Soy Lucy, una de las jóvenes religiosas que ha
sido violada por los soldados serbios. Le escribo, Madre, después de
lo que nos ha sucedido a mis hermanas Tatiana, Sandria y a mí.
Permítame no entrar en detalles del hecho.
Hay en la vida experiencias tan atroces, que no
pueden contarse a nadie más que a Dios, a cuyo servicio, hace apenas
un año me consagré. Mi drama no es tanto la humillación que padecí
como mujer, ni la ofensa incurable hecha a mi vocación de
consagrada, sino la dificultad de incorporar a mi Fe un evento que
ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad de Aquel, a quien
siempre consideraré mi Esposo Divino. Hacía pocos días que había
leído "Diálogo de Carmelitas", y espontáneamente pedí al Señor la
gracia de poder yo también morir mártir. Dios me tomó la palabra,
pero, ¡de qué manera!
Ahora me encuentro en una angustiosa oscuridad
interior. El ha destruido el proyecto de mi vida, que consideraba
definitivo y exaltante para mí y me ha introducido imprevistamente
en un nuevo designio suyo que, en este momento me siento incapaz de
descubrir. Cuando adolescente escribí en mi Diario: "Nada es mío, yo
no soy de nadie, nadie me pertenece". Alguien, en cambio, me apresó
una noche, que jamás quisiera recordar, me arrancó de mí misma,
queriendo hacerme suya... Era ya día cuando desperté y mi primer
pensamiento fue el de la agonía de Cristo en el huerto.
Dentro de mí se desencadenó una lucha terrible.
Me preguntaba por qué Dios permitió que yo fuese desgarrada,
destruida precisamente en lo que era la razón de mi vida, pero,
también me preguntaba a qué nueva vocación El quería llamarme. Me
levanté con esfuerzo y mientras ayudada por Sor Josefina me
enderezaba, me llegó el sonido de la campana del convento de las
Agustinas, cercano al nuestro, que llamaba a la oración de las nueve
de la mañana. Me hice la señal de la cruz y recité mentalmente el
himno litúrgico: "En esta hora sobre el Gólgota, Cristo, verdadero
Cordero Pascual, paga el rescate de nuestra salvación”. ¿Qué es
Madre, mi sufrimiento y la ofensa recibida, comparados con el
sufrimiento y la ofensa de Aquel por quien había jurado mil veces
dar la vida? Entonces, dije despacio, muy despacio: "Que se cumpla
tu voluntad, sobre todo ahora que no tengo dónde aferrarme y que mi
única certeza es saber que Tú, Señor, estás conmigo!"
Madre, les escribo no para buscar consuelo, sino
para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a
millares de compatriotas ofendidas en su honor y obligadas a una
maternidad indeseada. Mi humillación se añade a la de ellas, y,
porque no tengo otra cosa que ofrecer en expiación por los pecados
cometidos por los anónimos violadores y para reconciliación de las
dos enemigas etnias, acepto la deshonra sufrida y la entrego a la
misericordia de Dios. No se sorprenda, Madre, si le pido que
comparta conmigo un “gracias” que podría parecer absurdo. En estos
meses he llorado un mar de lágrimas por mis dos hermanos asesinados
por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades, y
pensaba que no podría sufrir más de eso, tan lejos estaba de
imaginar lo que me habría de suceder! A diario llamaban a la puerta
de nuestro convento centenares de criaturas hambrientas; tiritando
de frío, con la desesperación en los ojos.
Hace unas semanas un muchacho de 18 años me dijo:
" Dichosas ustedes que han elegido un lugar donde la maldad no puede
entrar". El chico tenía en la mano el rosario de las alabanzas del
Profeta. Y añadió en voz baja: "Ustedes no sabrán nunca lo que es la
deshonra ". Pensé largamente sobre ello y me convencí de que había
una parte secreta del dolor de mi gente que se me escapaba y casi me
avergoncé de haber sido excluida. Ahora soy una de ellas, una de las
tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo devastado y el
alma saqueada.
El Señor me admitió a su misterio de vergüenza.
Es más, a mí, religiosa, me concedió el privilegio de conocer hasta
el fondo la fuerza diabólica del mal. Sé que de hoy en adelante, las
palabras de ánimo y de consuelo que podré arrancar de mi pobre
corazón, ciertamente serán creíbles, porque mi historia es su
historia, y mi resignación, -sostenida por la fe-, podrá servir,
sino de ejemplo, por lo menos de referencia para sus reacciones
morales y afectivas. Basta un signo, una vocecita, una señal
fraterna para poner en movimiento la esperanza de tantas criaturas
desconocidas. Dios me ha elegido, “que él me perdone esta
presunción”, para guiar a las más humilladas de mi pueblo hacia un
alba de redención y de libertad. Ya no podrán dudar de la sinceridad
de mis palabras, porque vengo, como ellas, de la frontera del
envilecimiento y la profanación. Recuerdo que cuando frecuentaba en
Roma la Universidad "Auxilium" para la Licenciatura en Letras, una
anciana eslava, profesora de literatura, me recitaba estos versos
del poeta Alexej Mislovic: "Tú no debes morir porque has elegido
estar de la parte del día".
La noche, en que por horas y horas fui destrozada
por los serbios, me repetía estos versos, que los sentía como un
bálsamo para el alma, enloquecida ya casi por la desesperación.
Ahora ya todo pasó, y al volver hacia atrás, tengo la impresión de
haber sufrido una terrible pesadilla. Todo ha pasado, Madre, pero,
todo empieza. En su llamado telefónico, después de sus palabras de
aliento, que le agradeceré toda la vida, Usted me hizo una pregunta
concreta: “¿Qué harás de la vida que te han impuesto en tu seno?"
Sentí que su voz temblaba al hacerme esa pregunta, pregunta a la que
no creí oportuno responder de inmediato, no porque no hubiese
reflexionado sobre el camino a seguir, sino para no turbar sus
eventuales proyectos con respecto a mí. Yo, ya decidí. Seré madre.
El niño será mío y de nadie más. Sé que podría confiarlo a otras
personas, pero, él, "aunque yo no lo quería ni lo esperaba" tiene el
derecho a mi amor de madre. No se puede arrancar una planta con sus
raíces. El grano de trigo caído en el surco tiene necesidad de
crecer allí, donde el misterioso, aunque inicuo sembrador lo echó
para crecer. Realizaré mi vocación de otra manera. Nada pediré a mi
congregación que me ha dado ya todo. Estoy muy agradecida por la
fraterna solidaridad de las Hermanas, que en este tiempo me han
llenado de delicadezas y atenciones, y particularmente por no
haberme importunado con preguntas indiscretas. Me iré con mi hijo.
No sé adónde, pero, Dios que rompió de improviso mi mayor alegría,
me indicará el camino a recorrer para hacer su voluntad. Volveré
pobre, retornaré al viejo delantal y a los zuecos que usan las
mujeres los días de trabajo y me iré con mi madre a recoger en
nuestros bosques la resina de la corteza de los árboles. (...).
Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye
desde siempre nuestros países. Por eso, al hijo que vendrá le
enseñaré sólo el amor. Este mi hijo, nacido de la violencia,
testimoniará junto a mí, que la única grandeza que honra al ser
humano es la del perdón.
Afectuosísimamente,
Lucy Vertrusc