestas de Navidad nos ofrecen la ocasión de
expresarnos mutuamente la amistad y el afecto, los deseos de
felicidad y de paz. Por mi parte no encuentro palabras más acertadas
que las utilizadas por la celebración eucarística del día 1 de enero:
"El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te
conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz" (Núm
6, 24- 46.)
Si el tiempo litúrgico del Adviento es sinónimo
de esperanza en el retorno glorioso del Señor que nos ha visitado
viniendo de lo alto (cf. Lc.1,78) y que diariamente llama a nuestras
puertas, Navidad es ante todo encuentro con Jesús, el Salvador del
mundo, nacido en Belén. Tanto la esperanza como el encuentro tienen
un rostro personal y un nombre concreto, el de Jesús, el Mesías, el
Señor.
A partir de ese foco de luz todo queda iluminado:
El trabajo por la paz tan difícil en nuestra sociedad y en el mundo,
la justicia y el amor como fundamento de la paz, la fraternidad
entre las personas, la familia tan fundamental y tan probada
actualmente, la acogida a los inmigrantes y excluidos, el cobijo de
"los sin-techo", la sobriedad frente al consumo desenfrenado, la
bondad del corazón añorada por todos, la fragilidad de los niños
cuyo único lenguaje es el llanto y la sonrisa, la compasión por
cuantos viven a la intemperie. En la escuela de Belén aprendemos
lecciones muy importantes de humanidad.
Las celebraciones de Navidad son eminentemente
familiares. Navidad convoca a las familias para encontrarse,
compartir la mesa y la fiesta, fortaleciendo así los lazos
familiares. Estas entrañables fiestas manifiestan tanto el don de la
familia como la ausencia por la lejanía y el vacío producido por su
ruptura.
Navidad no es sólo la fiesta de Dios que se hace
hombre, es también la fiesta de la familia y de la vida, como dijo
Juan Pablo II. El carácter familiar de estos días deriva
inmediatamente de las circunstancias evangélicas del nacimiento del
Señor. Jesús nació en una familia y en un matrimonio. Según las
señales del cielo, Jesús recién nacido fue encontrado con María y
José (cf. Lc 2,16; Mt 2.11). Como esposos afrontan las molestias del
camino desde Nazaret a Belén para empadronarse y los riesgos de la
huída a Egipto para salvar la vida del Niño (cf. Lc 2,1 ss. Mt 2,13
ss.). En familia nació Jesús, se crió, creció y desde el hogar de
Nazareth salió para cumplir su misión (cf. Lc 2,39 ss., Mc1,9) La
familia fue el marco humano y el "hábitat" de la encarnación del
Hijo de Dios.
Por este motivo celebramos la fiesta de la
Sagrada Familia en el ámbito de las fiestas de Navidad, este año
concretamente el domingo día 30.
La familia y el matrimonio son desde hace algún
tiempo centro de especiales preocupaciones y de esperanzas, ya que
es altamente apreciada y al mismo tiempo está sometida a riesgos de
trascendencia inmensa y de alcance sin precedentes. La Conferencia
Episcopal le dedicó una importante instrucción pastoral titulada "La
familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad".
2.- Lo
elemental sobre el matrimonio y la familia
Con este mensaje invito a que a la luz del
nacimiento de Jesús en Belén apreciemos y redescubramos en nuestra
coyuntura histórica el tesoro humano, cristiano y social de la
familia. Es bueno que detrás de las cifras, estadísticas y cambios
culturales reconozcamos personas concretas. Con frecuencia el juicio
es más comprensivo (en el doble sentido de las palabra , es decir,
entender con mayor amplitud y mayor misericordia) cuando los
afectados por la bonanza o la dificultad son personas cercanas y
queridas. La vía del corazón ayuda eficazmente a descubrir con
hondura y afecto los gozos y sufrimientos, la compañía y la soledad,
la armonía y la perturbación que proporciona la vida en familia;
tanto las situaciones serenas como las crisis y rupturas familiares
repercuten profundamente en los esposos, padres, hijos y hermanos.
En la familia cada uno es reconocido, respetado y valorado en sí
mismo, no por su capacidad y rendimiento; la convivencia impregnada
de amor y cariño satisface las necesidades más humanizadoras de la
persona. Donde acaba la familia, empieza fácilmente la intemperie,
la marginación y el dolor más sensible. No es exageración llamar a
la familia "corazón" y "célula" de la sociedad y de la Iglesia. La
familia es fundamento insustituible para la persona como ciudadano y
como cristiano.
