A veces es tanto el trabajo y son tantos los
problemas familiares que no nos damos cuenta de la urgencia de
dedicar tiempo al Señor para que cure nuestro interior y nos ayude,
también, a curar ciertas enfermedades corporales. Al reflexionar
sobre el hecho que les propongo puede darse una liberación
progresiva, pues este nos puede ayudar a descubrir y aceptar algunos
sentimientos reprimidos. Ha habido personas que sólo con dar el
perdón a sus familiares por sus numerosas ausencias y su casi total
desinterés por ellos, empezaron a cicatrizar sus úlceras y a curar
otras enfermedades.
En un pueblito tranquilo, se alzaba una granja,
habitada por su propietario, panadero y su esposa. Alfredo, que así
podemos llamar al panadero, es un hombre alto, delgado, íntegro,
honesto, orgulloso, poco hablador. La gente le respeta y le teme.
Cuando habla es para pronunciar sentencias sobre el valor del
trabajo o la seriedad de la vida. Su mujer, Adela, es una mujer
pequeña y gorda, sus brazos redondos como su vientre y sus caderas,
y siempre tiene una sonrisa acogedora y una palabra afable. La gente
disfruta de su compañía. Ella respeta a su virtuoso esposo, pero
sufre en silencio por su marido tan parco en palabras y caricias
para con ella. Su corazón anhela de él algo más que su valiosa
rectitud. Lamenta en el alma haberse casado con este “gran
trabajador”, admiración de su difunto padre. Es verdad que con
Alfredo vive bien y él le es fiel; pero, vive tan absorto por su
trabajo, que no le queda tiempo para la intimidad y el placer con su
esposa.
Alfredo vuelve a casa antes que de costumbre
Una mañana, habiendo trabajado desde el amanecer,
Alfredo decide intempestivamente acortar su jornada. Y así, en lugar
de trabajar hasta la caída de la tarde, regresa a su casa antes que
de costumbre. Al entrar a su casa sorprende a su mujer con un vecino
en su lecho conyugal. El hombre huye por la ventana, mientras que
Adela, desamparada, se arroja a los pies de su esposo pidiéndole
perdón. Pero este permanece rígido como una estatua: pálido de
indignación, con los labios azules de rabia, apenas logra contener
el tropel de emociones que le asaltan. Sus sentimientos van de la
humillación a la cólera, pasando por una profunda aflicción. Como no
es muy hablador, no sabe qué decir. Pero se da cuenta de inmediato
de que el silencio somete a Adela a una tortura mucho más dura que
cualquier palabra o gesto lleno de violencia.
El caso se conoció en el pueblo
No se sabe cómo pero el adulterio de Adela se
conoció rápidamente en todo el pueblo. La gente supuso y comentó que
Alfredo pediría la separación y echaría a su esposa de la casa, pues
era tan recto; pero, desbaratando esas habladurías Alfredo
sorprendió a todos al mantener a Adela en su casa como su esposa,
diciendo que la perdonaba. Se presentó de improviso en la misa mayor
del domingo en compañía de su mujer Adela, que tímidamente caminaba
junto a él.
Perdón público
Alfredo aducía que la Biblia decía que debía
hacerlo. Y citaba las palabras del Padre nuestro que dice: “Perdona
nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos han
ofendido”. Pero, en verdad, Alfredo lo único que hizo fue dar un
aparente perdón, pero secretamente se alimentaba y gozaba con
miradas furtivas, llenas de desprecio para Adela, que sufría llena
de vergüenza.
Alimenta el rencor
En lo más profundo de su corazón y en su casa,
Alfredo no podía perdonar a Adela por haber manchado su nombre y
seguía atizando el fuego de su rencor, con su mutismo y con miradas
furtivas, llena de desprecio por la pobre mujer a quien consideraba
una pecadora. Siempre que pensaba en ella, sus sentimientos edran de
rabia y dureza; la despreciaba y la tenía como una prostituta. La
odiaba por haberlo traicionado, después de haber sido él un esposo
tan bueno y tan fiel. Sólo fingió perdonar a Adela, pero seguía
castigándola con el peso de su recta misericordia.
Un ángel del cielo
En el cielo no se dejan engañar por las
apariencias de virtud, así que un ángel llegaba hasta Alfredo para
enderezar la situación. Cada vez que Alfredo detiene su mirada dura
con odio secreto sobre su esposa, el ángel deja caer una pequeña
piedra, del tamaño de un botón, en el corazón de Alfredo. Cada vez
que una piedra caía en su corazón, sentía un dolor tan agudo que le
arrancaba una mueca de dolor. Las piedras se fueron multiplicando y
el corazón se le fue creciendo hasta tal punto que debía andar
encorvado y estirar el cuello con gran dificultad para poder ver
mejor. Abrumado por el dolor deseaba estar muerto. Un día, en que
Alfredo estaba cortando el trigo vio, apoyado sobre la cerca, a un
personaje luminoso que le dijo: “Alfredo, pareces muy abrumado”.
Sorprendido al oír su nombre en boca de un extraño, le preguntó
quién era y porqué se metía donde no le llamaban. El ángel le dijo:
“sé que tu mujer te ha engañado, y que la humillación te tortura;
pero tú estás ejerciendo una venganza sutil que te deprime”.
