El Evangelio ( Lucas 7 ) nos narra el incidente
de la mujer pecadora que se atreve a entrar en la casa de un fariseo
que había invitado a Jesús a cenar.¡Qué escena tan comprometedora!
Una mujer de la mala vida entra, sin haber sido invitada, y se
coloca a los pies de Jesús, llorando sus pecados. Con sus lágrimas
le lavó los pies, cosa que Simón, anfitrión descuidado, no había
hecho. Y, adicionalmente, le ungió los pies con perfume.
Cuanto más por amor sea el arrepentimiento, como
en el caso de la mujer pecadora, más recibe perdón de Dios el
arrepentido. Y queda perdonada la culpa y también la pena; es decir,
queda perdonado el pecado y borrada también la mancha que dicho
pecado ha dejado en el alma.
La fe nos lleva a la esperanza y al amor. Y el amor a la entrega.
El amor que nos pide Jesús: amar a Dios por encima de todo lo
demás, nos va llevando a esa unión íntima con El, pudiendo llegar a
sentir también que Cristo vive en nuestro interior. Esa íntima unión
nos lleva a sentir un arrepentimiento sincero y perfecto si alguna
vez le fallamos.
El pecado es para el alma lo que una enfermedad
es para el cuerpo. Puede que sea una enfermedad larga, entonces
diríamos que el alma se encuentra en “estado de pecado”. Puede que
sea una cuestión pasajera, como un pecado cometido y perdonado
enseguida o en breve tiempo.
El pecado siempre estará presente en el mundo,
mientras el mundo que conocemos siga siendo mundo. Por eso Dios,
bondadoso con nosotros sus hijos hasta el extremo, dejó previsto el
remedio para todos nuestros pecados. Y ese remedio que nunca falla
es: arrepentimiento y Confesión.
Y Dios está siempre dispuesto a perdonar al
pecador arrepentido, como vemos repetidamente en la Biblia y muy
elocuentemente en las lecturas de hoy.
Ningún pecado es perdonado sin el arrepentimiento.
Así que esta parte del tratamiento es la más importante, ya que
podría darse el caso de pecados confesados que no quedan perdonados
porque no hay un arrepentimiento sincero del pecado o de los pecados
cometidos.
Ahora bien, el arrepentimiento puede ser
“perfecto” o “imperfecto”. Y ambos sirven para recibir el perdón en
el Sacramento de la Confesión, pero -por supuesto- el
arrepentimiento perfecto es mucho mejor.
El arrepentimiento perfecto es el que hacemos
porque sentimos de veras que con nuestro pecado hemos ofendido a
Dios, quien se merece toda nuestra lealtad y todo nuestro amor. No
siempre nos arrepentimos de esta manera. Pero es saludable buscar
esta forma de contrición.
¿Y por qué es tan importante la contrición
perfecta? Porque ésta borra todos los pecados, ¡inclusive los
pecados graves, aún antes de confesarlos! Se ve claro cuán
conveniente es, enseguida de haber pecado, hacer un acto de
arrepentimiento porque nuestro pecado ha ofendido a Dios
Por supuesto, estamos obligados a confesarnos a
la mayor brevedad. Pero si acaso nos sorprendiera la muerte antes de
la Confesión, nuestros pecados están ya perdonados por ese
“arrepentimiento perfecto”. Por eso se ha dicho con sobrada razón
que la contrición perfecta es la llave del Cielo. Si se diera el
caso de que tuviéramos que ayudar a alguna persona en el momento de
su muerte y no hay un Sacerdote disponible, debiéramos ayudar al
moribundo a hacer una “contrición perfecta” de sus pecados.
Sin embargo, la bondad y misericordia de Dios que
no tienen límites, tampoco nos exige como indispensable el
arrepentimiento “perfecto”. El permite que nos arrepintamos también
de una manera no perfecta. Se llama “contrición imperfecta” o “atrición”.
Se trata del arrepentimiento por temor. ¿Y temor
a qué? Temor a las consecuencias de nuestro pecado. Y no se trata de
las consecuencias humanas que también acarrean nuestras faltas, como
podría ser, por ejemplo, una pena legal por un robo o un asesinato.
No, las motivaciones humanas no sirven para el arrepentimiento. Se
trata de las consecuencias sobrenaturales que el pecado conlleva: el
castigo eterno del infierno, al que ciertamente hay que tenerle
miedo. Y Dios es ¡tan bueno! que le basta como arrepentimiento ese
miedo al infierno.
Ambos arrepentimientos requieren de la Confesión
Sacramental. El perfecto es mejor. Pero el imperfecto, el del miedo
a la condenación eterna también sirve para recibir el perdón de
Dios. Para la enfermedad de nuestros pecados Dios ha puesto a
nuestro alcance el remedio que no falla y además nos ha dado
distintas opciones. ¡Cómo no aprovecharlas: arrepentimiento
(perfecto o imperfecto) y Confesión!