Al terminar mi materia de física cuántica me
encontré con una profesora que le llama la atención la cuántica en
el cuidado de enfermería, y tocamos el tema más agradable, en
espíritu abierto y de fraternidad: ¿cómo es Dios?
En fin, para no alargarme, ella me preguntó
cómo desde la física cuántica intrerpretar a Dios como energía, y no
como una persona que es Padre que ama.
La palabra "energía" tiene un valor casi sagrado
en la física contemporánea, en la medida en que parece unificar
conceptos y teorías muy amplios.
El hecho mismo de que Einstein hubiera podido
establecer una equivalencia entre la masa y la energía con su famosa
ecuación E = mc2 hace de la energía una candidata perfecta para
describir todo lo que sabemos del universo.
Desde el punto de vista bíblico, sin embargo, no
hay posibilidad alguna de describir a Dios como una energía o como
la energía del universo.
La razón es muy sencilla: en la Escritura Dios
aparece como creador de todo cuanto existe, y el verbo "crear," que
es muy fuerte, implica una distinción neta entre aquel que crea y lo
creado.
Dios, nuestro Dios, no es una parte del universo,
ni siquiera si pensamos que esa parte es muy abstracta o profunda o
generalizada.
Dios, nuestro Dios, no debe su existencia al
universo ni depende de la suerte o los cambios del universo. En
resumen: aunque la palabra energía pueda describir un poco del
actuar divino es notoriamente incapaz de hablar del ser de Dios.
Lo que Dios es lo descubrimos por su acción
redentroa y soberana en favor de Israel, y especialmente por el
rostro de Cristo, en quien habita corporalmente la plenitud de la
divinidad, según enseña bien san Pablo en la Carta a los Colosenses.