La sociedad tiene que promover, también en el
mundo de la investigación y la ciencia, valores y principios
fundamentales. Los derechos humanos valen para todo hombre. El
respeto de esos derechos ha de ser exigido a toda persona capaz de
actuar de modo responsable y libre, también al científico.
Las Naciones Unidas no han sido capaces de alcanzar un acuerdo
acerca de la prohibición de la clonación humana. En la votación del
6 de noviembre de 2003 se decidió, con 80 votos a favor, 79 en
contra y 15 abstenciones, posponer el debate por dos años.
¿Por qué se ha llegado a esta situación? Se trata de un
enfrentamiento de puntos de vista. Por un lado, un amplio grupo de
países apoyaban la propuesta de Costa Rica, en la que se prohibía
tanto la clonación reproductiva como la así llamada “clonación
terapéutica”. Por otro, Bélgica y un grupo minoritario de países,
defendían prohibir sólo la clonación reproductiva y, al mismo tiempo,
dejar libertad a las naciones para legislar sobre la “clonación
terapéutica”. Un tercer grupo de países, encabezados por Irán,
propusieron posponer la discusión hasta dentro de dos años. Esta
propuesta fue la que finalmente, con un mínimo margen de votos, fue
aceptada.
Detrás todas estas discusiones se esconde un problema más profundo.
Hay que defender, por una lado, la libertad de la investigación, ese
margen de acción necesario para que los científicos puedan trabajar,
sobre todo cuando buscan caminos para promover el bien de otros
seres humanos. Por otro, hay que reconocer esa legítima intervención
de la sociedad para poner límites éticos que den garantías de
respeto y de seguridad para toda la humanidad, también por lo que se
refiere a la investigación científica.
La ciencia busca conocer. Para ello, usa aquellos procedimientos más
eficaces, lleva a cabo aquellos experimentos que permitan mejores
resultados. Pero no hay que ser un Platón para reconocer que no todo
lo que funciona, no todo experimento, es ético. Muchas veces los
hombres han buscado ser eficaces a través de la violencia, del robo,
del crimen organizado u ocasional.
El caso de los médicos que colaboraron con el
nacismo y realizaron experimentos de una crueldad inimaginable no es
un algo aislado. Ha habido, y hay, científicos (esperamos que pocos)
que engañan, que roban secretos a compañeros, que abusan de enfermos
para hacer experimentos inhumanos, que sueñan sólo en el dinero y la
fama, que se someten a los proyectos de gobernantes sin escrúpulos
para descubrir nuevas armas de destrucción masiva o sistemas para
esterilizar a grupos sociales o raciales considerados “inferiores”,
que practican el aborto como si fuese lo más natural del mundo.
Encontrarnos ante estos científicos no debe ser motivo de escándalo.
Hombres deshonestos los hay en casi todos los grupos sociales, y la
clase de los investigadores no está inmune de las debilidades
humanas. El hecho de que una persona tenga muchos títulos
universitarios, haya recibido premios o reconocimientos nacionales o
internacionales por algún descubrimiento o, incluso, haya promovido
actividades filantrópicas, no garantiza el que un día realice un
experimento claramente injusto, o se decida a vender un secreto de
laboratorio a una empresa de armamento o a un dictador sin
escrúpulos.
Por ello, la sociedad tiene que promover, también en el mundo de la
investigación y la ciencia, valores y principios fundamentales. Los
derechos humanos valen para todo hombre. El respeto de esos derechos
ha de ser exigido a toda persona capaz de actuar de modo responsable
y libre, también al científico.
Aquí encuentra su sentido la discusión sobre temas como la clonación,
el aborto, la eutanasia y otras posibilidades técnicas que la
medicina moderna tiene ante sus ojos.
Haber prohibido toda forma de clonación hubiese significado promover
una cultura de respeto al hombre, a cada hombre. No sólo al
individuo que pueda ser resultado de una clonación, sino, de modo
especial, al científico y al personal que trabaja en un laboratorio,
para que no se degraden con un acto injusto, contrario a los
principios éticos.
Aquí conviene aclarar una cosa que ha pasado desapercibida a algunos
medios de comunicación social. La así llamada “clonación terapéutica”
es también clonación reproductiva, en el sentido de que produce
(“reproduce”) un individuo humano que tiene un material genético
casi totalmente idéntico (al menos en el núcleo) a otro individuo ya
existente.
¿Cuál es, entonces, la diferencia entre estos dos
“tipos” de clonación? Mientras la clonación reproductiva dejaría
nacer al individuo clonado, la así llamada “clonación terapéutica”
lo habría fabricado para experimentar con él y luego destruirlo, lo
cual es un acto que atenta gravemente contra el respeto debido a
todo individuo humano, incluso al que es “producido” por clonación.
En otras palabras, es mucho más grave la “clonación terapéutica” que
la reproductiva, y el hecho de que algunos países y científicos
defiendan la “terapéutica” no puede sino ser motivo de condena y de
rechazo por parte de quienes defienden los derechos humanos.
Conviene aclarar, por último, que no habría bastado con prohibir
cualquier forma de clonación. Los científicos gozan de una gran
libertad de acción en sus laboratorios, libertad que les permite
realizar numerosos actos que no acabamos de comprender bien los que
no poseemos toda la ciencia que ellos han conquistado a través del
estudio. Pero esa libertad implica una mayor responsabilidad. A más
margen de acción, mayor urgencia por comprender la importancia del
respeto a cada ser humano.
Cuando un laboratorio de reproducción artificial tiene en sus manos
los óvulos de varias mujeres, los espermatozoos de varios hombres, y
otros tejidos de adultos, fetos o embriones, de hombres y de
animales, sabe muy bien que puede hacer, a escondidas, experimentos
ilegales. Puede clonar, puede crear embriones para investigación,
puede hacer híbridos entre hombres y animales. Los estados,
ciertamente, deberán promover sistemas de control, pero lo principal
está en la formación ética del científico.
La ciencia ofrece a la humanidad un número creciente de
descubrimientos. Cada nueva frontera conquistada abre nuevas
posibilidades. Orientar bien todo este cúmulo de saberes depende de
la ética. No basta con enseñar en la universidad lo que es posible
hacer, sino lo que es correcto. El respeto al hombre, a cada hombre,
desde que inicia su existencia como cigoto hasta que muere, debe ser
el criterio de discernimiento fundamental para juzgar las acciones
de los científicos. Fuera de ese respeto podrán darse
descubrimientos importantes, pero será mucho más lo que se pierda.
No vale la pena vivir en un mundo técnicamente perfecto y éticamente
inhumano.