EL DUALISMO PLATÓNICO Y LA IDEA
CRISTIANA DE ALMA
No se debe esperar obtener una idea del hombre
estudiando simplemente la terminología. Los conceptos bíblicos,
aunque manifiestan aspectos diversos de la condición humana, no se
contraponen y por eso, no están bien delimitados unos con otros.
Contienen una concepción religiosa, que da el trasfondo propio a la
terminología hebrea, y que gira muy en particular en torno a la
acción del Espíritu de Dios, como hemos tenido ocasión de ver. La
noción de Espíritu (ruah‑pneuma), con su variada riqueza de
significados y referencias, es, sin duda, la clave de la
antropología bíblica. Pero su alcance no se puede entender si no es
dentro de un relato que es el de la historia de la salvación.
En la Biblia hebrea aparece la creencia en la
pervivencia del nefesh (alma), muy debilitado, en «el lugar de los
muertos» (Sheol). Pero esta pervivencia se describe vagamente.
Ninguno de los hechos relevantes de la Biblia se realiza en el Sheol,
ni se narra ninguna experiencia importante de la que se pueda
deducir más. La cuestión del más allá solo se aclara en tiempos
posteriores y, definitivamente, con la resurrección de Jesucristo y
su mensaje sobre la retribución y el más allá (Cielo).
La aceptación de la terminología griega en los
libros deuterocanónicos obliga a precisar más e introduce matices
nuevos. El significado de estos términos griegos es filtrado y
matizado por las concepciones hebraicas, que proceden de la
tradición bíblica.
«El que los hebreos no tuviesen idea del alma tan
bien cortada como la filosofía griega, el que solo en el siglo II
a.C. aparezca documentada entre ellos con diafanidad esta creencia,
no quiere decir nada más que la revelación de la Biblia es
progresiva, que, poco a poco, Dios va revelando, en este caso,
valiéndose de la filosofía griega, las verdades que quiere comunicar
a los hombres »
Pero la aceptación de los conceptos
filosóficamente determinados como alma y cuerpo, en referencia a la
oposición entre espíritu y materia, supone la admisión de un cierto
dualismo que es una ampliación y un retoque con respecto a las
concepciones clásicas. La cuestión del dualismo griego ha producido
cierto malestar entre autores cristianos. Y se ha convertido casi en
una acusación sin matices, que no sabe ver ni siquiera la parte de
verdad que encierra. Si, en otros momentos, se ha dado una
asimilación e identificación excesiva con las categorías griegas,
sin percibir su distancia con respeto a la revelación cristiana, hoy
parece suceder lo contrario: se ha creado un excesivo clima de
sospecha.
En ningún momento, los textos bíblicos pretenden
ofrecer una visión completa de la estructura del ser humano. Lo más
importante que quieren decir es que el hombre es una criatura divina.
En lo demás, cabe pensar que no hacen más que ampliar el dualismo de
la experiencia humana entre la interioridad y la exterioridad. Se
puede decir que aceptan, al menos parcialmente, las intuiciones de
la filosofía griega en relación a la existencia de un principio de
tipo inmaterial‑espiritual (como Dios, que también es espiritual) y
un principio material, que son de muy diferente condición. Pero esto
no supone, de ningún modo, la canonización del dualismo platónico.
La Biblia, desde su origen, contempla el ser humano como una unidad,
aunque tengamos de él dos experiencias distintas, y su existencia
misma sea paradójica por estar hecho del barro y del aliento divino.
La cuestión del dualismo
Hay que advertir que la riqueza y complejidad
actual del concepto «alma» da lugar a problemas de traducción,
porque no se corresponde bien con los conceptos antiguos.
Actualmente, se reúnen en el alma tres valores: la animación del
cuerpo (mantenerlo vivo), las capacidades intelectuales (razón y
voluntad) y la conciencia‑personalidad que pervive tras la muerte
(lo que soy, recuerdo, conozco y siento de mí mismo). En el hebreo
antiguo, nefesh (alma) se centra más en el tercer valor (personalidad
y pervivencia), porque el impulso vital de todas las manifestaciones
de la vida (del cuerpo y del espíritu) se atribuye, en definitiva,
al ruah, a la vitalidad que viene de Dios.
Por su parte, la filosofía griega da tal relieve
a las funciones espirituales que las constituye como lo más esencial
del hombre (definido por Aristóteles como el animal racional) y
separa radicalmente las funciones espirituales (incluida la
conciencia) de la función de animar el cuerpo y de la misma
sensibilidad (el corazón). En Platón, las funciones espirituales dan
consistencia al alma y la hacen inmortal y eterna, mientras que la
animación del cuerpo es una función secundaria y transitoria del
alma. Aristóteles, en cambio, considera que las funciones
espirituales son tan divinas que, en cierto modo, no pertenecen al
hombre, y entonces entiende el alma como lo que anima el cuerpo,
pero duda de que sea algo personal y no cree que perviva tras la
muerte. El hombre no pervive.
