Existe una relación entre el amor y el perdón;
son dos valores que mutuamente se alimentan. Cuando una persona se
vive como pecador ante Dios, reconoce su pecado y se siente
perdonado y querido por Dios, su vida adquiere un matiz de gratitud
ante ese perdón y amor inmerecido y esta experiencia le capacita
para llevar ese amor a los demás. Es cierto que a quien poco se le
perdona, poco ama. A quien mucho se le perdona y no ama mucho es un
desagradecido.
Cuando la relaciones con los demás están tejidas
por el amor, la sensibilidad se vuelve más exquisita y se aprecian
más las aristas que puede dañar a los demás. Por eso los santos
tienen más conciencia de pecado. Cuando las relaciones con los demás
están llenas de egoísmo, el pecado suele cegar la conciencia y uno
no tiene capacidad para descubrir su error. Decía Pascal que hay dos
clases de hombres: los unos justos, que se creen pecadores, y los
otros pecadores, que se creen justos.
Dios te perdona, te salva, te justifica —por
emplear el término que aparece en la según lectura—. Su amor y su
perdón son gratuitos, no están condicionados por el esfuerzo que una
persona puede hacer para merecer el perdón o la salvación. En ese
sentido el cumplimiento de la ley no salva. El reconocimiento del
pecado, la fe en Dios, son disposiciones para recibir la salvación,
el perdón, la justificación. Cuando una persona reconoce su pecado,
cuando uno tiene fe en Dios, le lleva a vivir una vida coherente con
el amor de Dios y con su ley. No es muy consecuente la actitud de
quien, perdonado una y otra vez, no cambia de vida y empieza a
cumplir la ley de Dios.
Pues bien, hoy en día, no es fácil vivir esta
experiencia constituyente del cristianismo. No hay mucho sentido de
pecado. Algunos afirman que ya hay jóvenes, en las grandes ciudades,
que tienen sentido de delito antes que de pecado. Este escaso
sentido de pecado viene motivado porque hay déficit de experiencias
religiosas y sentido creyente de la vida. No hay que olvidar que
“pecado” es ante todo un concepto religioso; es decir, si uno no se
sitúa como creyente ante la vida es improbable que tenga sentido de
pecado. También hay escaso sentido de pecado por el relativismo
moral que pone como máxima el “todo depende” de la intención y de
las circunstancias, por encima de los hechos objetivos. Ante estas
circunstancias el camino que hemos de seguir los cristianos no debe
ser fomentar el sentido de pecado en las personas con las que
convivimos —tampoco hemos de callarnos lo que está mal—, sino
motivar la relación con Dios que nos quiere y comprende. Desde la fe
en Dios, la experiencia de sentirse pecador brota por ella misma.
Y el testimonio que debemos dar es que vean en
nosotros personas siempre dispuestas al amor y al perdón.