En la actualidad se ha convertido la familia en
blanco de contradicción: Por una parte es la institución social más
valorada por las encuestas, también entre los jóvenes y por otra
está sacudida en sus cimientos por graves amenazas claras o sutiles.
¿Quién puede tener interés en socavar este pilar de toda persona, de
la sociedad y de la Iglesia? ¿Por qué grupos presumiblemente
minoritarios son tan eficaces y por qué la sociedad se inhibe y
desentiende con responsable descuido?
En la presente encrucijada socio-cultural del
matrimonio y de la familia (creciente mentalidad divorcista,
bajísima natalidad, la aceptación social del aborto, equiparación
con el matrimonio de las llamadas "parejas de hecho", también de
homosexuales, e incluso con la capacidad legal de éstas para la
adopción...) se hace imprescindible recordar lo más elemental, que
hemos afirmado secularmente con convicciones vitales, aunque haya
habido siempre fallos y debilidades.
La Carta de los Derechos de la Familia, publicada
por la Santa Sede el día 24 de noviembre de 1983 nos proporciona una
orientación básica: "La familia está fundada sobre el matrimonio,
unión íntima de vida en la complementariedad de un hombre y una
mujer que se constituye con el vínculo indisoluble del matrimonio
libremente contraído y públicamente expresado, y está abierta a la
transmisión de la vida". En este texto convergen la ley natural, la
experiencia constante de la humanidad y la penetración de la fe
cristiana en una concepción del matrimonio y la familia, que se ha
mostrado extraordinariamente humanizadora, pero ahora cuestionada en
sus raíces por grupos muy influyentes en nuestras sociedades.
Llama la atención que todos los aspectos de esa
descripción de la familia han encontrado en los últimos decenios
poco a poco rechazos teóricos y prácticos. Pero podemos preguntar:
¿No está en la base antropológica y psicológica del matrimonio la
diferencia y complementariedad sexuales del varón y la mujer? ¿No
requiere el equilibrio del crecimiento del niño la presencia del
padre y la madre? ¿No es verdad que en el origen del matrimonio está
el amor, que debe crecer y madurar todos los días por la entrega
mutua, sacrificada y generosa, que no es lo mismo que un sentimiento
de atracción pasajero? ¿No constituye la familia como la espina
dorsal de la sociedad de modo que pretender "desinstitucionalizarla"
atenta a la protección de las personas y la estabilidad de la misma
sociedad? ¿Es indiferente que la persona sea engendrada o "fabricada"
en un laboratorio? ¿No es congruente con su dignidad ser concebida
en el amor de los esposos, ser esperada en el matrimonio, ser
acogida gozosamente en la familia, ser agradecida su llegada como un
don que trasciende la capacidad generadora de los padres? ¿No
requiere la transmisión de la vida cultivar el amor que rompe la
tendencia de la pareja a encerrarse en sí misma y alentar la
esperanza que vence el miedo a recibir un hijo necesitado de
cuidados y que desborda todos los cálculos y previsiones? ¿No es
particularmente contrario al amor y respeto de los esposos el que se
maltraten y humillen como en los últimos años hemos conocido con
tristeza?
3.- El fondo de
la cuestión y las estrategias
Estas preguntas nos introducen en las
motivaciones más hondas de la vida. Día a día vamos comprobando
hasta qué punto es diferente vivir como si Dios no existiera que
caminar al resplandor de su luz. La dignidad de la persona, el
respeto al ser humano en todas las fases y situaciones de la
existencia, la clonación, el aborto, la eutanasia, el amor, la
familia, el matrimonio, la sexualidad, la fidelidad de los esposos,
el sufrimiento, la muerte... se perciben y aprecian de manera muy
distinta desde la aceptación de Dios o desde su negación. Cada vez
es más determinante en la orientación de las personas si se reconoce
la trascendencia o si se la niega o prescinde de ella. Creer en Dios
es muy importante y no creer en Dios trae muchas consecuencias. "No
pueden pensar lo mismo, por ejemplo, sobre el aborto, la eutanasia o
la clonación quienes consideran que la vida es un don de Dios o una
realidad misteriosa o trascendente que quienes la entienden como una
mera propiedad inmanente de ciertos seres autónomos que pueden
disponer libremente de ella, o quienes limitan la existencia de la
persona a un cierto estado de madurez, o reducen el deber moral al
principio de no causar daño a un ser sensible y consciente. Tampoco
pueden pensar lo mismo quienes postulan la existencia de deberes
absolutos e incondicionados que quienes limitan el deber a la
protección del placer y a la evitación de dolor" (I. Sánchez Cámara).