La tradición cristiana ha tomado muchos elementos
del pensamiento griego al pensar el alma. Ha tomado algo del
dualismo platónico, al formular filosóficamente la idea de alma en
sí misma. Y, desde santo Tomás de Aquino, ha tomado de Aristóteles
la fórmula hilemórfica para entender la relación del alma con el
cuerpo. Pero cree que el hombre es alma y cuerpo. Se separa de la
idea de Platón de que el hombre alcanza su plenitud sin el cuerpo. Y
se separa de Aristóteles cuando pensaba que el alma era mortal y
ponía el fundamento de la inteligencia en otra instancia (nous). La
tradición cristiana supone que el alma pervive tras la muerte y que
realiza tanto la función de animar el cuerpo como la de entender. De
esta manera combina la tesis de Platón y la de Aristóteles. Pero hay
algo más. Se puede apreciar al pensar lo que el cristianismo cree
sobre la muerte y la condición del alma separada.
A diferencia del platonismo, la tradición
cristiana no quita ninguna dramaticidad a la muerte, que es
considerada ‑en sí misma‑ no una liberación, sino una tragedia para
la naturaleza humana. La muerte es consecuencia del pecado. La
posición tradicional, que formula santo Tomás de Aquino, tiene ya
una raigambre bíblica. El hombre es mortal por su corporalidad,
sujeta a posible descomposición, pero, como está llamado a vivir
cerca de Dios y, en esa misma medida, a tener una vida inmortal,
Dios lo quiso en un ambiente especial (el paraíso, con el árbol de
la vida del Génesis). De esta manera, se deja entender que la
mortalidad es condición de la naturaleza en sí misma, y que la
inmortalidad es un don querido por Dios y añadido a la naturaleza.
Tras el pecado, el hombre queda privado de este don y abandonado a
su naturaleza física.
Hay que leer la idea cristiana sobre la muerte
bajo esta perspectiva. Esto provoca, inevitablemente, una idea menos
optimista con respecto a la situación del alma separada. En la
platónica, el alma alcanza un cierto estado de plenitud por el solo
hecho de separarse del cuerpo y, sobre todo, por la contemplación
que entonces le es posible. En la cristiana, la plenitud se alcanza
tras la resurrección, y la gloria se vive con el cuerpo. La
pervivencia del alma cristiana no es como la platónica. En la
platónica, es plenitud, en el cristianismo es una situación
antinatural: el alma ha sido hecha para el cuerpo. Pervive tras la
muerte, pero en su existencia y en su psicología depende enteramente
de Dios.
Según la tradición cristiana, la pervivencia tras
la muerte es un fenómeno escatológico. Los que mueren no quedan en
un estado de pervivencia puramente natural, sino que pasan a estar
delante de Dios para un juicio en su presencia, que merece un estado
de bienaventuranza, de condenación o de purificación. No podemos
imaginar cómo se realiza esto. Pero sabemos que los bienaventurados
están como personas, como sujetos delante de un Dios, que es
tripersonal, y que «no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,
27). Y que, desde entonces, esperan la resurrección, porque están
llamados a ella para vivir en plenitud.
La revelación más importante sobre la situación
del hombre tras la muerte nos viene dada por Jesucristo. La imagen
de Jesús resucitado y glorioso es la imagen de la plenitud a la que
está destinado el hombre. La muerte y resurrección de Cristo han
mostrado y han aclarado de manera definitiva la existencia de un más
allá, que no es solo una existencia residual tras la muerte, sino
una plenitud de vida caracterizada por el encuentro con Dios. Es don
gratuito y, en cierto modo, inesperado. Hasta la resurrección de
Cristo, no se inauguró ese nuevo estado glorioso y esa nueva
condición, y ni siquiera se podría estar seguros de ella. Por eso,
la idea de resurrección y la del Reino de los Cielos determinan
completamente la idea cristiana del hombre, de. su destinó y de su
plenitud.
Desde un punto de vista cristiano, la cuestión
del alma no se puede tratar solo en términos metafísicos o
psicológicos. Es un misterio religioso; es decir, hay que
comprenderlo desde la perspectiva de Dios, que ha querido crear
seres personales ante Él, para compartir su vida y su amor. Una
persona no es una cosa, destinada a subsistir, sino un sujeto
destinado a compartir la intimidad de las tres Personas divinas. Ese
designio, conocido por la fe, determina lo que es la persona humana,
por encima de las características que puedan apreciarse en un
acercamiento fenomenológico. Cada persona humana es un misterio
religioso, un nombre pronunciado por Dios que nunca lo olvida, un
hijo llamado a compartir la felicidad del Padre.