Juan 10,27-30
“Nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre”
Cada año, en el
cuarto domingo de Pascua, leemos una parte del capítulo 10 de Juan,
cuyo tema es “Jesús, Buen Pastor”. El pasaje propio de este año
(Juan 10,27-30), se centra en la responsabilidad del Pastor.
Veamos primero el
contexto del pasaje. Después de la bellísima catequesis sobre el
“Buen Pastor” (Juan 10,1-18) y de las reacciones del auditorio
(10,19-21), el evangelista nos sitúa de nuevo en Jerusalén, en
tiempo de invierno, en el marco de la fiesta judía de la “Dedicación
del Templo” (ocurre en el mes de diciembre). Jesús está paseándose
por el pórtico de Salomón (10,23). Entonces un grupo de judíos se
coloca alrededor de Jesús y le exige una respuesta clara y abierta
sobre si Él es o no el Mesías (o el “Cristo”; 10,24).
Jesús no les da la
respuesta que esperan: un sí o un no. De hecho en el término
“Cristo” (=Mesías) pueden encajar muchas ideas y expectativas, por
eso no se puede responder tan fácilmente con monosílabos. De todas
maneras Jesús responde y en su discurso va mucho más allá de lo que
le piden.
Jesús aborda una vez
más el tema del Pastor. La imagen de pastor habla de la calidad de
las relaciones y del contenido de ellas; habla del qué, del por qué
y del para qué de una relación; habla de todo lo que alguien puede y
debe hacer por otro para ofrecerle bienestar y calidad de vida. Por
eso la imagen es perfecta para hablar de la relación entre Jesús y
nosotros. Quien quiera saber en definitiva quién es Él, cuál es su
realidad más profunda, debe contemplar sus actitudes y acciones de
Pastor.
1. A Jesús se le
conoce mejor contemplando su rostro de “Pastor”: ¿Quién eres Tú en
mi vida?
Jesús no se describe
a sí mismo con definiciones abstractas sino de forma concreta, con
acciones verificables: “Las obras que hago en nombre de mi
Padre son las que dan testimonio de mí” (10,25). En la
observación atenta de las acciones de Jesús descubrimos el sentido
de su presencia en el mundo y cómo todo lo que hace proviene de una
relación de base, fundante, entre Él y el Padre Dios.
Y Jesús pronuncia
enseguida un discurso en el que la lista de los verbos retoma el
contenido más profundo de sus “obras”. En los verbos enunciados por
Jesús vemos cómo Aquél que ha venido al mundo como “Verbo encarnado”
deja conocer su identidad. Estos verbos son:
(1) “conocer”,
(2) “dar”
(vida),
(3) no dejar “arrebatar”
de la mano (que en realidad es “proteger”, “ofrecer seguridad” en el
peligro) y
(4) “ser uno”,
es decir, atraer hacia la comunión total en la unidad de vida, de
proyecto y de acción.
Todos éstos en
realidad son variantes del gran verbo: “Amar” [este
verbo será profundizado en la Lectio del próximo domingo].
En estos verbos se
descubre la enorme significación de Jesús para nuestras vidas, en
ellos se dice con claridad de qué forma es el “Cristo” (=Mesías)
para nosotros y qué podemos esperar que suceda en el encuentro con
Él.
Jesús es el Pastor
enamorado de sus ovejas y completamente entregado a ellas. Su
inmenso amor ilumina, rescata, purifica y dilata el nuestro. Al
verlo así, entendemos que nuestra vida necesita de Él.
Poniéndole atención a
lo que Jesús “hace” por nosotros, toma impulso entonces el camino de
la fe –la dinámica del “creer”-, que es el de la relación cada vez
más profunda, estrecha y amorosa con Jesús, una relación tan viva y
tan diciente como la que se da entre un pastor y su oveja. Si
invertimos de negativas a positivas la frases que enmarcan los
versículos 25 y 26 notaremos que se está diciendo que “creer” es
“hacerse oveja” de Jesús. El movimiento del “creer” se especifica en
los versículos que leemos hoy, en los siguientes verbos:
(1) “escuchar”
la voz de Jesús,
(2) “seguir”
la dirección del Pastor,
(3) descubrirse a sí
mismo como “don” del Padre a Jesús.
