"Mirad que subimos a Jerusalén" (Lc 18,31). El
tiempo de la Cuaresma comenzó con esta advertencia que Jesús hizo a
sus Doce apóstoles. La Cuaresma es una subida a Jerusalén junto con
Jesús. Jerusalén es el destino final del itinerario cuaresmal y es
también la culminación del itinerario terreno de Jesús. El subía a
Jerusalén porque allí había de consumar su sacrificio, con el cual
iba a obtener la salvación del mundo. El sabía con qué finalidad
subía a Jerusalén y qué le iba a ocurrir allá. Por eso agrega: "Se
cumplirá todo lo que los profetas escribieron acerca del Hijo del
hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas,
insultado y escupido; y después de azotarlo lo matarán, y al tercer
día resucitará" (Lc 18,31-33).
Estas palabras constituyen el primer programa de
Semana Santa que se formuló en la historia; lo formuló el mismo
Jesús. Ningún programa de Semana Santa, de los que circulan en estos
días en nuestras parroquias, podría ser más preciso. Jesús iba a
llevar a cabo en su Persona "una vez para siempre" (cf. Heb 10,10)
los hechos históricos que nosotros conmemoramos y hacemos presentes
en la liturgia de estos días santos. Jesús sabía por qué subía a
Jerusalén. Los apóstoles, en cambio, no sabían: "Ellos nada de esto
comprendieron; estas palabras les quedaban ocultas y no entendían lo
que decía" (Lc 18,34). Y, sin embargo, Jesús los lleva consigo en
este camino: "Subimos a Jerusalén".
Hoy día, Domingo de Ramos, hemos llegado al
término de la Cuaresma. La lectura del Evangelio nos ubica en el
término del camino: "Jesús marchaba por delante subiendo a Jerusalén".
Hemos llegado al fin del camino y estamos con Jesús a las puertas de
Jerusalén. El Evangelio nos describe el tramo final, previo a su
entrada en la ciudad santa.
Cuando todavía está a cierta distancia Jesús
prepara su ingreso: "Al aproximarse a Betfagé y Betania, envió a dos
de sus discípulos, diciendo: 'Id al pueblo que está enfrente y
encontraréis un pollino atado... desatadlo y traedlo'". Jesús se
aproximó a Jerusalén desde el Oriente y para llegar a la ciudad
tenía que superar el monte de los Olivos. Betania está en la ladera
oriental del monte y dista de Jerusalén aprox. 3 kilómetros. El asno
serviría a Jesús para subir el monte y aparecer a la vista de
Jerusalén sobre esta cabalgadura. Pero no era simplemente para
evitar el cansancio de la subida que Jesús quiso montar en un
pollino, sino para cumplir lo escrito acerca de él. Ya vimos que él
había dicho: "Se cumplirá todo lo que los profetas escribieron". Y
el profeta Zacarías había descrito la entrada de un Rey en Jerusalén,
diciendo: "¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija
de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu Rey: justo él y victorioso,
humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna" (Zac
9,9).
El profeta Zacarías ve a lo lejos la entrada de
un Rey, que es justo y victorioso; pero, al mismo tiempo humilde y
montado en un asno. Así entró Jesús. A él se refiere esa descripción.
Esa es la única profecía del Antiguo Testamento en que el Mesías es
presentado como "humilde". Pero subsiste un problema: es que Jesús
no tiene el aspecto de un Rey. El tiene un aspecto humilde, él "tomó
la condición de siervo... y apareciendo como un hombre, se humilló a
sí mismo" (cf. Fil 2,7.8). Por más que Lucas evoque las escenas de
la entronización del rey Salomón, que entró en Jerusalén montado en
la mula real (cf. 1Re 1,33-40), no basta para explicar la reacción
de la gente: "Mientras Jesús avanzaba, extendían sus mantos por el
camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la
multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar
a Dios a grandes voces". Lucas explica que lo hacen "por todos los
milagros que habían visto". No los cautiva la bondad y la humildad
de Jesús, ni tampoco sus palabras de vida eterna; aclaman a Jesús
porque han visto milagros. Veremos que este motivo se revelará
frágil.
Por eso gritan: "¡Bendito el Rey que viene en
nombre del Señor!". No es la primera vez en que, a la vista de sus
milagros, quieren hacer rey a Jesús. Recordamos que, cuando él
nutrió hasta la saciedad a una multitud con cinco panes y dos peces,
en su entusiasmo "querían tomarlo por la fuerza para hacerlo rey" (Jn
6,15). Pero, cuando él deja de hacer milagros y, en un acto de
extremo amor a su Padre y a nosotros, los hombres, se entrega a la
muerte, y muerte de cruz, esta misma multitud le dice: "'A otros
salvó; que se salve a sí mismo...'. Y le decían: 'Si tú eres el Rey
de los judíos, ¡salvate!'" (Lc 23,35.37). El mismo que ahora es
aclamado por todos como rey, a los pocos días cumplirá también esto
otro que estaba escrito: "El oprobio me ha roto el corazón y
desfallezco. Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no
encuentro ninguno" (Sal 69,21).
Los fariseos al ver las aclamaciones de la gente
piensan que son excesivas y que Jesús no merece ser aclamado como
Rey y Mesías. Por eso dicen a Jesús: "Maestro, reprende a tus
discípulos". Lo hacen con su habitual falta de sinceridad,
llamandolo "Maestro", no porque adhieran a su doctrina, sino por
temor a la gente. Jesús responde: "Os digo que si éstos callan,
gritarán las piedras". Jesús, no obstante su humildad, responde
reafirmando su condición de Rey y Mesías. Por algo ha querido llegar
a Jerusalén en esa forma. Y lo hace con una frase enigmática que
sólo él podía pronunciar. En efecto, sólo él puede asegurar, que en
la hipótesis de que la multitud callara, gritarían las piedras.
Cuando Jesús fue crucificado "estaba el pueblo mirando" (Lc 23,35),
en silencio. Ya no gritan. Ha llegado el momento de que griten las
piedras. Y así fue. Cuando Jesús murió, "tembló la tierra y las
rocas se partieron" (Mt 27,51).
Al evocar la entrada de Jesús en Jerusalén
dispongamonos a celebrar la Semana Santa siguiendo a Jesús, no sólo
en sus momentos de triunfo, ni sólo atraídos por sus milagros, sino
procuremos "tener comunión con sus padecimientos hasta hacernos
semejantes a él en su muerte, tratando de llegar así a la
resurrección de entre los muertos" (Fil 3,10-11).