No se ventila poco para la vida diaria de las personas, para la
salud ética de la sociedad y para el futuro de la humanidad en estas
cuestiones fundamentales.
El que difieran las posturas ante las grandes
realidades humanas de quienes acogen la trascendencia y de quienes
la excluyen no significa que sólo éstos actuarían racionalmente y a
la altura del tiempo, mientras aquellos se moverían por prejuicios
religiosos, para a continuación desacreditarlos como anacrónicos e
incluso fundamentalistas. En quienes quieren desmontar la visión
secular del matrimonio y de la familia actúa también una "filosofía";
no se atienen sin más a la ciencia o son más sensibles a las
demandas sociales que la democracia debe satisfacer.
La persona creyente puede defender con razones
por qué la vida humana es tan preciosa, por qué la familia es el
corazón de la sociedad, por qué la eliminación de un ser humano no-nacido
es una inmoralidad. La fe es razonable; el creyente tiene la
capacidad de argumentar a favor de su postura, de criticar otras, de
dialogar con razones, de comunicar abiertamente sus convicciones y
de contrastar con otros la manera propia de pensar. Con la fe se
puede razonar; la fe no aísla al creyente del mundo con su
complejidad ni de la humanidad con sus búsquedas y tanteos; la fe
lleva inscrita en su interior un esfuerzo permanente de comprensión.
La fe es como una luz que despliega su perspectiva en todos los
órdenes de la vida. Lo que el cristiano cree y piensa, sostiene y
defiende privada y públicamente, no lo impone, lo ofrece a los demás
confiando en la capacidad de la verdad para penetrar por su propia
fuerza en el espíritu del hombre.
Desacreditar una manera de pensar por ser
religiosa y "no-ilustrada" forma parte a veces, por desgracia, de
una estrategia que utiliza también otros resortes para propiciar
cambios culturales, sociales y legales. Con frecuencia se presentan
situaciones excepcionales para conmover la sensibilidad de la gente;
se apunta que tales situaciones insoportables son debidas a leyes
rigoristas que otros países más avanzados han cambiado ya; se
insiste que a nadie se obliga a acogerse a las nuevas leyes
permisivas pero tampoco a nadie debe impedírsele recurrir a ellas,
confundiendo fácilmente libertad personal con individualismo; en
ocasiones se previene el rechazo social y se avanza en su aceptación
edulcorando las auténticas realidades con eufemismos que encubren la
verdad, por ejemplo "interrupción voluntaria del embarazo", "salud
reproductiva", "muerte dulce", "modelos de familia"... De esta
forma, pretextando responder a situaciones extraordinarias y
conmovedoras se abre la puerta a un cambio legal, que con el tiempo
debido a su poder "educativo" se estima como moralmente normal lo
que en absoluto lo es. Una puerta abierta es psicológicamente una
invitación a franquearla; los obstáculos legales son, en cambio, una
llamada de atención sobre la gravedad de los hechos en juego.
4.-Importancia
decisiva de la familia
La familia continua siendo para la gran mayoría
de los ciudadanos una referencia esencial de su vida. Pero este
sentimiento generalizado padece el acoso de un cierto "complejo
antifamilia" (Vida Nueva). La Iglesia debe preguntarse también si la
atención pastoral que le presta corresponde a la trascendencia de la
familia, al aprecio de la misma mostrado reiteradamente por los
ciudadanos y a la gravedad de las asechanzas a la que está sometida.
En los niños se percibe inmediatamente tanto
desde el punto de vista positivo como negativo cómo es su familia,
qué calidad tiene su "ecología" humana, qué le transmiten su padre y
su madre, cuál es la experiencia de su hogar. En la "genealogía" de
la persona, desde la concepción, la crianza y la educación, el
puesto de la familia es insustituible. Recíprocamente deben revisar
los adultos qué respeto les merecen los niños. "Por encima del
derecho de tener hijos, está el derecho del hijo a tener padres. No
se puede programar huérfanos. Nadie tiene derecho a obtener hijos de
encargo para que satisfagan sus emociones, su soledad o su
neurastenia" (F. Savater). La persona no es producto de laboratorio.
