El caso Cutié no es simplemente un pecado "contra
el sexto mandamiento" (aunque sí es probable que lo haya:
fornicación). Tampoco es solamente un episodio de "debilidad." En
esta historia lo grave parecen ser más otras cosas:
1. Se hace una promesa, se pone a Dios por
testigo, se rompe la promesa. Aunque no hubiera ningún testigo, ya
ello configura una falta específica.
2. Se compromete uno públicamente a asumir un
compromiso; lo viola en público. La capacidad de credibilidad de la
Iglesia así representada queda dañada gravemente.
3. Al hablar con franqueza (cosa que se agradece,
en sí misma) este hombre se presenta como inocente. ¿Ignorancia
invencible, excesiva presión externa o cinismo? En todo caso, cabe
presumir algo grave también ahí.
4. Por el contrario, la responsabilidad de lo
sucedido se transfiere a "la Institución." Estamos ante difamación o
probablemente calumnia contra la misma Iglesia.
5. Se arguye que todo esto se ha hecho por "amor."
Es la clase de razón que la gente quiere oír: "En el corazón nadie
manda." Pero esto es dar enseñanza falsa. Si algo así se admite, hay
entonces que abrir bien ancha la puerta a todos los adulterios, por
decir lo menos.
Lo mismo que otros han dicho, no somos nadie para
juzgarlo a él. Pero las situaciones sí deben ser juzgadas, porque
dadas las características del personaje y su modo de salir en
cámaras hemos de esperar que muchos más sacerdotes y seminaristas
empiecen a "salir del closet."
Esto no sería malo si sirviera para diálogo
fraterno, oración compartida y renovación del compromiso con Cristo.
Pero sí que hará daño porque se presentará como una fuerza de choque,
como un bloque de presión que querrá lograr a cualquier precio sus
conquistas políticas; en este caso, la abolición del celibato
obligatorio.
La lucha no va a terminar en este que vemos, o
por lo menos no termina ahí en la mente de los que alientan a Cutié
a proseguir en su "causa." Imaginan estos que si se logra UNA VEZ
que la Iglesia-Jerarquía ceda ante la presión un bloque, entonces el
mismo recurso se podrá utilizar a discreción para después demoler lo
que se quiera de la doctrina, la liturgia o la moral católicas.
Todo esto indica que el presente caso trasciende
lo puramente personal. Como persona, el p. Alberto Cutié merece
nuestra oración, compañía, apoyo, amistad sincera... y el hablar
franco. Pero en cuanto Iglesia aquí hay mucho más.
En esto hay un mensaje para los obispos, y su
manera de acompañar y guiar a sus sacerdotes; y hay un mensaje para
los sacerdotes, y su manera de mirar, amar y servir a la Iglesia; y
hay un mensaje para todos, pues todos hemos de cuidar la salud del
Cuerpo de Cristo.