Hasta este momento el Señor se ha dirigido a
discípulos suyos para que corrijan la soberbia que corrompe hasta lo
religioso si entra en el alma. Los escribas y fariseos se agitan
molestos. No aceptan la corrección. Murmuran. Jesús los mira con
indignación; sus ojos llamean, el tono de su voz se eleva, golpea
aquellas almas para que se les abran los ojos. El látigo de su
lengua se agita en el aire, golpea las conciencias, y surgen otros
siete ayes parecidos a los que en un pequeño grupo ya había dicho
Jesús. Pero ahora la denuncia va a ser dicha en público y en el
Templo de Dios. La justicia se hace voz que denuncia.
"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas,
que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros
entráis, ni dejáis entrar a los que entrarían"(Mt)
La palabra hipócritas llena el ambiente. Hombres
de dos caras y de sentimientos retorcidos. Y ataca la actitud de
cerrar el reino de los cielos a los humildes. Ni entran, ni dejan
entrar. Han perdido la llave de la salvación al perder el sentido
del amor que todo lo ilumina. Los cumplimientos externos no bastan
si falta esa actitud del corazón, de la voluntad y de la mente.
"Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!,
que vais dando vueltas por mar y tierra para hacer un solo prosélito
y, una vez convertido, le hacéis hijo del infierno dos veces más que
vosotros"(Mt).
El proselitismo para acercar almas a Dios es
bueno, y se debe vivir con celo. Pero una vez dentro ¿que se les da?
lo mismo que ellos viven. Su celo es movido por falta de rectitud de
intención y los que entran se encuentran con desorientación y con
pecado. De poco valió el proselitismo.
"Ay de vosotros, guías de ciegos!, que decís: El
jurar por el Templo no es nada; pero si uno jura por el oro del
Templo, queda obligado. ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más: el oro o el
Templo que santifica al oro? Y el jurar por el altar no es nada;
pero si uno jura por la ofrenda que está sobre él, queda obligado. ¡Ciegos!
¿Qué es más: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? Por
tanto, quien ha jurado por el altar, jura por él y por todo lo que
hay sobre él. Y quien ha jurado por el Templo, jura por él y por
Aquel que en él habita. Y quien ha jurado por el Cielo, jura por el
trono de Dios y por Aquel que en él está sentado"(Mt).
Pervierten el sentido de lo sagrado. Usan a Dios
y abusan de su santo nombre. Por eso son ciegos que no ven que la
santidad del juramento la da Dios mismo con su grandeza y poder.
"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!,
que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero
habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la
misericordia y la fidelidad. estas últimas había que hacer, sin
omitir aquéllas. ¡Guías de ciegos!, que coláis un mosquito y os
tragáis un camello"(Mt).
Cuidan cosas pequeñas e insignificantes, y
descuidan las grandes. Bueno es cuidar lo mínimo, pero a condición
de que lo grande sea tratado con esmero y delicadeza. Esa es la
verdadera piedad.
"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!,
que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro
quedan llenos de carroña e inmundicia. Fariseo ciego, limpia primero
el interior de la copa, para que luego llegue a estar limpio también
el exterior"(Mt).
Las apariencias pueden llevara pensar en que son
santos y perfectos. Pero a Dios nadie le puede engañar. Los malos
deseos y los pensamientos desbordados es lo que deben cuidar,
después vendrá lo exterior como fruto que nace de buena raíz.
"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!,
que sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen
hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de
toda podredumbre. Así también vosotros por fuera aparecéis justos
ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e
indignidad"(Mt).
La imagen del sepulcro blanqueado ha cristalizado
como señal de la hipocresía, la verdad y la sinceridad ante Dios
puede llevar a superar esa corrupción.
"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!,
que edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis las tumbas de
los justos, y decís: Si hubiéramos vivido en los días de nuestros
padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas.
Así, pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los
que mataron a los profetas. Y vosotros, colmad la medida de vuestros
padres"(Mt).
Esta es la denuncia fundamental. Jesús revela lo
que en aquellos momentos está en sus corazones: el odio hasta la
muerte contra toda justicia. Quieren matar al inocente, porque no
aman a Dios. Son hijos de Caín que odia al inocente Abel porque sus
obras eran malas y la vida del justo es un reproche inocente. Jesús
advierte su irritación, pero no cede.
"¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo podréis
escapar de la condenación del infierno? Por eso he aquí que voy a
enviar a vuestros profetas, sabios y escribas; a unos mataréis y
crucificaréis, y a otros los flagelaréis en vuestras sinagogas y
perseguiréis de ciudad en ciudad, para que caiga sobre vosotros toda
sangre inocente que ha sido derramada sobre la tierra, desde la
sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías,
al que matasteis entre el Templo y el altar. En verdad os digo: todo
esto caerá sobre esta generación"(Mt).
El enfrentamiento cada vez es más total. Jesús
quiere enderezar a aquellos hombres de su conducta desviada con la
fuerza del profeta. Pero lo que consigue es que su odio llegue al
máximo y pongan todos los medios para matarle.