Se puede leer en el pasaje de la Biblia de
Jerusalén, en Mateo 24,29-31, lo que se denomina resonancia cósmica
de la venida; declarando el mismo Jesús, un poco mas abajo en el
versículo 34: "yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que
todo esto suceda."
Obvio es que todos estos eventos no han sucedido
en el plano físico tangible, que es donde aparentemente Jesús
asevera que sucederán, ¿qué significado tiene entonces esta especie
de profecía?
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Hay dos comentarios básicos que hacer, antes de
abordar un texto como el discurso de Jesús en Mateo 24. Primero, el
carácter general del lenguaje apocalíptico. Segundo, los varios
niveles del discurso de Nuestro Señor.
Sobre el lenguaje apocalíptico hay que decir que
se trata de algo bastante elaborado por el tiempo en que Cristo
vivió sobre esta tierra. La "apocalíptica" es todo un género
literario que hunde sus raíces en el movimiento profético y hasta
cierto punto lo generaliza o extiende. Si fue tarea de los profetas
mostrar el parecer de Dios para unas coordenadas concretas de tiempo
y lugar, las visiones de tipo apocalíptico ensanchan ese enfoque
hasta cubrir todas las naciones y todos los tiempos.
La palabra apocalipsis no está asociada con
destrucción o desastre sino que originalmente significa sólo "revelación."
Ya profetas como Ezequiel hablan de "visiones" o "revelaciones" que
Dios les concedía, de modo que no es completamente nuevo que se
hable de que Dios revela algo; lo que sí es nuevo es que eso
revelado implica el destino de muchos pueblos, imperios y razas.
Precisamente porque son tantos los afectados y porque al codicia
humana por el poder es insaciable, viene a resultar que la violencia
hace entrada muchas veces en esta clase de literatura. El proceso se
puede ver bien en el libro de Daniel, que más de una vez describe
los reinos de esta tierra como "bestias" feroces que se alimentan de
seres humanos.
Sin embargo, el mensaje central del libro que
llamamos Apocalipsis, y de los escritos apocalípticos en general, no
es un anuncio de desolación sino de esperanza. El tema central no es
que va a haber batallas sino que habrá victoria para todo aquel que
se fíe de Dios y sepa permanecer unido a Él. Por encima de los
intereses tantas veces mezquinos de los seres humanos y de los
reinos terrenos, viene el Reino de los Cielos, el Reinado de Dios,
que es amplio en su alcance, ancho en sus miras, firme en sus
cimientos, lleno de amor en sus leyes.
Así como los profetas usaron muchos símbolos y
acciones simbólicas para tratar de describir la mente de Dios sobre
situaciones particulares, es apenas natural que la literatura
apocalíptica esté llena de simbolismo de muchos modos: los números,
las piedras preciosas, los acontecimientos cósmicos, los colores,
los animales, y muchas frases hechas son parte del "arsenal"
semántico que los visionarios usaron extensamente. Por decir algo:
el blanco será el color de la gloria, seguramente por su clara
analogía con la luz. Las fieras como el león o el oso serán imágenes
de la rapacidad y altanería o crueldad de algunos reinos.
El caso de los números ha sido siempre fascinante
para mucha gente, y está incluso vinculado con una pseudo-mística de
origen judío, es decir, la kábala. En la Biblia misma no hay
demasiada atención para los números sino sólo algunos símbolos
tomados de experiencias humanas muy universales. El número 4 por
ejemplo recuerda las cuatro orientaciones básicas sobre esta tierra
(cuatro puntos cardinales) y por extensión alude a la tierra misma.
El número 3 habla del desenlace de algo, pues toda historia tiene
siempre un comienzo, un nudo y un desenlace; de ahí los creyentes
pasan a ver cómo Dios es el que muestra el desenlace, y así surge la
expresión común: "al tercer día," no como una cuenta de 72 horas
sino com un modo de decir que todo desenlace pertenece finalmente a
Dios y sólo a Dios. Por asociación esto lleva a mirar el número 3
como un número celestial, el número en el que el Cielo se deja
sentir. Si 4 es el número de la tierra y 3 el del cielo, su suma, o
sea el númer o 7, indica la plenitud de todo, y por eso es el número
de la perfección, el número que a menudo se asocia con Dios. También
puede aludir simplemente a la plenitud o totalidad de algo.
Encontramos en este sentido expresiones como los "siete" espíritus o
ángeles que sirven ante el trono de Dios de Dios (Apocalipsis 1,4):
más que un censo de un grupo peculiar de ángeles, aquí seguramente
hay una alusión a todo cuanto sirve a Dios en el Cielo y está unido
al caminar del pueblo de Dios.
