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Todos necesitamos la
conversión y la dirección

 

Dios se compadece de su pueblo a los 400 años de esclavitud. «El Señor le dijo a Moisés: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel» (Ex 3, 7-8).

¿No podía Dios haber librado a su pueblo apenas empezó a ser oprimido en Egipto? No podemos dudarlo. Pero tiene que llegar la hora de Dios. La hora en que Dios diga: ¡Basta! Hasta que llega esa hora los planes de Dios han de cumplirse. Tengámoslo esto en cuenta cuando nuestro celo nos quiera llevar a suprimir de un plumazo situaciones injustas, pecados colectivos, opresión de pueblos. Todo juega su papel en los planes de la Providencia y todo redunda en bien de los elegidos (Rm 8, 28), «aun los pecados» (San Agustín).

Injustamente obró Pilato asesinando a unos galileos piadosos mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Pero Jesús no le da importancia al hecho como para hacer de él una denuncia profética. Lo toma como punto de partida de una amonestación evangélica: «Si no os convertís todos pereceréis» (Lc 13, 3).

Lo importante para Él es la conversión. Se pueden convertir a la hora del sacrificio los inmolados por Pilato y los aplastados en la Torre de Siloé y si se convierten eso es lo que cuenta porque gozarán de la vida eterna que es la que Cristo quiere que todos posean.

San Pablo viene a confirmarnos lo dicho porque afirma que estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres. Todo esto les sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro.

Ninguno de los israelitas que salieron de Egipto entró en la Tierra Prometida a excepción de Josué y Kaleb: «En este desierto caerán vuestros cadáveres... vosotros no habéis de entrar en el país donde, alzando mi mano juré os haría habitar... vuestros propios cadáveres caerán en este desierto… en este desierto serán aniquilados y ahí morirán» (Nm 14, 29-3 0).

No habían sido fieles con Dios. No habían guardado su alianza. Habían quebrantado sus compromisos y llegó el castigo como llegará también para los judíos contemporáneos de Cristo, a quienes va dirigida la maldición de la higuera en la que no encontró más que hojas (Mc 11, 13-14).

Como llegará para nosotros si después de tantas gracias recibidas y tanto cultivo y cuidado espiritual no damos fruto de penitencia y de conversión.

No consideremos la conversión en su primera etapa de la salida del pecado. Nadie puede decir que no necesita conversión, porque nadie puede decir que no tiene pecado, pues siete veces cae el justo (Pr 24, 16).

 

Santa Teresita y santa Teresa hablan de su conversión.

Conversión será una más fina relación de intimidad práctica de la virtud más humilde y desprendida. Más pura.

Conversión será una más fina relación de intimidad con el Señor.

Negación de todo lo que está impidiendo la oleada de gracia con que Dios nos quiere transformar en hombres nuevos creados a imagen y semejanza de su Hijo querido.

¿Cuántos años andamos sin dar fruto? ¿Aparentando tenerlo por la abundancia de las hojas? La higuera plantada en la viña no escatimaba las hojas. Mucho follaje pero de fruto ni un gramo. «Tres años sin dar fruto» (Lc 13, 6-9).

Quizás en nuestra vida no faltarán prácticas externas que puedan inducir a engaño. Por los frutos los conoceréis y no por las hojas.

¿Damos frutos dignos de penitencia? (Lc 3, 8). Examinémonos con toda sinceridad y coraje.

Por eso enfrasquémonos en la necesidad de la penitencia para obtener el perdón de los pecados y tras él, la abundancia de los dones celestiales.

La penitencia, que es detestación de las obras malas, contrición dolorosa del corazón, ansia de limpieza de alma, trabajo para la pureza de conciencia, puede hacer de corazones indómitos, hijos piadosos. Él, Dios, puede hacer de las piedras hijos de Abraham (Mt 3, 9). Él puede hacer castos a los lujuriosos, humildes a los soberbios, mortificados a los sensuales.

Cuando David pecó poniendo al servicio de su pasión a la mujer, y derramando la sangre justa e inocente, la soberbia cegó su inteligencia y no vio la hecatombe moral que su pecado había desencadenado. Natán fue en nombre de Dios a golpear aquella real conciencia y ante la palabra fulminante, David confiesa sus crímenes (2 S 12, 1-13).

Ése fue el comienzo de su salvación. El reconocimiento de nuestra maldad es indispensable para que nos comencemos a curar.

El Padre Lacordaire, empeñado en una nueva fundación, encuentra un resorte definitivo para alcanzar la bendición divina: confiesa sus pecados de toda la vida a un joven sacerdote, le desata del sigilo y le autoriza a recordarle siempre que lo encuentre los pecados que acaba de oír. No tiene bastante. Se desnuda la espalda, saca unas disciplinas, y ruega, suplica, manda al confesor le azote con ellas. Era el medio de atraer la gracia de Dios. Las luces divinas enseñan que los frutos de la penitencia son fecundos en bienes celestiales y de las mejores bendiciones del cielo.

 


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