Tiempo de Oración, Ayuno y Caridad
La Cuaresma, tiempo" fuerte" de oración, ayuno y atención
a los necesitados, ofrece a todo cristiano la posibilidad de prepararse a la
Pascua haciendo un serio discernimiento de la propia vida, confrontándose de
manera especial con la Palabra de Dios, que ilumina el itinerario cotidiano
de los creyentes.
Este año, como guía para la reflexión cuaresmal, es
importante
proponer aquella frase de los Hechos de los Apóstoles: "Hay mayor felicidad
en dar que en recibir" (20,35). No se trata de un simple llamamiento moral,
ni de un mandato que llega al hombre desde fuera. La inclinación a dar está
radicada en lo más hondo del corazón humano: toda persona siente el deseo de
ponerse en contacto con los otros, y se realiza plenamente cuando se da
libremente a los demás.
¿ Qué es la Cuaresma ?
La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que
marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo
para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para
ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.
La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza
y termina el Domingo de Ramos, día que se inicia la Semana Santa. A lo largo
de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo
por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir
como hijos de Dios.
El color litúrgico de este tiempo es el morado que
significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de
conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.
En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La
Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo,
escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y
haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas
que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro
pecado, nos alejamos más de Dios.
Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la
reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de
nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a
nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y
apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz
con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.
40 días
La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del
número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del
diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto,
de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta
días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los
400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.
En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo
material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra,
seguido de pruebas y dificultades.
La práctica de la Cuaresma data desde el siglo IV, cuando
se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación
para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia.
Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de
oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más
aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de
conversión.
Origen de la palabra
El vocablo teutón Lent, que se utiliza en inglés para
indicar los cuarenta días de ayuno anteriores a la Pascua, no pasaba de
significar la estación de primavera. A pesar de ello se ha venido usando
desde el período anglo-sajón para traducir la palabra latina quadragesima (francés:
carême; italiano: quaresima; español: cuaresma), de mayor precisión por
significar "cuarenta días", o, más literalmente, "el cuadragésimo día". Esta
palabra, a su vez, imitaba el nombre griego de la Cuaresma, tessarakoste, (cuadragésimo),
formado por su analogía con Pentecostés (pentekoste), que ya era usado desde
antes de los tiempos del nuevo testamento para nombrar la fiesta judía. Esta
etimología adquiere cierta importancia al momento de explicar el desarrollo
más antiguo del ayuno oriental.
Origen de la costumbre
Ya desde el siglo V algunos Padres apoyaban la tesis de
que este ayuno de cuarenta días era una institución apostólica. Por ejemplo,
San León (+ 461) exhorta a sus oyentes a abstenerse para que "puedan cumplir
con su ayuno la institución apostólica de los cuarenta días"- ut apostolica
institutio quadraginta dierum jejuniis impleatur ( P.L., LIV, 633)- ,y el
historiador Sócrates (+ 433) y San Jerónimo (+ 420) utilizan un lenguaje
parecido. (P.G., LXVII, 633; P.L., XXII, 475).
Mas los mejores eruditos modernos rechazan casi
unánimemente esta posición. En los documentos existentes de los primeros
tres siglos encontramos una diversidad de prácticas en lo tocante al ayuno
anterior a la Pascua, e incluso una gradual evolución de su período de
duración. El pasaje más importante es uno citado por Eusebio de Cesárea (Historia
Ecclesiastica V, 24) de una carta de San Ireneo al Papa Víctor con relación
a la Controversia de Pascua. En él, Ireneo dice que no sólo existe una
controversia acerca de la fecha de observancia de la Pascua, sino también
acerca del ayuno preliminar. "Pues- continúa- algunos piensan que hay que
ayunar durante un día, otros que durante dos, y otros que durante varios, e
incluso otros aceptan que afirman que deben hacerlo durante cuarenta horas
continuas, de día y de noche". Él mismo afirma que esta variedad de formas
tiene un origen muy antiguo, lo que significa que no hay tradición
apostólica sobre ese asunto. Rufino, que tradujo a Eusebio al latín a fines
del siglo IV, parece haber interpolado signos de puntuación en ese pasaje
para hacer decir a Ireneo que algunas personas ayunaban cuarenta días.
Originalmente la lectura apropiada del texto fue tema de debate, pero la
crítica actual (Cfr. la edición de Schwartz comisionada por la Academia de
Berlín) se pronuncia fuertemente a favor del texto cuya traducción fue
presentada más arriba. Podemos, así, concluir que en el año 190 Ireneo no
sabía de ningún ayuno pascual de cuarenta días.
