Cada uno es miembro de la sociedad, pertenece a
la humanidad entera. Y no es solamente este o aquel hombre sino que
todos los hombres están llamados a [su] desarrollo pleno. Las
civilizaciones nacen, crecen y mueren. Pero como las olas del mar en
flujo de la marea van avanzando, cada una un poco más, en la arena
de la playa, de la misma manera la humanidad avanza por el camino de
la historia. Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del
trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos
y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía
más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que
es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber.
Escala de valores
Este crecimiento personal y comunitario se vería
comprometido si se alterase la verdadera escala de valores. Es
legítimo el deseo de lo necesario, y el trabajar para conseguirlo es
un deber: «El que no quiere trabajar, que no coma (2 Tes 3, 10).
Pero la adquisición de los bienes temporales puede conducir a la
codicia, al deseo de tener cada vez más y a la tentación de
acrecentar el propio poder. La avaricia de las personas, de las
familias y de las naciones puede apoderarse lo mismo de los más
desprovistos que de los más ricos, y suscitar en los unos y en los
otros un materialismo sofocante.
Creciente ambivalencia
Así pues, el tener más, lo mismo para los pueblos
que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento es
ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre,
lo encierra como en una prisión, desde el momento que se convierte
en el bien supremo, que impide mirar más allá. Entonces los
corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no
se unen por amistad sino por interés, que pronto les hace oponerse
unos a otros y desunirse. La búsqueda exclusiva del poseer se
convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser y se opone a
su verdadera grandeza; para las naciones, como para las personas, la
avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral.
Hacia una condición más humana
Si para llevar a cabo el desarrollo se necesitan
técnicos, cada vez en mayor número, para este mismo desarrollo se
exige más todavía pensadores de reflexión profunda que busquen un
humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí
mismo, asumiendo los valores superiores del amor, de la amistad, de
la oración y de la contemplación. Así se podrá realizar, en toda su
plenitud, el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y
para todos de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más
humanas.
[Pablo VI, Encíclica Populorum Progressio, nn.
17-20].