El amor a la Eucaristía lleva a apreciar cada vez
más el sacramento de la Reconciliación. Debido a la relación entre
estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido de la
Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino
penitencial (cf. 1 Corintios 11,27-29).
Efectivamente, como se constata en la actualidad,
los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar
el sentido del pecado, favoreciendo una actitud superficial que
lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para
acercarse dignamente a la Comunión sacramental.
En realidad, perder la conciencia de pecado
comporta siempre también una cierta superficialidad en la forma de
comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar
aquellos elementos que, dentro del rito de la santa Misa, expresan
la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de
Dios. Además, la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación
nos recuerda que el pecado nunca es algo exclusivamente individual;
siempre comporta también una herida para la comunión eclesial, en la
que estamos insertados por el Bautismo. Por esto la Reconciliación,
como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus quidam
baptismus, subrayando de esta manera que el resultado del camino de
conversión supone el restablecimiento de la plena comunión eclesial,
expresada al acercarse de nuevo a la Eucaristía.
Es cometido pastoral del Obispo promover en su
propia diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la
conversión que nace de la Eucaristía, y fomentar entre los fieles la
confesión frecuente. Todos los sacerdotes deben dedicarse con
generosidad, empeño y competencia a la administración del sacramento
de la Reconciliación. A este propósito, se debe procurar que los
confesionarios de nuestras iglesias estén bien visibles y sean
expresión del significado de este Sacramento.
Pido a los Pastores que vigilen atentamente sobre
la celebración del sacramento de la Reconciliación, limitando la
praxis de la absolución general exclusivamente a los casos
previstos, siendo la celebración personal la única forma ordinaria.
Frente a la necesidad de redescubrir el perdón sacramental, debe
haber siempre un Penitenciario en todas las diócesis.
En fin, una praxis equilibrada y profunda de la
indulgencia, obtenida para sí o para los difuntos, puede ser una
ayuda válida para una nueva toma de conciencia de la relación entre
Eucaristía y Reconciliación. Con la indulgencia se gana « la
remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya
perdonados en lo referente a la culpa ». El recurso a las
indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con nuestras fuerzas no
podremos reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno
dañan a toda la comunidad; por otra parte, la práctica de la
indulgencia, que, además de la doctrina de los méritos infinitos de
Cristo, implica la de la comunión de los santos, enseña « la íntima
unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran importancia que
tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno ». Esta
práctica de la indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en
el camino de conversión y a descubrir el carácter central de la
Eucaristía en la vida cristiana, ya que las condiciones que prevé su
misma forma incluye el acercarse a la confesión y a la comunión
sacramental.
[Benedicto XVI. Exhortación Apostólica
Postsinodal Sacramentum Caritatis, nn. 20-21].