Cuando los padres educan a los hijos en la
obediencia y el respeto, en la fraternidad y el amor, en el perdón y
la paz, en la sinceridad y la autenticidad, en la fe y la confianza,
en la justicia y el trabajo, en la oración y la solidaridad con los
necesitados, en la amistad y la fidelidad... les están
proporcionando alimento conforme a su dignidad; es el mejor servicio
que les pueden prestar. Se puede esperar fundadamente que estas
semillas sembradas en el calor del hogar germinarán y crecerán en su
corazón, en sus convicciones y en su conducta. A veces se constata
que despiertan después de oscurecimientos y olvidos temporales; lo
que ciertamente no revive es lo que no se sembró.
En las situaciones críticas y de mayor debilidad
aparece la familia como soporte de ayuda incomparable; por ejemplo,
en la enfermedad y en la ancianidad, en la soledad y extravío, en el
paro de larga duración y en la inseguridad. La familia es en la
sociedad ámbito de vida estable y recurso precioso en momentos de
crisis e indigencia. Por eso, minar la solidez de la familia o poner
trabas al cumplimiento de sus funciones es una irresponsabilidad. Si
es tan importante, todos debemos apoyarla y favorecerla.
La familia es "el último reducto de calor en un
mundo cada vez más frío" (C. Díaz). Este agudo filósofo y escritor
sugerente encuentra en nuestro entorno una "familia insuficiente"
por diversos motivos: La reducción de la estabilidad de los vínculos
de la pareja, la disminución del número de componentes del núcleo
familiar, la estrechez de los espacios domésticos por la carestía de
la vivienda, la progresiva ausencia de los abuelos, la limitación de
los tiempos de relación por el trabajo de los cónyuges, la
influencia de un relativismo moral que propicia el que la
omnipresente televisión dicte los valores y normas familiares,
sustrayendo a los padres buena parte de su función educadora. ¿Qué
debemos hacer para que la acción de la familia sea más eficaz y
conformadora de todos sus miembros?
5.- ¡Cuidemos
la familia!
Jesús, interrogado sobre el divorcio, enseñó la
voluntad originaria de Dios, "lo que Dios ha unido que no lo separe
el hombre" (Mt.19,6) y renovando el corazón de los esposos por el
Espíritu ha hecho posible la permanencia de la unión en el amor. La
Iglesia, siguiendo a Jesús, además de denunciar las amenazas que
acechan al matrimonio, debe contribuir al amor perseverante y gozoso,
ya que la fidelidad no es una carga sino una gracia. En su misión
debe cuidar las vocaciones al matrimonio cristiano, predicar la
grandeza del sacramento, acompañar a los cónyuges y a las familias
en las situaciones más duras, como pueden ser el agotamiento del
amor, la convivencia difícil, las incertidumbres y fracasos en la
educación de los hijos, los problemas económicos y laborales, las
enfermedades y la soledad.
El hogar de los esposos cristianos está llamado a
ser una "iglesia en pequeño", donde Dios sea creído, invocado y
respetado, donde acontezca el despertar religioso de los hijos,
donde aprendan desde pequeños a creer, a rezar y a vivir como amigos
de Jesús, desde donde vayan entrando en la vida de la comunidad
parroquial.
A Jesús recién nacido lo encontraron los pastores
y los magos con María su Madre. Sin María, la Virgen Madre, no hubo
alumbramiento del Hijo de Dios encarnado. A través de María hemos
recibido al Salvador. Sin contar con María en nuestros trabajos
pastorales no podemos evangelizar, ya que transmitir el Evangelio es
alumbrar al Salvador en el corazón de los hombres. "Toda alma
creyente concibe y engendra la Palabra de Dios" (San Ambrosio),
siguiendo el ejemplo de María. Si la Iglesia es la familia de la fe,
María ocupa un puesto decisivo en su permanente edificación.
Termino con un deseo: ¡Que en las fiestas de
Navidad aprendamos a estimar la familia como merece! ¡Que la
contemplación del misterio de Belén, guardado por María en su
corazón (cf. Lc2, 19), nos enseñe a custodiar la familia como un
tesoro! ¡Feliz Navidad!