La misma conclusión se puede obtener respecto al lenguaje
de Tertuliano, de unos pocos años después. Éste, en sus escritos como
montanista, contrasta el tiempo breve del ayuno católico (i.e. "los días
cuando el novio les será arrebatado", que probablemente se referían al
Viernes y Sábado Santos) con el más largo, aunque aún restringido, de una
quincena, que era observado por los montanistas. Obviamente se refería a un
ayuno muy estricto (xerophagiæ: ayuno seco), pero no hay indicación alguna
en sus escritos- aunque escribió todo un tratado "De jejunio" y con
frecuencia toca el asunto en otras obras- que estuviese familiarizado con
algún período de cuarenta días consagrados a ayunar más o menos
continuamente (Véase Tertuliano, "De jejunio", II y XIV; "De Oratione",
XVIII, etc.).
Sin excepción alguna, los Padres pre-nicenos guardan el
mismo silencio en torno a ese tipo de ayuno, a pesar de que muchos de ellos
pudieron haberlo mencionado si hubiese sido una institución apostólica. No
existe, por resaltar unos ejemplos, mención alguna de la Cuaresma en San
Dionisio de Alejandría (Ed. Feltoe, 94 ss.) ni en la "Didascalia", fechada
por Funk en las cercanías del año 250. Empero, ambos hablan abundantemente
del ayuno pascual.
Existen datos que sugieren que la Iglesia de la Era
Apostólica celebraba la Resurrección de Cristo no con una festividad anual,
sino semanal (Véase, "The Month", abril 1910, 377 ss) De aceptarse esos
datos, la liturgia dominical constituía el recuerdo semanal de la
Resurrección, y el ayuno del viernes, el de su Pasión. Esa teoría ofrece una
explicación natural a la amplia divergencia que hallamos en la mitad final
del siglo II en lo tocante al tiempo adecuado para observar la Pascua y a la
manera del ayuno pascual. Había consenso total en cuanto a la observancia
semanal del domingo y del viernes, por ser algo primitivo, pero la fiesta
anual de la Pascua constituía algo impuesto por el proceso natural de
desarrollo, influenciado en gran parte por las condiciones de cada iglesia,
tanto en Occidente como en Oriente. No sólo eso, sino que a una con la
fiesta de la Pascua parece haberse introducido un ayuno preparatorio, para
conmemorar la Pasión o, dicho de otro modo: "los días en los que les sería
arrebatado el novio". Ese ayuno de modo alguno se prolongaba más de una
semana, aunque sí era muy estricto.
Como haya sido, encontramos ya en los albores del siglo
IV la primera mención del término tessarakoste. Aparece en el quinto canon
del Concilio de Nicea (325 d.C.), donde se considera el tiempo apropiado
para llevar a cabo un sínodo; se puede pensar que se refiere a una
festividad, como la Ascensión o la Purificación, llamada quadragesima de
Epiphania por Ætheria, y no a un período determinado de tiempo. Mas no
debemos olvidar que el vocablo antiguo, pentekoste (Pentecostés), que
originalmente significó el quincuagésimo día, había llegado a convertirse en
el nombre de todo el período (al que deberíamos llamar tiempo pascual) que
va del Domingo de Pascua hasta el de Pentecostés (Cfr. Tertuliano, "De
idolatria", XIV: "pentecosten implere non poterunt"). Como quiera que sea,
sí hay seguridad de que, de acuerdo a las "Cartas Festales" de San Atanasio,
que en el año 331 este santo impuso a su grey un ayuno preliminar de
cuarenta días. Este ayuno era aparte del de la Semana Santa, mucho más
estricto. Ese mismo Padre, el año 339, habiendo viajado a Roma y por gran
parte de Europa, escribió a la gente de Alejandría en palabras muy fuertes
para ordenarle que lo observase, siendo como era ya de observancia
universal, "para que cuando todo el mundo está ayunando, no seamos nosotros
el hazmerreír por ser quienes vivimos en Egipto los únicos que en vez de
ayunar nos dedicamos al placer". Si bien Funk primeramente sostuvo que la
Cuaresma de cuarenta días no se conoció en Occidente antes de la época de
San Ambrosio, no podemos desechar esa evidencia.