Sumamos entonces
siete verbos claves de la relación con Jesús, los cuales pueden
ser visualizados y captados, con todos los toques de ternura que
entrañan, mediante la contemplación de la relación de un pastor con
sus ovejas.
No se debe perder de
vista la pregunta planteada inicialmente. A lo largo de la lectura
orante de este pasaje también nosotros estamos invitados a
interrogar a Jesús: ¿Quién eres tú para mí? ¿Qué haces por mí?
¿Cuáles son los indicadores de que tú eres mi “Cristo”? Para
comprender su respuesta debemos, ante todo, dejarlo hablar y
escuchar atentamente su enseñanza. En su respuesta nos muestra quién
es verdaderamente Él, cómo está presente en nuestra vida y qué
podemos esperar de Él con seguridad.
2. La bellísima
dinámica de la relación entre Jesús y “los suyos”
Como se acaba de
indicar, las palabras de Jesús en Juan 10,27-30, teniendo como
trasfondo la preciosa imagen del pastoreo de las ovejas, se centran
todas ellas en la descripción de la relación entre Él y todas las
personas que le pertenecen, esto es, todos aquellos que han entrado
en el camino de la fe, confiando en Él sus vidas.
Notemos las tres
primeras características de la relación con Jesús:
(1) “Mis ovejas
escuchan mi voz... y ellas me siguen” (10,27)
Las dos acciones que
caracterizan a un discípulo de Jesús son (a) la escucha del Maestro
y (b) el ejercicio del seguimiento, mediante la obediencia a la
Palabra.
Pero es interesante
leer esta misma frase desde la perspectiva de Jesús. Jesús habla de
“mis” ovejas. Los dice en primera persona. Las ovejas
son de Él, el Padre se las ha dado y el las cuida con amor
responsable. Decir que las ovejas son “suyas”,
implica mucho.
Este “mis
ovejas”, que luego se vuelve “me” (siguen), es
como una pequeña ventana que nos descubre el amplio panorama del
estilo del Pastor: Jesús, como buen pastor a quien el Padre le ha
confiado sus ovejas, vive toda su misión con una dedicación gratuita
e incondicionada, en la disposición de ofrecer la propia vida,
dispuesto a afrontar la muerte, dispuesto a exponerse en primera
persona para salvar a sus ovejitas, dispuesto a tomar sobre sus
hombros el mal y las heridas provocadas por los lobos para impedir
que las ovejas le sean raptadas al Padre.
(2) “Yo las
conozco... Yo les doy vida eterna” (10,27-28ª)
Para Jesús no somos
números en medio de una gran masa de gente, ¡no! Jesús, más bien,
nos identifica claramente en el cálido ámbito de una gran
familiaridad: conoce nuestra historia, nuestras dificultades,
nuestros defectos y todas las características de nuestra
personalidad. Porque nos conoce nos acepta como somos, nos quiere
todavía más (ver 10,14-15), y nos introduce dentro de la relación
todavía más profunda que habita su corazón: la amistad con el Padre.
Esta amistad es eterna. En ella nos ofrece una “vida eterna”.
De aquí deriva el
sentido de responsabilidad propio del verdadero pastor: Jesús está
cercano a sus ovejas con premura, con atención, con paciencia, con
delicadeza, con una dedicación incansable hasta el don total de sí
mismo sobre la Cruz, para que las ovejas tengan vida.
(3) “(Mis
ovejas) no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano”
(10,28b)
Ninguno de los que
entra en este tipo de relación con Jesús irá a la perdición ni podrá
ser arrebatado de la mano de Jesús, porque Él es Buen Pastor.
Cuando hay amor nadie se quiere morir, más bien al contrario: el
amor pide eternidad. La relación con Jesús da vida y seguridad.
