Vemos en los rostros esa emoción, esa paz y más
que todo la tranquilidad que es lo que más deseamos, cuando vamos en
oración a Jesucristo, cuando pedimos que nos perdone, sane y limpie
maldiciones generacionales.
A Satanás le hemos cerrado una gran puerta, y en
su cara, con esto él ya no puede molestar a nadie a ninguna familia
en particular.
Si hacemos una buena, pero profunda confesión, es
sorprendente ver cómo Satanás huye ante la sangre de Jesucristo.
Según eso, ¿Es bíblico Padre confesar los pecados de nuestros
ancestros? Me refiero a textos como Sal. 106,6-7; Neh. 9,2-3; Dn.
9,5-6.
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Todo depende de lo que entendamos por la palabra
"confesión" o el verbo "confesar." Si nos referimos al sacramento de
la confesión, es claro que uno sólo puede y debe confesar los
pecados propios.
Pero en la Biblia el verbo que se usa para
confesar puede indicar acciones más generales, como por ejemplo,
reconocer la verdad que hay en algo. Una traducción posible para
Romanos 10,10 es esta: "con el corazón se cree para justicia, y con
la boca se confiesa para salvación."
Es evidnete que ahí no se están confesando
pecados, porque el contexto no deja lugar a dudas: "Si confiesas con
tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le
resucitó de entre los muertos, serás salvo; porque con el corazón se
cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación." (Romanos
10,9-10).
Incluso cuando se habla de confesar los pecados
de "nuestros padres", como pasa en el Salmo 106,6-7, no parece que
se trate de hacer una lista, como uno la haría cuando se refiere a
las propias faltas. Es más bien reconocer lo que en teología moral
llamamos la "pena," es decir, reconocer que el pecado tiene
consecuencias que van más allá de uno mismo, y ciertamente más allá
del momento presente.
Por decir algo: si, en el plano económico, un
hombre tiene una buena fortuna pero la dilapida en el juego, y deja
a sus hijos en la inopia, él puede arrepentirse de lo que hizo, su
culpa puede ser perdonada por Dios, e incluso por su familia, pero
eso no quita las horribles consecuencias de haber quedado en la
pobreza absoluta.
La culpa es una cosa; las consecuencias de esa
culpa es lo que llamamos con el nombre general de "pena" propia del
pecado. Y como en todo pecado hay culpa y hay pena, es esta última
la que siempre tiene repercusiones en generaciones posteriores.
Al confesar los pecados de los antepasados no
estamos arrepintiéndonos en lugar o en vez de ellos, sino
reconociendo que su actuar ha tenido consecuencias que ciertamente
nos afectan; y reocnocemos esas consecuencias dolorosas como un modo
de pedirle a Dios que nos libere de ellas, para que brille mejor su
poder y su gloria.