La preocupación ante la posibilidad de la
clonación humana está plenamente justificada y responde a motivos
muy serios. Los diversos intentos de llegar a una prohibición total
y simultánea de la clonación en todo el mundo responden a esta
preocupación.
A pesar del gran interés manifestado en la
realización de estos proyectos, y a pesar de las expectativas
suscitadas en importantes colectividades (científicos, grupos de
enfermos que esperan nuevos recursos terapéuticos, asociaciones
profesionales, etc.) que -hay que decirlo- tienen mayor o menor
fundamento en la realidad, sería irresponsable no sopesar
atentamente las objeciones planteadas a la clonación, que se apoyan
en consideraciones de orden técnico y ético, así como en profundas
razones antropológicas.
La clonación reproductiva
Por lo que concierne a los intentos de clonación humana con
finalidad reproductiva, los obstáculos científicos previsibles son
muy serios, hasta el punto de que numerosos expertos han expresado
fuertes dudas con respecto a la viabilidad actual de un proyecto
realmente científico a este propósito.
A pesar de los recientes anuncios clamorosos -más
o menos sensacionales- de los medios de comunicación social, no
existen actualmente pruebas de auténtico valor científico que
demuestren, fuera de toda duda, que esos intentos han tenido éxito.
Por lo demás, aun admitiendo la posibilidad de que esos intentos
tengan éxito en el futuro, es preciso considerar el gravísimo
peligro de enfermedades, defectos genéticos y monstruosidades, de
los que serían responsables los que los realizaran.
Por ejemplo, los únicos resultados que ha permitido obtener hasta
ahora la técnica de la transferencia de núcleo son un gran número de
embriones que no logran desarrollarse como deberían. En las escasas
ocasiones en que se obtiene el nacimiento, los animales sufren a
menudo enfermedades y a veces varias monstruosidades, de modo que
con mucha frecuencia mueren prematuramente. Al parecer, esto se debe
a defectos en el proceso de "reprogramación" genética del núcleo
transferido. Es evidente que, en esas condiciones, una clonación con
finalidad "reproductiva" no debería aplicarse a la especie humana,
por el peligro grave que constituiría y la elevadísima mortalidad
inherente.
Si la inmoralidad de la clonación reproductiva ya está determinada
por las circunstancias técnicas actuales, los obstáculos éticos que
se plantean a una clonación humana reproductiva resultan en sí
mismos insuperables y manifiestan un contraste con el sentido moral
común de la humanidad.
Ya en la década de 1980, el filósofo Hans Jonas reflexionó sobre los
problemas éticos que implicaría una posible clonación de la persona
humana. La clonación significaría la pérdida de lo que Jonas llama
el "derecho a la ignorancia", es decir, el derecho subjetivo a
conocer que uno no es copia de otro y a ignorar el propio desarrollo
(como, por ejemplo, las enfermedades que se sufrirán, la evolución
de la propia psicología, el previsible momento de la propia muerte
natural, etc.). En cierto sentido, como afirma Jonas, esta "ignorancia"
es una "condición de posibilidad" de la libertad humana, y
destruirla constituiría un peso enorme para la propia autonomía. El
clon humano quedaría inhumanamente condicionado al saber que es
copia de otro, porque la incertidumbre es un factor primordial en el
esfuerzo humano del libre albedrío.
Sin la responsabilidad de la incertidumbre, según Jonas, el clon
debería prever todos sus movimientos, prever obligatoriamente sus
enfermedades, corregir sus futuras actitudes psicológicas, en un
esfuerzo constante contra corriente por apartarse de su "original".
Este último sería siempre para él la sombra, el modelo, la huella
omnipresente que ha de seguir o que ha de evitar. "Ser copia" se
convertiría en parte de su identidad, de su ser y de su conciencia.
Así se infligiría una herida al derecho del
hombre a vivir su vida como un descubrimiento original e irrepetible;
en el fondo, un descubrimiento de sí mismo. De este modo, su
itinerario vital llegaría a ser la pesada realización de un "programa
de control" inhumano y alienante. Por consiguiente, para Jonas, la
clonación es "en el método, la forma más tiránica y simultáneamente
esclavizadora de manipulación genética; su objetivo no es una
modificación arbitraria de la sustancia hereditaria, sino
precisamente su fijación arbitraria, en oposición a la estrategia
dominante en la naturaleza".
El peligro de una utilización eugenésica de la clonación, tanto
reproductiva como terapéutica, con el fin de "mejorar" la raza o de
seleccionar características personales consideradas "superiores" a
otras, a pesar de las afirmaciones de sus defensores, no es una
posibilidad demasiado lejana.