3. Hay que
corresponder al amor: la necesaria reciprocidad
En la descripción de
la relación entre Jesús y los suyos puede verse que (1) la
iniciativa es de Jesús: Él ha hablado y obrado primero; (2) que
Jesús entabla la relación mediante la atracción, mediante el
llamado, no hay una superioridad o dominancia que fuerce a amar o a
ir en contra de la voluntad; (3) que Jesús busca incluso a quien le
cierra las puertas a su amor, como de hecho sucede en este pasaje
con sus enemigos que le interrogan.
El amor de Jesús
Pastor nos sobrepasa. Pero también es verdad que la relación no se
entabla si las partes interesadas no se reconocen entre sí, si no se
dan la aprobación y se reciben mutuamente. Por eso es importante
nuestra respuesta. A Jesús Pastor no se le vive únicamente
recibiendo pasivamente las pruebas de su amor, se requiere una
respuesta activa de parte nuestra.
Nosotros entramos en
comunión con el Buen Pastor si lo “escuchamos” y si lo
“seguimos”, si el abandonarnos en sus manos se
convierte en docilidad para vivir según su querer. Para que Jesús
sea verdaderamente nuestro Pastor tenemos que dejarlo que nos guíe,
que nos indique la dirección –el “camino recto” de que
habla el Salmo 23,3- y que este nuevo horizonte purifique todas
nuestras motivaciones y deseos, de manera que el mayor sueño de
nuestra vida sea el alcanzar la plenitud, la realización total de
nuestro ser, que proviene de la comunión eterna con Él.
4. El Buen Pastor nos
lleva muy dentro de Él. Una honda comunión: “Nadie las arrebatará de
mi mano” (10,29)
Las palabras de Jesús
sobre el “Buen Pastor” enfocan finamente nuestra mirada hacia el
futuro. De hecho, los verbos de Jesús Pastor, en los vv.27-28 van
progresando del presente hacia el futuro.
Jesús ya había dicho:
“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”
(10,10). Ahora Jesús muestra la contundencia de dicha afirmación: “Nadie
las arrebatará de mi mano...” (10,29). Con esto Jesús nos
asegura lo que ningún ser humano, ni siquiera con todo el cariño que
nos tenga ni con todos los cuidados que nos prodigue, podría
prometernos: (1) la vida eterna, (2) la defensa de todo mal y (3) la
comunión indestructible.
(1) Primera promesa:
el don de una vida para siempre
Para que podamos
ayudarnos entre nosotros la condición es que estemos vivos; de
hecho, cuando el ser amado muere ya no se puede hacer nada por él.
La relación con Jesús es diferente: para Él no existe ese límite
cruel de la muerte que nos deja impotentes para darle la mano a
quien amamos. ¿Podrá haber algo mayor que esto? Los cuidados de
Jesús Pastor rompen la barrera del tiempo: la finalidad última, el
punto culminante de su ser Pastor por nosotros es darnos “vida
eterna”.
(2) Segunda promesa:
un amor que resguarda al amado de todo peligro
Esto vale también
para nuestra relación con Él en el presente. Ya, desde ahora,
nuestra vida está en manos seguras y su protección es más fuerte que
todas las fuerzas del mal que traen la ruina y la destrucción. Si
Jesús nos protege, no podemos perdernos, nada puede vencer su mano
protectora extendida sobre nosotros. Y hay todavía más: todos los
signos de su amor en el presente son una degustación primera de todo
lo que quiere hacer por nosotros sin fin, en la vida sumergida
definitivamente con Él en la eternidad.
Así entendemos su
respuesta a la pregunta inicial sobre si Jesús es “el Cristo”. ¡Por
supuesto que sí y de qué manera! Su vida entera está en función de
la nuestra. Jesús no es cualquier persona y por eso no nos puede ser
indiferente. Jesús juega un papel decisivo para el sentido de
nuestra vida y para el logro de nuestra realización personal.