Duración del ayuno
El ejemplo de Moisés, Elías y Cristo debe haber
constituido una gran influencia al fijar el tiempo de cuarenta días. Aunque
también es posible que se reflexionara en el hecho de que Cristo duró
cuarenta horas en la tumba (actualmente, siguiendo la tradición, la atención
se pone más sobre los 40 años de Israel en el desierto y los cuarenta días
de ayuno de Jesucristo en el desierto al inicio de su vida pública. Cfr.
número 540 del Catecismo de la Iglesia Católica, de 1992, N.T.). Por otra
parte, así como Pentecostés (cincuenta días) era el período durante el cual
los cristianos se regocijaban y oraban de pie, a pesar de no estar siempre
dedicados a esa oración, del mismo modo la Cuadragésima (cuarenta días) era
originalmente un tiempo caracterizado por el ayuno, pero no significaba ello
que los fieles deberían ayunar a todo lo largo del mismo. (Eusebio de Ceárea,
en el año 332, en el texto mencionado más arriba, escribe lo siguiente
acerca del significado de la Cuaresma, su ayuno y las festividades post-pascuales:
"Después de Pascua, pues, celebramos Pentecostés durante siete semanas
íntegras, de la misma manera que mantuvimos virilmente el ejercicio
cuaresmal durante seis semanas antes de Pascua. El número seis indica
actividad y energía, razón por la cual se dice que Dios creó el mundo en
seis días. A las fatigas soportadas durante la Cuaresma sucede justamente la
segunda fiesta de siete semanas, que multiplica para nosotros el descanso,
del cual el número siete es símbolo", N.T.). De todos modos, para muchas
comunidades ese principio no era siempre bien entendido y el resultado de
ello era una diferencia en la práctica. En la Roma del siglo V, la Cuaresma
duraba seis semanas, pero según el historiador Sócrates, sólo tres de ellas
se dedicaban al ayuno y de ellas quedaban excluidos los sábados y domingos
y, si confiamos en la opinión de Duchesne, esas semanas no eran continuas,
sino la primera, cuarta y quinta de la serie, por su relación con las
ordenaciones (Christian Worship, 243). Muy posiblemente, sin embargo, esas
semanas tenían que ver con los "escrutinios" preparatorios del bautismo, ya
que, según algunas autoridades (e.g., A.J. Maclean en "Recent Discoveries"),
la obligación de ayunar junto con los candidatos al bautismo es resaltada
como la influencia principal para el desarrollo de los cuarenta días. Empero,
en todo el Oriente, con algunas excepciones, prevaleció el formato explicado
en las "Cartas Festales" de San Atanasio y que cundió en Alejandría, a
saber: las seis semanas de la Cuaresma eran sólo la preparación para un
ayuno sumamente estricto que se observaba durante la Semana Santa. (Acerca
del sentido del ayuno cuaresmal, San Atanasio, en una de esas "cartas
festales" enseña lo siguiente: "Cuando Israel era encaminado hacia Jerusalén,
primero se purificó y fue instruido en el desierto para que olvidára las
costumbres de Egipto. Del mismo modo, es conveniente que durante la santa
cuaresma que hemos emprendido procuremos purificarnos y limpiarnos, de forma
que, perfeccionados por esta experiencia y recordando el ayuno, podamos
subir al cenáculo con el Señor para cenar con él y participar en el gozo del
cielo. De lo contrario, si no observamos la cuaresma, no nos será licito ni
subir a Jerusalén ni comer la pascua". N.T.). Esto queda confirmado por la "Constituciones
Apostólicas" (V, 13) y presupuesto por San Juan Crisóstomo (Homiliae, XXX
sobre Gn 1). Habiendo sentado ya sus reales, el número cuarenta produjo
otras modificaciones. A algunos les pareció necesario que no solamente
hubiera ayunos a lo largo de los cuarenta días, sino que fueran cuarenta
días de ayuno. De ese modo encontramos que Ætheria, en su "Peregrinatio",
habla de que en Jerusalén se tenía una Cuaresma de ocho semanas, de las que,
excluidos sábados y domingos, nos da cinco veces ocho, i.e., cuarenta días
de ayuno. En otras localidades, por otro lado, la gente se contentaba con un
tiempo no mayor de seis semanas, ayunando únicamente cinco días a la semana,
como ocurría en Milán, a la usanza oriental (Ambrosio, "De Elia et Jejunio",
10). En tiempos de Gregorio Magno (590-604) en Roma se utilizaban seis
semanas de cinco días cada una, haciendo un total de 36 días de ayuno, las
que San Gregorio, seguido después por muchos autores medievales, describe
como el diezmo espiritual del año, ya que 36 días equivalen aproximadamente
a la décima parte de 365. Más tarde, el deseo de cuadrar perfectamente los
cuarenta días llevó a la práctica de comenzar la Cuaresma a partir de
nuestro actual Miércoles de Ceniza, aunque la iglesia de Milán, hasta el día
de hoy se adhiere al formato primitivo, que aún se nota en el Misal Romano
cuando el celebrante, durante la Misa del primer domingo de Cuaresma, habla
de "sacrificium quadragesimalis initii", el sacrificio del inicio de la
Cuaresma (La versión actual española de la oración sobre las ofrendas para
ese domingo dice: "...el santo tiempo de la Cuaresma, que estamos iniciando.",
N.T.)
