La dignidad humana no está sujeta a votación,
contrariamente a lo que muchos creen hoy en día. El problema de
fondo es que, al no tener una visión correcta, objetiva y profunda
de la persona humana y de su dignidad, se cae en el error del
relativismo moral. Ya lo habíamos señalado. Ahora lo reiteramos. Si
la dignidad humana es objetiva, como ya demostramos, entonces se
sigue que la moral, la cual se funda en aquélla, también es objetiva.
La persona humana posee una dignidad intrínseca y
absoluta. Esa dignidad abarca a toda la persona. Todo ello implica
que la dignidad humana es perenne. La dignidad humana básica nunca
se pierde, ni por la enfermedad, ni por la falta de recursos, ni por
la edad, incluso, ni siquiera por la muerte. De todo ello se sigue
que la dignidad humana no pasa de moda, por consiguiente los
principios morales fundamentales tampoco pasan de moda.
Por ello no tiene ningún sentido decir que "ya
estamos en el nuevo milenio, esas cosas pertenecen al pasado". Las "cosas"
a las que se refieren las personas que así arguyen son los
principios y valores fundamentales que guían la existencia humana,
como los Diez Mandamientos. El error de esta forma de argüir
consiste en equiparar las cosas materiales a los principios y
valores espirituales. Las cosas materiales, sobre todo las
producidas por el hombre, están sujetas a cambio. Es más, dichas
cosas tienen que cambiar, de hecho, tienen que mejorar. El ingenio
humano siempre está produciendo cosas mejores. Ello forma parte del
progreso, al cual la persona humana y su creatividad tienden por
naturaleza. "Someted la tierra", dijo Dios a la primera pareja
humana (Génesis 1:24).
Pero los principios y valores morales pertenecen
a otro orden y no cambian. No cambian porque, entre otras cosas, nos
prohíben realizar aquellas acciones que van en contra de nuestra
dignidad.
Confundir lo que cambia o incluso debe cambiar,
como las cosas materiales, con lo que es perenne, no sólo es un gran
error que causa mucho daño, sino que también es una gran
superficialidad del pensamiento contemporáneo. Este pensamiento se
caracteriza por un banal relativismo que coloca todas las cosas en
un mismo plano, sin una jerarquía de valores ni un patrón o estándar
con el cual confrontar nuestras actitudes y comportamientos.
Estamos llenos de información, pero no la tenemos
ordenada. El resultado es la confusión, la falta de sentido en la
vida y un consecuente sentimiento de vacío. Todo ello conduce al
nihilismo, es decir, a la nada.
Al carecer la vida de unos ideales trascendentes
que la den sentido a la existencia humana, la persona cae en el
hedonismo (búsqueda del placer como fin en sí mismo) o en la
desesperación y el escapismo. Ello explica la exagerada
proliferación de las industrias del entretenimiento. La distracción
o la diversión deja de ser un tiempo de verdadero descanso y
expansión, de "cargar las baterías", de enriquecimiento personal,
familiar y comunitario. Se convierte entonces en un frenesí sin
término, con la consecuente frustración cuando ésta termina y luego
en la búsqueda de mayores entretenimientos.
Se llega así al fenómeno de la adicciones, que
van más allá de las conocidas, como el alcohol, las drogas y el
juego. Ahora existen las adicciones al sexo, a la comida, al trabajo,
al consumismo, a la televisión, a las computadoras, a los juegos
electrónicos y a la violencia, incluso dentro de la familia.
¿Cómo podemos salir de este círculo vicioso y
dañino?
¿Cómo podemos recuperar la valorización de lo
moral y el sentido de nuestra dignidad?