Hoy nos encontramos en bastantes ocasiones en que
se excluye a la sexualidad del compromiso total de la persona, de
los valores éticos del amor y la fidelidad. Esto se refleja en la
actual polémica a propósito de la educación sexual que se quiere
impartir en los centros educativos públicos de muchos países.
Las siguientes ideas, nos ayudarán a tener un
sentido correcto del tema.
1. No basta con información sexual
Impartir información sexual sin acompañarla de
formación para el amor puede ser contraproducente. La educación
integral no se conforma con lo intelectual, debe abrirse a la
voluntad, a los sentimientos, a los valores. Lo contrario es como
enseñar a conducir un carro a un chico, sin enseñarle las normas de
tránsito, lo gratificante que resulta conducir bien y los peligros
que existen. O de otro modo, como si quisiéramos forjar un buen
futbolista a base de charlas, videos, sin entrenarle en el esfuerzo,
en la lucha, en la superación.
La educación sexual nunca debe convertirse en una
especie de información obsesiva que llene la mente del niño o del
adolescente, como un incentivo que desate su curiosidad y le lleve a
realizar actos sexuales. La mera explicación de cómo se obtienen
sensaciones placenteras puede constituir una incitación al erotismo.
No forma para el amor, deforma. Lanza por una vía contraria al
auténtico amor.
Las consecuencias de esta actitud pedagógica van
a ser muy negativas: embarazos en adolescentes, abortos, madres
solteras y desequilibrios psicológicos a muy temprana edad,
enfermedades de transmisión sexual. Los que alegremente abren los
caños se quejarán luego de las inundaciones.
2. Educar hacia la realización plena
La meta principal de la educación no es imponer
preceptos a la persona humana, sino invitarle a ser persona en
plenitud. Educar la sexualidad equivale a educar en el amor hacia el
otro. Educar al hombre entero y revisar las estructuras de egoísmo y
de mentira que convierten al hombre en un instrumentalizador de sus
hermanos y que terminan por hacer de la sexualidad un objeto más
para el consumo.
La formación para el amor es formación para la
libertad, para la capacidad de ser auténticamente libres en el
ejercicio de la sexualidad. «Ama y haz lo que quieras» (San Agustín).
Estamos llamados a la libertad, pero no con el pretexto de buscar
gratificaciones, sino para poder amar.La libertad en el amor debemos
de conquistarla con esfuerzo, el esfuerzo que exige no acostumbrarse
a elegir en virtud de nuestras apetencias de cada momento, sino en
virtud del ideal que nos hemos propuesto. La droga, el sexo sin amor,
te ofrecen todo sin pedirte nada a cambio y, por último, conducen a
la nada o al hastío; sin embargo, el amor auténtico, te ofrece todo
exigiéndote todo y, después, te lo concede todo, te da la felicidad
plena. El amor verdadero se traduce en un gozo interior que es
promesa de futuro y necesidad de compartir la vida, arriesgándola...
3. Aspirar a valores más altos supone
renuncias
Lo agradable encierra un valor, pero no el más
alto. La amistad, el amor, por ejemplo, presentan una excelencia
mayor. Y para conseguir el valor más alto hay que renunciar con
frecuencia al valor más bajo. Por eso, conviene no apegarse al valor
de lo agradable, ya que tal apego nos quita libertad para
supeditarlo al logro de valores más altos.
Convertirse al amor auténtico, y por tanto,
adquirir la plenitud humana, supone aceptar que el otro sea el
centro y no yo. Esto supone renuncias pero nos lleva a la verdadera
felicidad y alegría.
Es importante no tomar el primer valor que
descubrimos como la cumbre de todo valor. Este malentendido deja a
millones de personas bloqueadas en estadios primitivos. Un joven y
una joven empiezan a tratarse y se entregan a complacencias eróticas.
Se sienten embriagados por impresiones placenteras. El mero
ejercicio de la sexualidad suscita emociones intensas pero todavía
no constituye una experiencia auténtica de amor personal. Se
contentan con poco, se precipitan a comer la fruta verde. No se
acomodan al ritmo lento de maduración en el amor. Estaban llamados a
crear una auténtica amistad, una vida de convivencia de altísimo
valor, y se quedan a medio camino.
Enseñar esto al joven es importante. Tiene que
saber, por ejemplo, que si no espera al matrimonio, si tiene
relaciones prematrimoniales, se está buscando a sí mismo: no le
importa que la chica se pueda quedar embarazada cuando todavía no
está en disposición de serlo, con el riesgo de quedarse madre
soltera, de que pierda sus estudios y acabe en trabajos humildes, de
que se vea más impulsada a buscar el aborto...
4. No confundir amor con interés
Resulta muy fácil confundir el interés que
sentimos por satisfacer un instinto con el amor de entrega a una
persona. El amor no es como el hambre, que basta comer para saciarlo
y restablecer el equilibrio vital. El alimento satisface una
necesidad biológica primaria. La relación sexual, en cambio, no
satisface la necesidad de crear una relación amorosa auténtica, es
insuficiente. Tal engaño se nos presenta en muchas películas, en que
aparece la relación sexual completa como algo normal al principio
del enamoramiento, en vez de ser su culminación en el matrimonio.
5. No ser ingenuos: importancia de los inicios
El que quiere ser limpio se preocupa también por
la pureza de sus pensamientos y en guardar su corazón. La vista y el
tacto son las principales ventanas por donde entran los estímulos
sexuales, sobre todo, en los varones. Cuando no existe el objeto
delante, la imaginación nos lo trae. Ahí descansan, en buena medida,
los llamados lenguajes subliminales: insinúan más de lo que
realmente dicen. La imagen mueve a imaginar más cosas de las que han
sido vistas. En esto se basa la propaganda comercial erotizada. Toda
búsqueda directa de excitación sexual tiene por sí misma una
dinámica de totalidad, es decir, dejada a sí misma, por su propio
dinamismo lleva hacia la realización completa del acto sexual. El
sexo por el sexo, es una experiencá vacía, mecánica y sin finalidad
distinta que la satisfación del egoísmo personal. Por tanto, el
hombre que quiere conservar su dignidad personal, no debe dejarse
arrastrar o seducir. Debe ser él quien guíe sus potencias y energías
hacia metas altas, y para ello, debe acostumbrarse a tener un
dominio de sí mismo. Esto requiere esfuerzo pero es fuente de
alegría verdadera.
6. La sexualidad: lenguaje de amor
La relación sexual está destinada a expresar una
relación de amor auténtico. Y éste lo es cuando se trata de un amor
total y definitivo, fiel y exclusivo, incondicional y fecundo. Los
hijos no son una enfermedad, sino la imagen viviente de un amor
generoso y desinteresado. Si no se dan estas condiciones, la
relación sexual deja de tener sentido, es un engaño, expresa algo
que no existe.
Conclusión
Para valorar la sexualidad adecuadamente, es
necesario abordarla con seriedad y responsabilidad, sin olvidar su
carácter gozoso y alegre. La sexualidad no se puede entender de
forma aislada, pues perderíamos toda la riqueza que aporta. Pensar
en ella significa comprender al hombre entero, en su complejidad y
en su unidad, explicar los valores de la vida, la libertad y la
esencia del amor. El fin de las normas objetivas morales no es la
represión de la sexualidad, sino proteger y favorecer que el
dinamismo profundo de la sexualidad llegue a su plenitud y sentido.