Jesús no es un
personaje frío o indiferente, sino uno que nos busca, nos conoce,
nos ama apasionadamente y hace por nosotros lo que ningún otro
podría hacer. Pero eso sí, tenemos que purificar nuestro concepto de
Él: Jesús no es un Mesías de bienes terrenos -si bien su providencia
nunca falta-, ni tampoco un Mesías de esplendor y poder –aunque su
gloria es infinita-, Jesús es el Pastor que nos invita a vivir una
relación intensa, profunda y estable con Él.
Si esto es claro,
entonces estamos listos para abordar la tercera promesa del Pastor:
la comunión indestructible. En ella se detienen los
versículos 29 y 30, que vamos a considerar enseguida.
5. Detrás de todo
está Dios Padre: “Nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre”
(10,29)
Jesús nunca se
presenta como una persona solitaria, al contrario: se muestra
siempre como una persona amada que es capaz de amar; Jesús siempre
está generando y animando relaciones. Si miramos con atención el
evangelio notaremos enseguida que Jesús aparece continuamente
inquieto por hablarnos de su relación con el Padre y por
demostrarnos todo el “hacer” eficiente, salvífico y vivificante que
proviene de esta relación. El amor fundante entre el Padre y el Hijo
se concreta en obras vivificantes por la humanidad.
Pues bien, la
comunión de Jesús con sus discípulos se deriva de la relación
primera de Jesús Padre y está resguardada –en última instancia- por
el poder del Padre. Examinando los vv.29-30, vemos que allí Jesús
dice:
(1)
El Padre “me los ha dado” (esta es una forma
concreta del amor del Padre por Él: todo discípulo está involucrado
en el amor del Padre por Jesús)
(2)
El Padre es “más grande que todos”
(3)
Lo que está en manos del Padre está seguro: “nadie
puede arrebatar nada”
(4)
El Padre y Jesús son “uno”
En estas frases se
describe el vínculo de amor más fuerte y sólido que jamás podrá
existir. Nadie es más poderoso que Dios Padre y Jesús Pastor está
sostenido por el poder y el amor de este Padre con quien es “uno”:
“Yo y el Padre somos uno” (10,30).
Jesús y Dios Padre
son “uno” en sus intenciones y en su acción. Por lo
tanto el amor de Jesús y sus discípulos está sustentado por esta
indestructible unidad. Jesús le anuncia esta Buena Nueva a sus
discípulos con el símbolo muy diciente de la “mano”
que acoge, sostiene y protege. Así es la mano potente y tierna del
Padre Creador. Nuestra amistad con Jesús se beneficia del amor
poderoso de Jesús con el Padre. De esta forma el pastoreo de Jesús
tiene garantía: podemos confiar en Él porque bajo su dirección
lograremos la meta de nuestra vida. El futuro de nuestra vida no es
distinto del futuro de nuestro amor.
Pero esto no sólo
vale para nuestra relación con Jesús. Todo discípulo del Señor
aprenderá a ser pastor de sus hermanos, prolongando esta
identificación de amor y de obra que caracteriza la relación del
Padre con Jesús y de Jesús con los suyos. Estamos llamados, en todas
nuestras relaciones, a inspirar seguridad y confianza. De esta forma
tejeremos la anhelada comunión, la unidad (como la del Padre y el
Hijo), que colma de sentido cada segundo de nuestro tiempo, que es
capaz de vencer el mal que amenaza y acaba con las relaciones más
bellas, que es capaz –incluso- de “pastorear” el amor hasta
traspasar las barreras del muerte y prolongarlo indefinidamente en
la eternidad.
En conclusión...
La voz amorosa del
Pastor se siente hoy con toda su intensidad en la fuerza de las
palabras que pronuncia en el Evangelio. Su voz quiere seducirnos
profundamente y atraernos hacia Él.
Su voz seguirá
resonando durante todo este tiempo pascual, porque el Resucitado
está ahora en medio de nosotros realizando todo lo que su amor nos
promete. Quien ama promete y cumple. Pero a diferencia de nuestro
amor y de nuestras promesas –a veces deficientes-, el de Jesús tiene
un fundamento y una garantía: su amor y su promesa ya se hicieron
realidad en su Misterio Pascual, en su muerte y resurrección por
amor a nosotros. Lo que tenemos que hacer es tratar de comprender la
Cruz Pascual de Jesús, la Cruz luminosa del Buen Pastor que dio su
vida por nosotros. Es así como nuestra esperanza ya muestra signos
de realización, como bien dice el poeta:
“Del monte en la
ladera
por mi mano plantado
tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en
esperanza el fruto incierto”
(Fray Luis de León,
Oda a la vida retirada).