Naturaleza del ayuno
La divergencia respecto a la naturaleza del ayuno tampoco
fue menor. Por ejemplo, el historiador Sócrates (Historia Ecclesiatica, V,
22) nos describe la práctica del siglo V: "Algunos se abstienen de cualquier
tipo de creatura viviente, mientras que otros, de entre todos los seres
vivos solamente comen pescado. Otros comen aves y pescado, pues, según la
narración mosaica de la creación, estos últimos también salieron de las
aguas. Otros se abstienen de comer fruta cubierta de cáscara dura y huevos.
Algunos sólo comen pan seco, otros, ni eso. Y algunos, después de ayunar
hasta la hora nona (15:00 horas), toman alimentos variados". En medio de tal
diversidad no faltó quien se inclinara por los extremos del rigor. Epifanio,
Paladio y el autor de "La vida de Santa Melania la Joven" parecen ser
testigos de un orden de cosas en el que el cristiano ordinario debía pasar
24 horas o más sin alimento alguno, sobre todo durante la Semana Santa, y
los más austeros subsistían a lo largo de la Cuaresma con una o dos comidas
semanales exclusivamente (Cfr. Rampolla, " Vita di S. Melania Giuniore",
apéndice XXV, p. 478). La regla ordinaria del ayuno, sin embargo, consistía
en tomar una comida al día, en la tarde, con la total prohibición de tomar,
en los primeros siglos, carne y vino. En la Semana Santa, o al menos el
Viernes Santo, era común hacer el ayuno llamado xerophagiæ, i,e., una dieta
de alimentos secos, pan, sal y vegetales. No parece que hubiesen estado
originalmente prohibidos los lacticinia, como parece corroborar el citado
pasaje de Sócrates. Más aún, en una época posterior, Beda nos habla del
obispo Cedda, quien en Cuaresma sólo hacía una comida al día, consistente en
un poco de pan, un huevo de gallina y un poco de leche mezclada con agua" (Historia
Ecclesiastica III, 23). Por el contrario, Teodulfo de Orleans, en el siglo
VIII, consideraba la abstinencia de huevos, queso y pescado como señal de
una virtud excepcional. San Gregorio, en una carta a San Agustín de
Inglaterra, fija la norma: "Nos abstenemos de carne y de todo aquello que
viene de la carne, como la leche, el queso y los huevos". Esta decisión
quedó después incorporada al " Corpus Juris", y se considera ya como ley
general en la Iglesia. Pero fueron aceptadas ciertas excepciones, y con
frecuencia se concedían dispensas para consumir "lacticinia", a condición de
dar alguna contribución a una obra de caridad. Tales dispensas eran
conocidas en Alemania como Butterbriefe (Cartas de, o acerca de, la
mantequilla; Butter significa mantequilla en alemán. N.T.), y se dice que
varios templos fueron construidos con las sumas recogidas de esa manera. Una
de las torres de la catedral de Rouen era conocida, por esa razón, como la
"Torre de la Mantequilla". Esta prohibición de comer huevos y leche en
Cuaresma se ha perpetuado en la costumbre popular de bendecir o regalar
huevos de Pascua y en la costumbre inglesa de comer pastelillos el Martes de
Carnaval.
Relajamiento del ayuno cuaresmal.
Por lo dicho antes podemos afirmar que en la temprana
Edad Media, a lo largo de la mayor parte de la Iglesia Occidental, la
Cuaresma consistía en cuarenta días de ayuno, y seis domingos. Desde el
inicio de esa temporada, hasta su final, quedaban prohibidos la carne y los
"lacticinia", incluso los domingos, y durante los días de ayuno sólo se
hacía una comida al día, la que no podía realizarse antes de oscurecer. Pero
ya en una época muy temprana (encontramos la primera mención de esto en
Sócrates), se comenzó a tolerar la práctica de romper el ayuno a la hora de
nona, o sea a las tres de la tarde. Sabemos, en particular, que Carlomagno,
alrededor del año 800, tomaba su refacción cuaresmal a las 2 de la tarde.
