¡Qué pequeño es el granito de mostaza! Pero a
veces nuestra fe es mucho más pequeña. No terminamos de fiarnos de
Dios. Acudimos a El, pero dejamos bien asegurada nuestra vida y
nuestras cosas por si acaso. Nuestro mundo de hoy, formado por una
mayoría de cristianos oficiales, está perdiendo la fe a chorros. Han
aparecido otros dioses que acaparan nuestra atención. Y hemos
abandonado la Palabra de Dios, la doctrina cristiana, la práctica
religiosa… En definitiva, hemos traicionado al Señor por cuatro
monedas, como Judas.
A los católicos de toda la vida, instalados en
nuestro cómodo mundo occidental, nos están dando una humillante
lección de fe y entrega hermanos de otros países, de otros colores,
de distintas culturas, que han tenido que dejar el paganismo, la
increencia, sus religiones tribales, para abrazar al Cristo amigo
que un día se les cruzó en su camino y creyeron en El. Es importante
resaltar un ejemplo de apertura a la llamada de Dios en un hermano
que tal vez miremos mal por su color. Para Dios todos somos iguales.
Los llamados países del tercer mundo están descubriendo la fe
cristiana, y se están entregando en cuerpo y alma, muchos de ellos,
al servicio de Dios. Los antiguos monasterios que estaban cerrando
por falta de vocaciones, están siendo repoblados por cristianos y
cristianas de razas exóticas. Es muy frecuente contemplar jóvenes
negros, como el de la foto, alegrando las envejecidas comunidades
que ya habían caído en la desesperanza de un futuro nada halagador.
Si tuviéramos fe como un granito de mostaza
cambiaría la Iglesia, y el mundo. Habría más alegría, más ilusión,
más proyectos de futuro. Nuestras comunidades parroquiales y
religiosas necesitan una sabia nueva que les haga mirar con gozo a
ese Dios que tenemos a nuestro lado y no nos damos cuenta.
Piensa un poco es lo siguiente:
El don de la fe permanece en el que no ha pecado
contra ella (cf. Concilio Trento: DS 1545)
Pero, "la fe sin obras está muerta"(St. 2,26):
privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el
fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.
El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe
y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza
y difundirla: "Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante
de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las
persecuciones que nunca faltan a la Iglesia" (LG 42; cf. DH 14).
El servicio y el testimonio de la fe son
requeridos para la salvación: "Todo aquel que se declare por mí ante
los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está
en los Cielos, pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo
también ante mi Padre que está en los Cielos"(Mt 10,32-33)
Dile al Señor:
YO CREO EN TI, PERO AUMENTAMR LA FE.