El Evangelio quiere
impregnar en nosotros una renovada confianza en Dios. Jesús es el
Pastor Resucitado que no deja de decirnos: “Os he dicho estas
cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación.
Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Juan 16,33).
Por tanto, protegidos
por Jesús, nuestro Buen Pastor, estamos seguros en las manos de
Dios, quien está por encima de todo.
Cultivemos la semilla
de la palabra en lo profundo del corazón
El evangelio del Buen
Pastor no sólo nos da la Buena Noticia de que Jesús Resucitado está
y camina a nuestro lado en todos los instantes de nuestra vida sino
que la profundiza: nos invita a descubrir todo lo que su presencia
viva está obrando en nosotros y todo lo que seguirá haciendo de aquí
en adelante para que tengamos “vida en abundancia”.
Por eso démonos un tiempo amplio de meditación y oración,
“saboreando” con calma y amor todas las palabras del evangelio de
hoy, y respondamos:
1. ¿Quién es Jesús
para mí? ¿Qué me dice la imagen del “Pastor”? ¿Qué sentimientos
suscita en mí la imagen de Jesús Pastor?
2. ¿Qué tan grande es
mi confianza en Jesús? ¿Me siento seguro de Él? ¿Soy capaz de
abandonarme completamente en sus manos?
3. ¿Qué espero que
haga por mí? ¿Qué es lo que Él me dice que quiere hacer por mí tanto
ahora como en el futuro?
4. ¿Qué me pide Jesús
que haga en correspondencia? ¿Qué significa “seguir” a Jesús Pastor?
¿Qué implica para mi estilo de vida? ¿De qué forma concreta lo voy a
hacer?
5. Todo buen pastor
debe ser seguridad para los suyos. ¿Me considero “buen pastor” en mi
vida de familia: con mi cónyuge, con mis hijos, hermanos, padres y
todas las personas que están bajo mi responsabilidad? ¿Me siento
seguro del amor de mis seres amados?
6. El evangelio del
Buen Pastor habla de estabilidad en las relaciones, apunta incluso a
una dinámica de crecimiento en el amor hasta la plenitud. ¿Es esto
lo que deseo en mis relaciones familiares y comunitarias? ¿Las
relaciones de pareja, por ejemplo, serían cada vez más bellas,
santas y auténtico camino de realización personal para ambos si se
le pusiera mayor atención a los siete verbos de hoy?
7. ¿Cómo transparento
el rostro de Jesús Pastor en el liderazgo dentro de mi comunidad de
fe y de amor y en los otros ámbitos donde ejerzo responsabilidad?
¿En qué aspecto debo crecer?
Hoy realizamos la
jornada mundial de oración por las vocaciones sacerdotales y
religiosas. Oremos desde hoy por todos los sacerdotes y supliquemos
abundantes y santas vocaciones para la Iglesia.
Padre santo, como una
expresión de tu inmensa bondad
has querido darle a
tu pueblo pastores que anuncien tu misericordia.
Concédele, por tu
amor, a tus sacerdotes, a quienes has llamado a servirte,
que permanezcan en el
corazón de Jesús buen pastor,
para que en su
ministerio custodien con gratitud
el don que recibieron
de ti para el servicio de la Iglesia.
Y tú, María, Madre de
los sacerdotes,
compártele a
nuestros queridos sacerdotes,
el secreto de tu
fidelidad, de tu servicio, de tu inmensa caridad.
Repíteles hoy y
siempre las palabras que a ti te dirigió el ángel:
‘No teman’.
Hazlos valientes y
fuertes, mansos y humildes como tu Hijo Jesús.
Amén.