Todo esto que he mencionado era como el universo
de símbolos en que Jesús creció y en el que también aprendió a
expresar de modo espontáneo y bello su mensaje. Indudablemente era
más sencillo para sus primeros oyentes captar lo que él quería decir
con expresiones como esta: "Cuando el espíritu inmundo sale del
hombre, pasa por lugares áridos buscando descanso y no lo halla.
Entonces dice: "Volveré a mi casa de donde salí"; y cuando llega, la
encuentra desocupada, barrida y arreglada. Va entonces, y toma
consigo otros siete espíritus más depravados que él, y entrando,
moran allí; y el estado final de aquel hombre resulta peor que el
primero. Así será también con esta generación perversa" (Mateo
12,43-45).
De hecho, la misma palabra "generación" no
necesariamente indica lo que es para nosotros. Nosotros pensamos en
una generación como un periodo de un cierto número de años en que
las personas que están al frente de las instituciones son
reemplazadas por sus hijos. Ese número puede estar entre 20 y 40
años, dependiendo de a quién se le haga la pregunta. Seguramente
Jesús no hacía esas cuentas porque nadie pensaba en términos de
relevos de poder en aquel tiempo. El sentido de que una generación
de hijos sucede a la generación de sus padres existe, claro está (véase
por ejemplo Deuteronomio 29,22 o Jueces 2,10), pero lo principal de
la idea de generación no es eso, sino más bien algo como lo que
nosotros llamamos un "estado de cosas." Una generación es como un
estado de cosas, como "lo establecido," o lo que a veces llamamos
"el sistema." Veamos ejemplos.
En Números 32,31 leemos: "Y se encendió la ira
del SEÑOR contra Israel, y los hizo vagar en el desierto por
cuarenta años, hasta que fue acabada toda la generación de los que
habían hecho mal ante los ojos del SEÑOR." La idea es que la
incredulidad tiene que acabarse y un nuevo sistema, una nueva
generación, ya creyente, debe llegar. otro pasaje nos ayuda a ver
que esa generación no alude a un periodo estrecho de 20 a 40 años:
"Y la generación venidera, vuestros hijos que se levanten después de
vosotros y el extranjero que venga de tierra lejana..." (Deuteronomio
29,22). En ese texto la generación venidera no es un grupo de
personas, sino una posteridad, un nuevo orden que vendrá. En el
Salmo 14,5 leemos que "Dios está con la generación justa." No cabe
pensar que eso alude a un único grupo humano en toda la historia
humana; el sentido es más bien que hay situaciones, condiciones en
las que brilla la justicia, y ahí está Dios. Otros textos en este
sentido podrían ser Hechos 2,40 ("Sed salvos de esta generación
perversa"), Filipenses 2,15 ("en medio de una generación perversa y
torcida") y muchos otros.
Según todo esto, una expresión apocalíptica como
la de Jesús en Mateo 24, "yo os aseguro que no pasará esta
generación hasta que todo esto suceda..." debe entenderse más o
menos de este modo: "hemos llegado a un estado de cosas que va a
colapsar estrepitosamente pero en ello se verá el juicio de Dios y
que sólo Él es fiel y sale vencedor."
Esta interpretación parece bastante coherente
además con los varios niveles de "colapso" que Jesús estaba a punto
de enfrentar. Está el colapso del sistema judío, artificialmente
sostenido por una casta sacerdotal incrédula, egoísta, intrigante y
sólo pragmática: esto traería la ruina sobre Jerusalén. Está el
colapso implícito en la muerte misma de Cristo, que es el rechazo
por excelencia que el mundo le hace a Dios. Y está el colapso de los
reinos de este mundo, pues precisamente queda demostrado que ni la
racionalidd pagana ni las pretensiones del pueblo elegido son
capaces de defender a un inocente. Sin duda, todos estos colapsos,
todo este derrumbarse ruge con fuerza en el corazón de Jesucristo
cuando predica en el capítulo 24 de san Mateo. Su lenguaje quiere
describir con imágenes impresionantes la magnitud del rechazo al
Dios que es Creador y Señor de todos, pero a la vez quiere reafirmar
la única certeza imbatible: hay que aferrarse a Dios.
Así también Cristo mismo se aferró a la voluntad
de Dios, nuestro Padre, y así soportó el derrumbarse mismo de su
cuerpo, su vida, su misión y el mundo entero. Desnudo de todo, fiel
en todo, descendió a lo más profundo de la tragedia humana, que es
la incoherencia de rechazar al Dios que nos ama. Cristo aceptó ser
el Dios rechazado y el Dios que no rechaza; aceptó ser el Hombre que
paga por rechazar y el Hombre que quiere ser acogido y abrazado. Y
así, como Dios verdadero y Hombre verdadero, Cristo fue de todo
desposeído y en todo enriquecido: verdaderamente murió y
verdaderamente resucitó.