La experiencia demuestra que las cualidades
personales y los bienes materiales no son suficientes para asegurar
esa esperanza que el ánimo humano busca constantemente.
Como he escrito en la citada Encíclica Spe salvi,
la política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier otro
recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la
gran esperanza a la que todos aspiramos.
Esta esperanza «sólo puede ser Dios, que abraza
el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí
solos no podemos alcanzar» (n. 31).
Por eso, una de las consecuencias principales del
olvido de Dios es la desorientación que caracteriza nuestras
sociedades, que se manifiesta en la soledad y la violencia, en la
insatisfacción y en la pérdida de confianza, llegando incluso a la
desesperación.
Fuerte y clara es la llamada que nos llega de la
Palabra de Dios: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne
busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo
en la estepa, no verá llegar el bien» (Jr 17,5-6).
La crisis de esperanza afecta más fácilmente a
las nuevas generaciones que, en contextos socio-culturales faltos de
certezas, de valores y puntos de referencia sólidos, tienen que
afrontar dificultades que parecen superiores a sus fuerzas.
Pienso, queridos jóvenes amigos, en tantos
coetáneos vuestros heridos por la vida, condicionados por una
inmadurez personal que es frecuentemente consecuencia de un vacío
familiar, de opciones educativas permisivas y libertarias, y de
experiencias negativas y traumáticas.
Para algunos –y desgraciadamente no pocos–, la
única salida posible es una huída alienante hacia comportamientos
peligrosos y violentos, hacia la dependencia de drogas y alcohol, y
hacia tantas otras formas de malestar juvenil.
A pesar de todo, incluso en aquellos que se
encuentran en situaciones penosas por haber seguido los consejos de
«malos maestros», no se apaga el deseo del verdadero amor y de la
auténtica felicidad. Pero ¿cómo anunciar la esperanza a estos
jóvenes?
Sabemos que el ser humano encuentra su verdadera
realización sólo en Dios. Por tanto, el primer compromiso que nos
atañe a todos es el de una nueva evangelización, que ayude a las
nuevas generaciones a descubrir el rostro auténtico de Dios, que es
Amor.
A vosotros, queridos jóvenes, que buscáis una
esperanza firme, os digo las mismas palabras que San Pablo dirigía a
los cristianos perseguidos en la Roma de entonces: «El Dios de la
esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar
de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15,13).
[Del Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada
Mundial de la Juventud - 2009].