Dos viejos rivales son Dios y el dinero. Cristo
ha advertido que no se puede servir a dos amos, que no se puede
servir a Dios y al dinero, pero parece que el hombre se empeña en
hacer todo lo contrario; pretende servir al dinero e incluso
servirse de Dios. Hoy el hombre está más pendiente de la bolsa de
valores o de la equivalencia del dólar, que de socorrer a los pobres,
“la caja de caudales celestial” como decía San Francisco. Hoy el
hombre no puede guardar, ya no se puede guardar, pero pretende
disfrutar y tener la mejor posición aunque para eso tenga que pasar
por sobre sus propios hermanos.
La historia se repite, pues Amòs, un profeta muy
simpático pero muy claridoso, que habló al pueblo hebreo unos ocho
siglos antes de Cristo, ya señalaba cómo el hombre no descansa el
día domingo, e incluso le molesta la presencia del domingo, pues eso
le obliga a no trabajar a no ganar, a no disfrutar. Me permito hacer
una traducción libre de Amós: “Escuchen esto los que buscan al pobre
sólo para arruinarlo, y andan diciendo: “¿Cuándo pasará el descanso
del domingo para vender nuestro trigo, y la última versión de las
computadoras, o la televisión con tecnología más avanzada, o el
refri que hace hielitos y conserva espléndidamente los alimentos, o
el nuevo celular o el radio más potente, o los nuevos cosméticos que
te harán ver más joven, o la operación quirúrgica que te quitará
unos cuántos kilos para que puedas disfrutar de nuevas comilonas?”
Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas,
obligan a los pobres a venderse, a las secretarias a entregarse,
obligan a los pobres a venderse, a la mujer con muchos hijos a
proporcionar un lascivo placer por unos cuántos pesos, y por unos
cuántos pesos corrompen a los niños y a los adolescentes, poniendo
droga en sus manos o abusando de sus frágiles cuerpecitos, y hasta
venden el salvado como trigo, el garbanzo como café, los compuestos
químicos como productos naturales y la fayuca (productos de
contrabando y adulterados en México) como ropa, zapatos y perfumes
de marca”. Todo esto lo dice Amòs, para llegar a afirmar con todo el
peso de las palabras: “El Señor lo ha jurado: No olvidaré ninguna de
sus acciones”.
Podremos pasarnos de listos, pero el Señor está
pendiente de todo, y llegará el día, en que él “Levantará del polvo
al desvalido y sacará al indigente del estiércol, para hacerlo
sentar entre los grandes, entre los jefes de su pueblo”.
Creo que Amós fue claro con su pueblo, pero
Cristo se percató de que los hombres no se había dado por aludidos,
por eso nos contó una historia que transmito también en versión
libre: El gerente de una empresa fue pescado en una “tranza” y fue
despedido de su trabajo, pero como éste era muy hábil y muy
ingenioso, se puso a pensar en su futuro, cuando ya fuera echado del
trabajo, y dicho y hecho, se dio a la tarea de llamar a los clientes
morosos de la empresa y a uno que debía cien barriles de aceite le
pidió que declara sólo cincuenta, y a otro que debía cien sacos de
trigo, le ofreció rebajárselos a ochenta. De esta manera ingeniosa,
el dueño reconoció la astucia y el ingenio del antiguo gerente”.
Sin duda alguna que alguno de los lectores se
sorprenderá que Cristo haya escogido a un ladrón y a un defraudador
como ejemplo, pero Cristo quiere dejar en claro que no alaba la
sinverguenzada, ni la falta de escrúpulos ni muchos menos la estafa,
sino que lo puso como ejemplo por la astucia con la que había
procedido. Todo esto para llegar a otra afirmación muy fuerte:
“Ciertamente los hijos de este mundo son mas hábiles en sus negocios
que los hijos de la luz” y para prevenir de la necesidad de valerse
del dinero, tan lleno de injusticias, para ganarse amigos, para
socorrer a los que no pueden recompensarnos en este mundo, pero que
nos recibirán, ellos mismos en el cielo.
Cristo vuelve a poner sobre el tapete, la gran
dificultad de tener dinero en la mano sin corromperse y sin
encandilarse. El dinero que es causa de la proliferación de la droga,
la venta de armamento a países, de la guerra étnica en algunas
naciones, y de la corrupción de no pocos gobernantes en cualquier
latitud del planeta que levantan un altar a este dios insaciable. El
que tiene dinero, impone su fuerza y señala las reglas del juego. El
que lo tiene, dicta las condiciones y los demás no tienen más
remedio que aceptar, aunque en sus corazones anide el deseo de
venganza y de violencia. Hemos llegado a envidiar al que lo tiene y
admiramos al que ha sabido amasarlo. Pero San Juan Crisóstomo
sostiene que detrás de toda fortuna, se esconde una injusticia:
“forzosamente el principio y la raíz de tus riquezas proceden de la
injusticia. Porque Dios al principio no hizo a uno rico y al otro
pobre, sino que dejó a todos la misa tierra. ¿De dónde, pues, siendo
la tierra común, tienes tú tantas y tantas hectáreas de terreno y tu
vecino ni unos cuántos metros dónde construir su casita?”
Sin pretender decir la última palabra sobre el
dinero, me ha parecido ingenioso lo que dice Andrés Pardo. Sobre el
dinero, hay que saber GANARLO, para eso nos dio el Señor la
capacidad, el ingenio y dos fuertes brazos, GASTARLO, dejarlo que
corra, no detenerlo, no atajarlo, no atesorarlo, COMPARTIRLO, eso es
lo que puede ser nuestra gran riqueza, nuestro gran tesoro, lo que
ponemos en manos de los demás, y finalmente, DESPRECIARLO, no
convertirlo en nuestro dios, no dejarlo que nos esclavice, pues
Papini decía que la moneda “es la hostia infame del dinero, y quien
lo ama y lo recibe con júbilo, se comunica visiblemente con el
demonio. Quién toca el dinero con voluptuosidad, toca, sin saberlo,
el excremento del demonio. Entre todas las cosas inmundas que el
hombre ha manufacturado para ensuciar la tierra y ensuciarse él
mismo, quizás sea la moneda la más inmunda de todas ellas”.
Que la oración en la fe nos haga considerar que
Dios tiene que ocupar el primer lugar en el corazón y las riquezas y
el afán y el poder de dinero lo último.