Dejemos que Cristo habite realmente en nuestros
corazones, para que guiados por Él, en la escucha fiel de su Palabra
y en la puesta en práctica de la misma, Él nos convierta en su
Palabra viva de salvación que Él continúa pronunciando en el mundo,
por medio de su Iglesia, para la salvación de todos.
Amar, amar es lo único que cuenta. El amor de
Dios se ha manifestado en que siendo nosotros pecadores, nos envió a
su propio Hijo, el cual murió para el perdón de nuestros pecados y
para hacernos hijos de Dios.
No podemos decir que Dios nos ama sólo cuando nos
concede las cosas materiales que necesitamos, o la salud ante la
enfermedad que a veces nos aqueja. Dios, muy por encima de todo esto,
nos ha venido a salvar, perdonando nuestros pecados y haciéndonos
hijos suyos, pues la vocación a la que estamos llamados es a la
participación de su Vida eternamente.
Por este amor hacia nosotros Él se hizo prójimo,
cercanía para nosotros por medio de su Hijo, realmente encarnado por
obra del Espíritu Santo en María Virgen; así Él es verdadero Dios y
verdadero Hombre.
Exaltado a la diestra de Dios Padre, el hombre no
tiene otro camino ni otro nombre mediante el cual pueda salvarse,
sino sólo a Cristo Jesús. Quienes creemos en Él y nos unimos a Él no
lo hacemos por cualquier otra intención, sino únicamente como
consecuencia del amor que le tenemos.
Al amarlo por encima de cualquier otra persona o
cosa Él nos identifica consigo mismo, no tanto como personas
aisladas, sino como Iglesia, comunidad de fe en la que cada uno es
un miembro vivo y activo, gracias al Espíritu Santo que habita en
nosotros y nos guía como testigos de Cristo.
Unidos a Cristo debemos esforzarnos por hacer
llegar la salvación a todo aquel a quien el pecado ha destrozado y
dejado medio muerto.
Mientras sólo busquemos nuestra salvación,
nuestra santificación y pasemos de largo ante la miseria de nuestros
hermanos en desgracia material, espiritual o moral, no podemos en
verdad decir que creemos en Cristo y que tenemos a Dios por Padre.
En la Eucaristía el Señor lo ha dado todo por
nosotros. El Hijo de Dios se despojó de sí mismo para enriquecernos
con su pobreza. Mediante sus llagas nosotros hemos sido curados. Él
ha cuidado de nosotros para que no perezcamos eternamente. Él pagó
el precio de nuestra salvación con su propia Sangre.
Este Misterio de amor es el que celebramos cada
domingo en la Eucaristia. Este misterio de amor es el que Él confió
a su Iglesia.
Él nos envía para que vayamos a la humanidad
entera y la reconciliemos con Dios. Detenernos ante la miseria de
nuestros prójimos, inclinarnos ante ellos para remediar sus males,
cuidar con amor, con arrojo y valentía de nuestro prójimo para que
el mal no vuelva a adueñarse de Él, eso es cumplir con la misión
salvadora que el Señor de la Iglesia nos ha confiado. Cuando Él
vuelva no quiere que le entreguemos a nuestro prójimo muerto a causa
del pecado, sino sano y salvo, caminando también como testigo del
amor de Dios en el mundo.
Cuando Él vuelva entonces nos dará en herencia la
vida eterna. Vayamos y hagamos lo mismo que Cristo ha hecho con
nosotros: hacerse prójimo nuestro, con gran amor hacia nosotros para
salvarnos a costa de todo, incluso de su propia vida. ¿Haremos lo
mismo con nuestro prójimo?
Unirnos a Cristo, entrar en comunión de vida con
Él mediante la Eucaristía sólo tendrá sentido en la medida en que no
sólo amemos a Dios sobre todas las cosas, sino en la medida en que
lo amemos amando a nuestro prójimo, sin fronteras y sin reservarnos
siquiera nuestra propia vida, que se ha de entregar, unida a Cristo,
para el perdón de los pecados y la salvación del mundo entero.
Desde la Iglesia el mundo debe seguir
experimentando que Dios continúa haciéndose prójimo, lleno de
compasión, de todo aquel que sufre, de todo aquel que ha sido
encadenado por el pecado, de todos los que son víctimas de la
violencia, o de la injusticia, o de conciencias inmorales y egoístas
que explotan a su prójimo, convirtiéndolo en objeto de lucro o de
degradación.
Hay muchos sectores de la humanidad que han sido
golpeados, lacerados, heridos en sus derechos fundamentales, y cuya
esperanza ha sido disminuida lamentablemente. La Iglesia de Cristo
no puede pasar de largo ante esa miseria; no puede ponerse de parte
de los poderosos para tratar de justificar sus injusticias,
cometidas muchas veces a nivel mundial, o cometidas en la familia,
en el aspecto laboral, en la impartición de justicia comprada por
los que tienen más poder económico.
No podemos pasar de largo. Debemos darlo todo;
dejar incluso nuestra propia seguridad y pagar con nuestra propia
vida, pues sólo ama en verdad aquel que es capaz de entregar su vida
por los que ama.
Que Dios nos conceda la gracia de saber amar a
nuestro prójimo, en la misma medida en que nosotros hemos sido
amados por Dios en Cristo Jesús, para que, unidos a Él en la vida y
en el amor convertido en servicio a nuestro prójimo, logremos,
juntos, la consecución de la vida eterna, que Dios ha reservado para
los que lo aman.