4- Clonación
En un sentido amplio, por clonación entendemos la generación de una
entidad biológica idéntica a otra entidad: en el caso que nos ocupa
nos referimos a la clonación de seres vivos y, más concretamente, de
seres humanos: es decir, a la obtención de seres humanos
genéticamente idénticos a un ser humano ya existente.
Esto se puede lograr básicamente de dos modos:
- Clonación por gemelación ("paraclonación"): la forma más simple de
clonar un ser vivo consiste en disgregar las células de la masa
interna del blastocisto (es decir, del embrión en un estadio inicial
de desarrollo) de modo que cada una de las células dé lugar a un
embrión distinto (como ya hemos comentado antes, este es el proceso
por el que tiene lugar la gemelación natural).
- Clonación por transferencia de núcleo: el otro modo de clonar
seres humanos consiste en tomar el núcleo de una célula de un
organismo y transferirlo al interior de un óvulo al que previamente
se le ha extraído el núcleo; a continuación se estimula el óvulo
para que empiece a dividirse como si hubiera sido fecundado, de modo
que se organiza y se desarrolla como cualquier otro embrión.
Hoy por hoy, la clonación humana no es técnicamente posible (o no lo
es de un modo suficientemente eficaz como para poderla plantear como
alternativa terapéutica aplicable en la práctica); en cualquier caso,
vuelvo a insistir en que, las barreras técnicas, se superan con
tiempo e inversión económica; lo que nunca se podrá eliminar es la
barrera ética: la clonación supone, igual que la utilización de
embriones humanos producidos por fecundación in vitro, la
destrucción de un ser humano; además, en este caso, el embrión
humano es generado con la finalidad de ser utilizado y para ser
destruido;
Por último, cabe añadir que la clonación presenta
algún agravante ético "extra" en comparación a la destrucción y
manipulación de embriones producidos in vitro: en el caso de la
clonación se está utilizando un tipo de reproducción que no es el
propio de la especie humana: la clonación no implica la fusión de
dos gametos procedentes de dos organismos distintos (reproducción
sexual) sino la generación de un nuevo ser humano a partir de
células adultas de una única persona: se trata de un tipo de
reproducción asexual, propia de las bacterias, los protozoos y otros
muchos organismos filogenéticamente más primitivos y mucho menos
evolucionados (aunque no por ello menos adaptados a su entorno) que
los seres humanos. En este sentido, la clonación no sólo es
reprobable desde el punto de vista de la defensa de la dignidad de
la persona humana, sino también desde la perspectiva ecologista de
defender y respetar la naturaleza y el orden natural preestablecido.
Hoy por hoy, la clonación humana se intenta llevar a cabo en plan
experimental; el caso es que para lograr una clonación, es necesario
disponer y utilizar gran cantidad de óvulos (por una cuestión de
imperfección de la técnica) y no es factible disponer del número de
óvulos humanos necesario (procedentes de donantes voluntarias que
deben someterse a serios procedimientos no exentos de riesgos e
incomodidades y que, además, no son recompensados).
Para solventar este problema, se intenta clonar núcleos humanos
sobre óvulos murinos (de ratón), de vaca, de cerdo y otros animales.
Con estas aberrantes prácticas, no sólo se atenta contra la dignidad
del ser humano clonado (es decir, con el nuevo embrión producto de
la clonación) sino contra toda la humanidad, al manipular el
patrimonio genético de la especie humana; esos productos de la
clonación... ¿son humanos? ¿son ratones? ¿son híbridos humano-ratón?
Amparándose en esta ambigüedad, los científicos que realizan o
defienden estas prácticas alegan que no se puede considerar el
producto de esta manipulación como algo propiamente humano, de modo
que su destrucción no supone un atentado contra la dignidad de la
persona. Otra alternativa para intentar solventar el problema de la
escasez de óvulos propone extraer los óvulos de los ovarios de las
niñas que han sido abortadas: espero que, al imaginar esta
inaceptable, irreverente y atroz manipulación, el lector se haya
estremecido tanto o más que yo; personalmente, este tipo de cosas
causan en mí una enorme repugnancia y una profunda tristeza.
5- Conclusión
Por todos estos motivos (éticos, prácticos, técnicos, médicos,...)
es infinitamente más recomendable el uso de células madre de adulto
como fuente de células pluripotenciales que la manipulación de
embriones.
Quizás el lector se pregunte cuales son las ventajas de las células
madre procedentes de embriones. Bien: estas células están
programadas para dar lugar a organismos completos: por lo tanto,
presentan una "inercia" a dividirse y diferenciarse en todos los
tipos celulares mucho mayor que las células madre procedentes de
adulto. En este sentido, parece ser que resulta más sencillo
reprogramar células embrionarias que células madre de adulto. Esta
ventaja es relativa, puesto que el reprogramar las células madre de
adulto no es imposible ni tampoco mucho más difícil que el lograr la
diferenciación de las células embrionarias en el tipo celular
deseado. A la par, esta discreta ventaja se salda con un grave
inconveniente, fruto de esa misma elevada capacidad para dividirse:
se trata de la tendencia a acabar generando tumores malignos.