Este gradual adelanto de la hora de cenar se facilitó por el hecho de que
las horas canónicas de nona, vísperas, etc., más que representar puntos
fijos de tiempo, representaban espacios de tiempo. La hora novena, o nona,
estrictamente significaba las tres de la tarde, pero el oficio de nona podía
ser recitado a la misma hora de sexta, que, lógicamente, correspondía a la
hora sexta, mediodía. De tal modo, se llegó a pensar que la hora nona
empezaba a mediodía, y ese punto de vista se ha conservado en la palabra
inglesa noon, que viene a significar el tiempo entre mediodía y las tres de
la tarde. La hora de romper el ayuno cuaresmal era después de vísperas (el
ritual vespertino), pero gracias a un proceso gradual, el rezo de vísperas
se anticipó más y más hasta que se reconoció oficialmente el principio,
vigente hasta hoy día, de que las vísperas de Cuaresma podrían ser rezadas a
mediodía. De ese modo, si bien el autor del "Micrologus" del siglo XI aún
afirmaba que quienes tomaran alimentos antes del anochecer no ayunaban de
acuerdo a los cánones ( P.L., CLI, 1013), ya para los inicios del siglo XIII
algunos teólogos, como el franciscano Richard Middleton, quien basa su
decisión en la usanza de su tiempo, afirma que aquel hombre que cene a
mediodía no rompe el ayuno cuaresmal. Todavía más material fue el
relajamiento causado por la introducción de la "colación". Esta perece haber
comenzado en el siglo IX, cuando el Concilio de Aix la Chapelle autorizó la
concesión, aún para los monasterios, de un trago de agua u otra bebida al
atardecer para aquellos que estuviesen fatigados por el trabajo manual del
día. De este pequeño inicio se desarrolló una mayor indulgencia. El
principio de la parvitas materiae, o sea, que una cantidad pequeña de
alimento no rompe el ayuno mientras no sea tomada como parte de una comida,
fue adoptado por Santo Tomás de Aquino y otros teólogos. A lo largo de los
siglos se reconoció que una cantidad fija de comida sólida, menor de seis
onzas, podía ser tomada después de la bebida del mediodía. Puesto que esa
bebida vespertina, cuando se comenzó a tolerar en los monasterios del siglo
IX, se tomaba a la hora en que se leían en voz alta las "collationes" (conferencias)
del Abad Casiano a los hermanos, esta pequeña indulgencia llegó a ser
conocida como "colación", y así se ha llamado desde entonces. Otro tipo de
mitigaciones, de naturaleza más substancial, se ha introducido en la
observancia de la Cuaresma durante el curso de los últimos siglos. Para
comenzar, se ha tolerado la costumbre de tomar una taza de líquido (por
ejemplo, café, té e incluso chocolate) con un trozo de pan o una tostada
temprano en la mañana. Y en lo que toca más de cerca de la Cuaresma, la
Santa Sede ha concedido sucesivos indultos para permitir la carne como
alimento en la comida principal, primero los domingos y después en dos, tres,
cuatro y cinco días a la semana, hasta casi abarcar todo el período. Más
recientemente, el Jueves Santo, en el que siempre se había prohibido la
carne, ha venido a ser beneficiario de la misma indulgencia. En los Estados
Unidos, por concesión de la Santa Sede, se ha logrado que los trabajadores y
sus familias coman carne todos los días, excepto los viernes, el Miércoles
de Ceniza, el Sábado Santo y la Vigilia de Navidad. La única compensación
para tanta mitigación es la prohibición de tomar carne y pescado
simultáneamente en la misma comida. (Véase Abstinencia, Ayuno, Impedimentos,
Canónico (III), Domingo Laetare, Septuagésima, Sexagésima, Quincuagésima,
Quadragésima, Ornamentos).
(La legislación actual de la Iglesia, según el Código de
Derecho Canónico vigente desde el 25 de enero de 1983, señala en sus
artículos 1249-1253, la obligación de ayunar y abstenerse de ciertos
alimentos. El ayuno sólo obliga el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo;
la abstinencia de carne, u otro alimento señalado por las conferencias
episcopales, todos los viernes y el tiempo de Cuaresma. Cfr. También el
Catecismo de la Iglesia Católica, número 1438. Acerca de la percepción
actual del sentido de la Cuaresma y el Adviento, el otro "tiempo fuerte",
penitencial, de la Iglesia, cfr. Constitución Sacrosantum Concilium del
Concilio Vaticano II, nos. 102-106; 109-110. N.T.)