1. El diálogo interreligioso ... atañe ante todo
a los judíos «nuestros hermanos mayores», como los llamé con ocasión
del memorable encuentro con la comunidad judía de la ciudad de Roma
el 13 de abril de 1986 (cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua
española, 20 de abril de 1986, p. 1). Reflexionando en el patrimonio
espiritual que tenemos en común, el Concilio Vaticano II,
especialmente en la declaración Nostra aetate, dio una nueva
orientación a nuestras relaciones con la religión judía...
Es sabido que, por desgracia, la relación con
nuestros hermanos judíos ha sido difícil desde los primeros tiempos
de la Iglesia hasta nuestro siglo. Pero en esta larga y atormentada
historia no han faltado momentos de diálogo sereno y constructivo.
Conviene recordar, al respecto, el hecho significativo de que el
filósofo y mártir san Justino, en el siglo II, dedicó su primera
obra teológica, que lleva por título precisamente «Diálogo», a su
confrontación con el judío Trifón. Asimismo, hay que señalar que la
perspectiva del diálogo se halla muy presente en la literatura
neojudía contemporánea, la cual ha ejercido gran influjo en el
pensamiento filosófico y teológico del siglo XX.
2. Esta actitud de diálogo entre cristianos y
judíos no sólo expresa el valor general del diálogo entre las
religiones, sino también la participación en el largo camino que
lleva del Antiguo Testamento al Nuevo. Hay un largo tramo de la
historia de la salvación que los cristianos y los judíos contemplan
juntos. «A diferencia de otras religiones no cristianas, la fe judía
ya es una respuesta a la revelación de Dios en la antigua alianza» (Catecismo
de la Iglesia católica, n. 839). Esta historia se halla iluminada
por una inmensa multitud de personas santas cuya vida testimonia la
posesión en la fe, de lo que se espera. La carta a los Hebreos pone
de relieve precisamente esta respuesta de fe a lo largo de la
historia de la salvación (cf. Hb 11).
El testimonio valiente de la fe debería marcar
también hoy la colaboración de cristianos y judíos para proclamar y
actuar el designio salvífico de Dios en favor de la humanidad entera.
El hecho de que ese designio sea interpretado de forma diversa con
respecto a la aceptación de Cristo implica evidentemente una
divergencia decisiva, que está en la raíz misma del cristianismo,
pero eso no quita que muchos elementos sigan siendo comunes. [...]
3. Meditando en el misterio de Israel y en su «vocación
irrevocable» (cf. Discurso a la comunidad judía de Roma:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de abril de
1986, p. 1), los cristianos investigan también el misterio de sus
raíces. En las fuentes bíblicas que comparten con sus hermanos
judíos, encuentran elementos indispensables para vivir y profundizar
en su misma fe.
Se ve, por ejemplo, en la liturgia. Como Jesús, a
quien san Lucas nos presenta mientras abre el libro del profeta
Isaías en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 26 ss) también la
Iglesia aprovecha la riqueza litúrgica del pueblo judío. Ordena la
liturgia de las Horas, la liturgia de la Palabra e incluso la
estructura de las Plegarias eucarísticas según los modelos de la
tradición judía. Algunas grandes fiestas, como Pascua y Pentecostés,
evocan el año litúrgico judío y constituyen ocasiones excelentes
para recordar en la oración al pueblo que Dios eligió y sigue amando
(cf. Rm 11, 2). Hoy el diálogo implica que los cristianos sean más
conscientes de estos elementos que nos acercan. De la misma manera
que tomamos conciencia de la «alianza nunca revocada» (cf. Discurso
a los representantes de la comunidad judía, en Maguncia, 17 de
noviembre de 1980, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 23 de noviembre de 1980, p. 15), debemos considerar el
valor intrínseco del Antiguo Testamento (cf. Dei Verbum, 3), aunque
cobra su sentido pleno a la luz del Nuevo y contiene promesas que se
cumplen en Jesús. ¿No fue la lectura actualizada de la sagrada
Escritura judía, hecha por Jesús, la que hizo arder el corazón de
los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 32), permitiéndoles reconocer al
Resucitado al partir el pan?
4. No sólo la historia común de cristianos y
judíos, sino particularmente el diálogo debe orientarse al futuro
(cf. Catecismo de la iglesia católica, n. 840), convirtiéndose, por
decirlo así, en «memoria del futuro» (Nosotros recordamos: una
reflexión sobre la Shoa: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 20 de marzo de 1998, p. 11). El recuerdo de los hechos
tristes y trágicos del pasado puede abrir el camino a un renovado
sentido de fraternidad, fruto de la gracia de Dios, y al esfuerzo
por lograr que las semillas infectadas del antijudaísmo y el
antisemitismo nunca más echen raíces en el corazón del hombre.
Israel, pueblo que construye su fe sobre la
promesa hecha por Dios a Abraham: «Serás padre de una multitud de
pueblos» (Gn 17, 4; Rm 4, 17), señala al mundo Jerusalén como lugar
simbólico de la peregrinación escatológica de los pueblos, unidos en
la alabanza al Altísimo. Ojalá que, en el umbral del tercer milenio,
el diálogo sincero entre cristianos y judíos contribuya a crear una
nueva civilización, fundada en el único Dios, santo y
misericordioso, y promotora de una humanidad reconciliada en el
amor.
[Catequesis de Juan Pablo II, el 28 de abril de
1999].