Otra ventaja (que, más que conocer con certeza, intuyo) es de índole
económica: imagino que el poder disponer de los embriones congelados
o poder generar embriones por fecundación in vitro para este fin
proporciona una inagotable y casi gratuita fuente de células madre
humanas toti, pluri y multipotenciales con las que investigar sin
límite; además, estas células no pertenecen a nadie en particular,
ya que el donante fue destruido precisamente al obtenerlas y los
padres biológicos de ese embrión, muy probablemente ni siquiera
estén al corriente del uso que se está haciendo de sus gametos y de
unos hijos que ni tan sólo saben que han procreado. Es obvio que el
poder disponer de estas células sin restricciones supone grandes
ventajas desde le punto de vista económico.
En resumen: si obviamos los posibles beneficios económicos, el uso
de embriones y la práctica de la clonación, no suponen ventajas (respecto
las células madre procedentes de adulto) que justifiquen su
aplicación en medicina reparadora, ni si quiera desde una
perspectiva meramente práctica o utilitarista.
Es innegable que, desde un punto de vista exclusivamente práctico o
técnico, tanto el uso de células madre procedentes de embriones como
las procedentes de adulto, presentan ventajas e inconvenientes.
Es arriesgado e imprudente hacer predicciones sobre las futuras
conquistas de la ciencia, pero a pesar de ello, me atrevo a
manifestar mi previsión: creo que tanto las dificultades o
inconvenientes que presentan el uso de embriones como la aplicación
de células madre de adulto, pueden ser superadas y controladas a
medida que avancen los conocimientos científicos y la tecnología.
Vuelvo a repetir que sólo es cuestión de tiempo y dinero el que
tanto una vía de obtención de células madre como la otra se
perfeccionen lo suficiente como para ser, ambas, una alternativa
técnicamente factible y médicamente eficaz y fiable (aunque, por
supuesto, nunca exenta de riesgos, efectos secundarios y fracasos)
para tratar enfermedades degenerativas.
Lo que debe hacernos decantar por la utilización de uno u otro tipo
de células no son cuestiones prácticas sino éticas: es lícito
utilizar células madre procedentes de adulto; pero, por muy noble
que sea el fin perseguido, es inaceptable la producción,
manipulación y destrucción de seres humanos.
Pero por ahora, incluso las ventajas médicas y técnicas hablan a
favor de las células madre procedentes de adulto. De todos modos, no
quiero darle demasiada importancia a este hecho, porque lo que hace
preferible el uso de estas células no es su superior eficacia, sino
la total ilicitud ética que supone la utilización de los embriones
humanos.
Si el único modo de obtener células madre aplicables al campo de la
medicina reparadora fuera a partir de embriones, tampoco en ese caso
sería lícita su utilización, a pesar de ser muchísimos los enfermos
que se podrían beneficiar de estas estrategias terapéuticas.
En el fondo de estos dilemas subyacen dos cuestiones importantes: la
primera es de carácter antropológico: ¿qué se entiende por persona
humana?, ¿cuáles son los principios éticos fundamentales que nos
permiten establecer los derechos humanos universales?; la segunda,
es una cuestión más bien práctica: ¿qué se debe hacer con los miles
(o millones) de embriones congelados almacenados en las clínicas de
fecundación asistida?
Para poder justificar la utilización de embriones y la
producción de los mismos para fines distintos de la reproducción,
sería necesario o bien negar que el embrión sea realmente un ser
humano (cosa que resulta bastante difícil de justificar a la luz de
los conocimientos biológicos actuales), o bien admitir la licitud de
someter determinadas personas a la voluntad de otros o ponerlas al
servicio de las necesidades de terceros, con las consecuencias que
ello conlleva.
Pero discutir todas estas cuestiones llevaría
varios artículos y no es el objetivo del presente, de modo que dejo
estos planteamientos en el aire para que el lector reflexione por sí
mismo (si es que no lo ha hecho ya) acerca de ellos, a la luz de los
cuatro conceptos de biología que he pretendido aclarar y de la
escueta información sobre el estado actual de los conocimientos
sobre células madre (espero que, a pesar de no haber aportado muchos
detalles, lo expuesto sea suficiente como para guiar o incentivar
esta reflexión).
Antes de concluir, plantearé una última cuestión: en el caso de que,
dentro de unos años, la medicina reparadora basada en el uso de
células madre procedentes de embriones (clonados o no) sea una
realidad clínicamente aplicable,... ¿cómo oponerse a que el propio
hijo, padre, madre, hermano, esposo, esposa o cualquier otro ser
querido sea tratado con estos procedimientos de una enfermedad de
otro modo incurable e incluso mortal? ¿No estaríamos ante una
situación de chantaje emocional? ¿Sería lícito ofrecer a los
pacientes semejantes opciones terapéuticas?
Este interrogante no es nuevo: basta pensar en el caso de las
donaciones de órganos: por muy necesitada que esté una persona, bajo
riesgo de muerte inminente, de un transplante de corazón, no sería
aceptable que ese corazón procediera de un pobre padre de familia de
la India que, como única vía para salvar a su familia de morir de
inanición, no sólo habría renunciado a un puñado de células suyas,
sino que habría sacrificado su propia vida a cambio de una mísera
suma de dinero.
Supongo que habrá personas capaces de aceptar un
órgano de semejante procedencia aún sabiéndolo; pero ni la Medicina
ni la Ley pueden permitir que semejantes situaciones lleguen a ser
posibles. En el caso de la utilización de embriones con fines
terapéuticos, nos encontramos ante una situación equivalente y el
modo de enfocar el tema desde la ética médica y la jurisprudencia,
debería ser el mismo.