En la Primera Carta a los Corintios san Pablo
habla de que los apóstoles tenían esposa o mujer, y recuerda el caso
de Pedro. Las preguntas son dos: ¿Se puede asegurar que eran las
esposas de ellos? Y luego, ¿por qué la Iglesia no toma en cuenta ese
texto cuando pone como regla el celibato obligatorio para los
sacerdotes?
El texto al que aludes seguramente es este:
¿Acaso no tenemos derecho a llevar con
nosotros una esposa creyente, así como los demás apóstoles y
los hermanos del Señor y Cefas? (1 Corintios 9,5)
Pero es oportuno lo primero que preguntas, o sea,
si se trataba de la esposa, porque el texto griego original dice "adelfén
gynaikan" que se traduce por "mujer hermana," evidentemente en el
sentido de "hermana en la fe." Por eso algunos traducen: "no tenemos
derecho a llevar con nosotros una hermana por mujer," o también: "una
hermana por esposa," "una colaboradora, y viajar con ella," "una
hermana mujer." Lo cierto es que en el Nuevo Testamento la esposa se
dice siempre con el término "gyné," siendo la única excepción
Apocalipsis 22,17, en que se le llama "nimphé," que viene a ser
equivalente a "recién casada."
Pero hay un inconveniente. Aunque consta que
Pedro fue casado (véase Mateo 8,14-15), no consta lo mismo de los
demás apóstoles, y en particular, no hay por ejemplo ninguna
evidencia de que Juan lo fuera. Lo que afirma Pablo parecería una
generalización un poco fuerte. Además, tenemos numerosos documentos
cristianos de los siglos I y II, incluyendo por supuesto el Nuevo
Testamento, y resulta que no se encuentran alusiones a hijos de los
apóstoles. El filósofo anticlerical Voltaire creyó ver en Hechos de
los Apóstoles 21,9 una referencia a hijas del apóstol Felipe, pero
parece que no prestó atención al versículo anterior donde
expresamente se dice que ese Felipe en particular era "uno de los
siete," y los "siete" son los siete diáconos de Hechos 6,3-5. En una
sociedad en que las genealogías tenían tanta importancia, como
consta por los evangelios de Mateo y Lucas, que ofrecen genealogías
de Jesús, es absolutamente atípico que no se mencionen hijos de
todos esos apóstoles que se supone que andaban para todas partes con
la "esposa."
Está fuera de discusión que aquellos cristianos,
incluyendo en primer lugar a los apóstoles, se habían apartado de
las prácticas infanticidas o abortistas que eran muy comunes en el
mundo pagano, así que lo mínimo que habría que decir es que, si esas
mujeres eran esposas de algunos de ellos, ciertamente no había
intimidad con ellas.
Una pista distinta nos ofrece Lucas en el
contexto de la misión de Jesús mismo:
Jesús comenzó a recorrer las ciudades y
aldeas, proclamando y anunciando las buenas nuevas del reino
de Dios; con El iban los doce, y también algunas mujeres que
habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades:
María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete
demonios, y Juana, mujer de Chuza, mayordomo de Herodes, y
Susana, y muchas otras que de sus bienes personales
contribuían al sostenimiento de ellos. (Lucas 8,1-3)
Este modo de obrar de Cristo es una novedad muy
grande. No consta en pasaje alguno del Antiguo Testamento que
mujeres acompañaran la misión de los profetas, a no ser las esposas
de los que eran casados, como Ezequiel (véase Ezequiel 24,16-21). He
aquí, en cambio, que Jesús recibe en su grupo la compañía y apoyo de
mujeres, que evidentemente no son esposas ni de él ni de los suyos,
pues Lucas tiene el buen cuidado de anotar algunos nombres
específicos. Si ese grupo mixto hubiera llevado una vida licenciosa
o promiscua eso lo hubieran usado prontamente los enemigos de
Cristo, pues los judíos se ufanaban de la limpieza de sus costumbres,
en gran contraste con la disolución del mundo pagano. Véase al
respecto, por ejemplo, Romanos 1,21-32, donde Pablo recorre las
perversiones, particularmente sexuales, que se daban en aquella
época (ay, y que reviven en la nuestra!).
Lo único que entonces puede significar el pasaje
de Lucas 8 es que Jesús inaugura un nuevo régimen en el que la mujer
colabora activamente con al evangelización, no necesariamente en el
rol de esposa pero sí en estrecha cercanía, hasta el punto que la
gente podía decir que el apóstol tal iba acompañado de la mujer tal.
Esta interpretación podría explicar por qué Pablo no dice
sencillamente "gynaikán" (mujer) sino "adelfén gynaikán,"
enfatizando así con el término "hermana" (adelfén) la paridad o
cercanía de colaboración de esa persona concreta. Para decir que los
apóstoles iban con sus esposas no tenía que decir "adelfén gynaikán"
sino, como en el resto del Nuevo Testamento, simplemente "gynaikán."
Ahora bien, el hecho de que el apóstol presente
esto como un "derecho" (al que él mismo renuncia, pero que sigue
siendo un derecho) indica que era una situación suficientemente
común y normal como para no suponer una amenaza a la veracidad de la
proclamación del Evangelio por esos apóstoles. Parece que era casi
la norma que los apóstoles fueron acompañados o apoyados por
colaboradoras, de gran cercanía con ellos, mujeres con las que sin
embargo no tenían matrimonio ni intimidad carnal.
Es evidente que tal situación no se vio luego
como norma ni como lo común, pero creo que es justo reconocer que
existió en su tiempo y que de alguna manera permanece como un
interrogante abierto para nuestra práctica actual. Ese pasaje no
aboga por que los ministros sagrados se casen, pues según hemos
mostrado no se trataba de matrimonio. Tampoco es una invitación a la
promiscuidad, por supuesto; es un testimonio de algo que tiene su
significado y sobre lo cual la Iglesia como tal ha mantenido una
posición, probablemente saludable, de distancia, por no decir
desconfianza, según aquello de Santa Teresa de Jesús: "Entre santa y
santo, pared de cal y canto." Sin embargo, no deberíamos descartar
sin más que el Espíritu Santo traiga algún cambio en este sentido,
pues sólo Él conoce todos los caminos de la santidad y la gracia.