Alfredo, al sentirse descubierto, bajó la cabeza y confesó: “no
puedo dejar de tener este pensamiento maldito: ¿cómo ha podido
engañarme a mí, un marido tan fiel y generoso? Ella es una ramera:
ha mancillado el lecho conyugal”.
Los ojos mágicos
El ángel le ofreció su ayuda, pero Alfredo le
dijo: “Adela es culpable y ha hecho algo que ni siquiera un ángel,
por muy poderoso que sea, nunca podrá borrar”. “Tienes razón,
Alfredo, nadie puede cambiar lo que sucedió; pero, a partir de este
momento, puedes verlo de manera diferente. Reconoce tu herida,
acepta tu cólera y tu humillación. Después poco a poco, empieza a
cambiar tu manera de mirar a Adela. ¿Acaso, es ella la única
culpable? Recuerda tu indiferencia para con ella. Ponte en su lugar.
¿No necesita ella también cariño, ternura? Necesitas ahora unos ojos
nuevos, unos “ojos mágicos”, para poder ver tu infortunio bajo una
nueva luz”. Mira hacia atrás, cuando se inició tu dolor, para ver a
Adela no como la esposa que te traicionó sino como una mujer débil
que te necesitaba, que necesitaba tu cariño. Solo una manera nueva
de ver las cosas podrá sanar el dolor que fluye de tus heridas del
pasado. Con ese peso que te oprime el corazón es imposible que hagas
algo diferente de lo que estás haciendo: odiar. Alfredo no
comprendió muy bien, pero se fío del ángel y le dijo: “Y ¿cómo puedo
conseguir esos ojos mágicos?” “Sólo pídelos con anhelo, con interés
y te serán otorgado”, le dijo el ángel. Y no te olvides, “antes de
mirar a Adela, relaja las arrugas de tu frente, la boca y los otros
músculos de tu rostro. En lugar de ver en Adela a una mujer mala,
mira a tu esposa que necesita ternura; recuerda con cuánta frialdad
y dureza la tratabas; recuerda su generosidad y su calor, que tanto
te gustaban al principio de tu matrimonio. Por cada mirada
transformada, te quitaré una piedra del corazón”.
La liberación del corazón
Alfredo no pudo hacer su petición inmediatamente,
pues había aprendido a amar su odio. Pero el dolor de su corazón lo
condujo finalmente a desear y pedir los ojos mágicos que el ángel le
había prometido. Pronto Adela comenzó a cambiar ante los ojos
mágicos, empezó a verla como una mujer necesitada que lo amaba, en
lugar de verla como la mujer que lo había traicionado. El dolor de
su corazón se fue difuminando lentamente, pues el ángel empezó a
remover las piedrecillas de su corazón, una por una, por lo que se
tardó en remover todas. Nuevamente empezó a caminar erguido. Adela
parecía transformarse ante sus ojos: de mujer infiel, pasó a ser la
persona dulce y amante que él había conocido en sus primeros años de
amor. También Adela sintió el cambio y recobró su buen humor, su
sonrisa, su jovialidad. Alfredo se sintió cambiado: una profunda
ternura invadió su corazón, dolorido aún por el peso de las piedras.
Una noche tomó a Adela en sus brazos sin pronunciar palabra. Y
juntos empezaron un viaje hacia una segunda etapa de humilde
felicidad. Acababa de producirse el milagro del perdón.
La clave del perdón
Para perdonar a nuestro prójimo, hemos de ser
capaces de verlo con ojos nuevos, libres de los prejuicios que
normalmente solemos albergar. Por ello tendríamos que aprender a ver
a los demás como los ve el Señor, que perdona, como los ve el ES.
Ello nos permitirá cambiar muchas cosas en nuestro interior. Como no
estamos separados de los demás, proyectando una visión luminosa
sobre ellos, nos iluminamos a nosotros mismos. Perdonamos a nosotros
mismos o perdonar a los demás es desarrollar una nueva visión de la
realidad, firmemente decididos a vivir el instante presente.
Aprender a perdonar, supone ver la vida con ojos distintos,
corrigiendo la percepción errónea de la realidad que ha creado
nuestro yo. Sólo alcanzando una visión diferente de la realidad
podremos asumir de un modo consciente la responsabilidad de nuestros
actos y de nuestros pensamientos.
Perdonando, modificamos nuestra percepción
errónea de la realidad y de nosotros mismos. Nos desprendemos del
deseo de culpar a los demás de lo que en realidad nos concierne sólo
a nosotros. Y ello es posible gracias a un milagro al cual estamos
muy poco atentos, y es que el perdón nos libera de las garras de
nuestro yo, que tiene mirada negativa. Ya no vemos las cosas como
quisiéramos que fueran, sino tal como son realmente. Con ello cambia
de un modo automático nuestra concepción de las personas y del
tiempo. A veces pensamos que es tarde para perdonar, pero se trata
de un espejismo. Cuando perdonamos estamos conectando con el
instante presente, que es eterno. Por ello mismo mediante el perdón
podemos liberarnos de los lazos del pasado.