Las doctrinas erráticas, la seducción del poder y
la fuerza engañadora del mal provocan la apostasía. Pero también la
conducta desordenada puede dividir a la comunidad. Y así como hay
que rechazar las enseñanzas de quienes niegan la venida gloriosa del
Señor por sus expresiones mentirosas, también es necesario apartarse
de quienes niegan la presencia del Señor, pues viven de tal manera
que sus prácticas rechazan los preceptos apostólicos. Y si la
enseñanza se recibió “por palabra o por carta”, la práctica
cotidiana se recibió por imitación de vida (1 Tes, 3,7). El v.
repite textualmente 1 Tes 2,9. Pero el contexto argumentativo ha
variado totalmente. Mientras en 1 Tes quiere indicar la disposición
fraterna del grupo misionero a sostenerse a sí mismo para no
depender de nadie y manifestar así su libertad, en este contexto es
dado como una conducta a ser imitada, como un ejemplo a ser seguido
por la comunidad y por sus miembros en su vida cotidiana.
La recomendación de sostenerse a sí mismos
mediante el trabajo manual ya está en 1 Tes 4,11. Cabe preguntarnos,
a quiénes, en la comunidad, va dirigida esta amonestación.
Descartemos a los esclavos, dados que no está en ellos la opción de
trabajar o no. Tampoco es posible pensar en los simples artesanos
urbanos que probablemente constituyeran la mayoría de este grupo de
creyentes; ellos normalmente vivían al día, debían sostener a sus
familias; y si todos, o un grupo significativo de ellos dejaba de
sostenerse a sí mismo para vivir de “fondos comunitarios”,
seguramente en poco tiempo se agotarían los recursos. En el mundo
antiguo los que apreciaban el ocio eran las clases superiores, o los
aspirantes a integrarlas: propietarios menores que vivían de sus
esclavos, o patrones comerciantes. Estos no “viven del trabajo de
sus manos” y tienen tiempo para sembrar rumores, frecuentar los
juegos y fiestas cívicas y “hacer sociales”, mientras otros,
esclavos, dependientes y clientes, trabajan para ellos y producen el
pan que comen.
“El que no trabaja que tampoco coma” no está
dirigido, como tantas veces se ha usado, a los desvalidos y humildes
que necesitan la solidaridad del grupo, sino a los que viven del
trabajo ajeno, a los explotadores de los otros, a los que acumulan
bienes más allá de sus necesidades con el sudor de los demás. Estos
son los que no trabajan en nada, viven desordenadamente metiéndose
en lo ajeno (v. 11). Estos son lo que deben trabajar y comer su
propio pan. Sin duda, la Iglesia primitiva, como sabemos, tuvo una
práctica de asistencia mutua desde sus mismos orígenes.
Y no puede negarse que siempre hay posibilidad de abusos en estas
circunstancias. Pero los abusos a estos sistemas de solidaridad
nunca serán tantos y tan nefastos como los abusos de los poderosos
que viven del trabajo ajeno, que se enriquecen con el esfuerzo de
otros, que comen su pan sin haber sembrado ni molido un solo grano
de trigo. Por eso, junto con la recomendación de trabajar va la
recomendación de “hacer el bien”. La excusa de los abusos no puede
servir como argumento para dejar de ser solidarios con los más
necesitados, ni el afán de acumular debe reemplazar a la generosidad
de los que pueden hacer algo. La vida práctica de la comunidad es
también una forma de predicar, y de predicar una opción de vida que
cuestiona y desafía a los dioses del poder, a las justificaciones
ideológicas de los explotadores, o al desapego a la caridad que
exhiben los agentes del Imperio, entonces y ahora.
La iglesia cristiana es una comunidad solidaria.
Usar el texto: “El que no trabaja que tampoco coma”, en un contexto
de desocupación, subempleo o salarios de hambre como ocurre en
nuestro continente latinoamericano, solo puede venir de almas
insensibles. No es ese el sentido que le dieron los autores de 2 Tes.
Desgraciadamente, en nuestras sociedades hay muchos que pasan hambre
trabajando, y los que más abundancia tienen suelen pasarse mucho
tiempo libre, viviendo de la especulación o del trabajo de otros.
Mostrar que en esta carta este texto sirve para ayudar a la
construcción de un sentido solidario, para desarmar los mecanismos
de exclusión o de mutua agresión, puede ayudar a superar ese uso
egoísta que muchas veces se ha hecho del texto. El evangelio debe
ser predicado con las formas de vida, y la palabra que pone broche a
este texto es “no se cansen de hacer el bien”.