En la Resolución del 12 de marzo de 1997 sobre la clonación, el
Parlamento europeo se declaraba "firmemente convencido de que
ninguna sociedad puede justificar ni tolerar, en ninguna
circunstancia, la clonación de seres humanos: ni con fines
experimentales, ni en el marco de la terapia de la infertilidad, ni
del diagnóstico anterior a la implantación o trasplante de tejidos,
ni con ningún otro fin, porque constituye una grave violación de los
derechos humanos fundamentales, se opone al principio de igualdad de
los seres humanos al permitir una selección eugenésica y racista de
la especie humana, ofende la dignidad de la persona y requiere la
experimentación con seres humanos" (apartado B).
En una segunda Resolución sobre la clonación, del 15 de enero de
1998, el Parlamento europeo, al solicitar la prohibición de la
clonación de seres humanos, de forma experimental, por diagnóstico
"o por cualquier otra finalidad", define la clonación incluso como
"anti-ética" y "moralmente repugnante" (apartado B).
La clonación terapéutica
La clonación humana terapéutica es presentada a menudo por sus
defensores como un progreso que permitiría obtener los beneficios de
una terapia genética, como remedio a enfermedades que la medicina
actualmente no puede curar. Pero esas posibles -y discutibles-
consecuencias positivas no cambian, en el fondo, la índole moral de
la clonación en sí misma. Hay una estricta continuidad objetiva
entre clonación reproductiva y terapéutica. En ambas se "produce" un
embrión humano, pero en la terapéutica se prevé su ulterior
destrucción, al extraer células madre embrionarias o materiales
biológicos para utilizarlos con fines terapéuticos.
En los aspectos técnicos de la clonación terapéutica persisten
numerosas incertidumbres. Por una parte, se afirma que la clonación
sería un medio para obtener células madre embrionarias (que, al no
ser diferenciadas, resultarían interesantes desde el punto de vista
biológico, a causa de su mayor "plasticidad"). Sin embargo, no
siempre se tiene debidamente en cuenta la condición precaria del
embrión clonado y la elevada probabilidad de causar diferentes
neoplasias (cánceres y tumores) en el paciente en el que se
introducirían las células. Por esta razón, muchos investigadores
consideran que la investigación con células madre adultas es la que
permite esperar mayores éxitos, y no tiene los límites éticos que
conlleva la utilización de células madre embrionarias.
Por otra parte, conviene tener presentes también las notables
dificultades prácticas que implicaría el rechazo inmunitario de
estas células madre embrionarias. Estas dificultades hacen aún más
débil la argumentación de los que pretenden justificar éticamente la
clonación humana para utilizarla en estas investigaciones. Superar
el rechazo inmunitario de las células madre embrionarias mediante la
clonación de un embrión supone una instrumentalización del embrión
humano.
Como subraya Elisabeth Montfort, "necesariamente
la utilización de células madre embrionarias conlleva la técnica de
la clonación terapéutica para evitar el rechazo del tejido. Rechazar
la clonación y aceptar la utilización de células madre embrionarias
(...) es una actitud irresponsable e incluso hipócrita, sin duda
para tranquilizar a los que todavía dudan".
La clonación terapéutica para obtener células madre implica no sólo
la producción de un embrión, sino también su manipulación y ulterior
destrucción. No es aceptable considerar a un ser humano, en
cualquier fase de su desarrollo, como un "material" de almacén o
fuente de tejidos y órganos, de "piezas de recambio". La complejidad
moral de la clonación se puede comprender mejor si se tiene en
cuenta que lo que se produciría, manipularía y destruiría no son
cosas, sino seres humanos como nosotros.
Un modo de afrontar esta cuestión sería ponerse
en la situación del embrión (como hemos sido todos nosotros) y no en
la de los científicos que clonan. Desde luego, a nadie le gustaría
venir al mundo en un laboratorio, en vez de ser el fruto de la unión
de sus progenitores. Como tampoco resultaría muy agradable ser un
superviviente de decenas o centenares de hermanos gemelos eliminados
como "defectuosos". Y menos agradable aún resultaría ser luego
manipulados para producir "piezas" (por ejemplo, riñones) que
necesitara algún otro; ni morir después de esta breve y sufrida vida
"producida" precisamente con esa finalidad.
Ciertamente, la utilización de células madre en terapia celular
puede llevar a investigaciones beneficiosas que hoy abren
perspectivas muy interesantes. Sin embargo, para esta finalidad, la
utilización de células madre embrionarias (y, por consiguiente, de
la clonación terapéutica para obtenerlas) se ha mostrado un camino
científicamente poco comprobado y difícil, y éticamente inaceptable.
En cambio, la investigación con células madre adultas, satisfactoria
tanto en sus aspectos éticos como en los técnicos, realizada de modo
digno y responsable, y sometida a los criterios éticos, constituye
un camino de esperanza y de futuro, que no plantea objeciones éticas
especiales.